Ahora te llaman Matilde

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Escrito por Armando Caro Figueroa, el sábado, 17 de febrero de 2007 (Ha sido leído 3563 veces)
Sus 15 años coincidieron con aquel 1955, annus horribilis, cuando los militares derrocaron a Perón. Si bien ya por entonces su belleza y su inteligencia la situaban en todos los Cuadros de Honor de la Escuela Normal de Maestras, puede que aquel cimbronazo político la marcara para el resto de sus días.

Antes y en la misma Escuela, había rendido los honores fúnebres de reglamento a Evita, un acontecimiento que junto a aquellas imágenes impactantes que llegaban a Salta a través del noticiero “Sucesos Argentinos” le movería, mas tarde, a incorporarse con alma y vida al movimiento peronista.

Cumplidos los 17 años, no se sabe bien si a causa de la intolerancia por entonces reinante contra todo sospechoso de simpatías con el “régimen depuesto” o en razón de su decisión de afirmarse más en su inteligencia que en su belleza, Bibí no alcanzó el trono de Reina de los Estudiantes.

En realidad, daba igual: era la soberana indiscutida que deslumbraba a todos los jovenzuelos residentes en las primeras 10 cuadras alrededor de la Plaza 9 de Julio.

Hasta algunas personas mayores se paraban para admirar su paso enfundada en aquel delantal blanquísimo. A todos sorprendía su tez de muñeca de porcelana, su andar elegante, su esbeltez incomparable, su pelo ligeramente ensortijado, y esos ojos que irradiaban una vivacidad e inteligencia escasas por aquel tiempo entre la estudiantina.

Lucía, con naturalidad, una mirada lánguida, de aquellas que inspiran a los poetas románticos. Pero esos mismos ojos se embravecían en las asambleas del Club Colegial cuando se debatía si la enseñanza debía ser libre o laica.

Era una oradora de fuste, ya desde su primera juventud. Cualidad que bien pudo haberla llevado a compartir tribuna con el salteño que llegó al más alto estamento de la justicia nacional y con la brillante María Inés, la misma que marcó el camino para que muchas mujeres salteñas pudieran emerger de las tinieblas.

Por mas de una razón, entre otras la breve diferencia de edad que la juventud amplifica, nunca pude siquiera saludarla aun cuando, claro está, me incluia dentro de aquel universo unánime de admiradores.

Durante varios años fui enterándome de los éxitos de su belleza y de su estupenda carrera universitaria en Buenos Aires.

La noticia de su regreso a Salta en tempo de vacaciones, corría velozmente entre su legión de adherentes que se lanzaban a rondar la calle Urquiza con la secreta esperanza de verla con aquellas minifaldas que, según rumores, había incorporado a su vestuario de estudiante de psicología.

Grande fue mi sorpresa cuando, a comienzos de los años 70 la encontré en el convento de Castelar donde se fundó la Mesa del Trasvasamiento Generacional. Compartía ilusiones con un brillante líder estudiantil que del marxismo acababa de desembarcar en la más pura ortodoxia peronista evitando que muchos jóvenes se lanzaran a la violencia o fueran asesinados.

Otra vez la diferencia de rango dentro de aquella organización tan vertical impidió un contacto fluido que hubiera resultado casi natural entre comprovincianos que se reconocían en Buenos Aires dentro de una misma empresa.

Fue antes de la entronización del dictador Videla, cuando tuve la oportunidad de comprobar de cerca su mítica belleza y sentirme atrapado por el halo de encanto que la envolvía: Vino a mi despacho de abogados, acompañando a su señora madre que había de encomendarme un asunto profesional.

Mi último contacto con ella se produjo a mediados de los años 90. Nos reunimos, abundó en los argumentos que la llevaban a aspirar a la candidatura de vicepresidenta de la república, y teorizó, con la agudeza que le era habitual, acerca de las amarguras que experimentan los políticos una vez que abandonan sus cargos.

Cada vez que escucho el tango de Mora y Contursi, “Al verla pasar” (uno de cuyos versos dice así: “…La vida, quiso ensañarse con ella; pensar que fue tan bella y que hoy el mundo la olvida…”), no puedo sino acordarme de Bibi con afecto.

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