Las Guerrero, o la elegancia femenina |
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Escrito por el jueves, 22 de febrero de 2007 (Ha sido leído 3623 veces) Entre los años 50 y 70 las hermanas Guerrero (Matuca, María Rosa y Susana) marcaron, con trazo indeleble, aspectos centrales de la vida social de Salta. La moda, el saber estar, la decoración, el arte de regalar y la crónica social, recibieron la influencia, muchas veces determinante, de estas salteñas singulares, emprendedoras e independientes. El espíritu inquieto de María Rosa y sus hermanas las llevó a crear una Casa de Modas que vistió a las mujeres más elegantes de Salta, quienes, como estaba mandado, concurrían allí a renovar su vestuario, acompañadas de sus maridos cuyo único cometido era pagar el precio de los ajuares y, si acaso, deslizar comentarios laudatorios en sintonía con las sugerencias de algunas de las hermanas. Sus bien organizados viajes a Europa y a Buenos Aires las convertían en irremplazables nexos entre el “último grito de la moda” y los deseos de estar bien vestidas que anidaba en el espíritu de las damas salteñas del sector mas acomodado de la sociedad (eso si, con las modulaciones que los severos cánones, dictados unas veces por las tradiciones locales y otras por Monseñor Tavella, imponían). “En esos años viajamos siete u ocho veces a Europa. En cierta ocasión, cuando el dólar estaba a 1,20$, fui con 2 valijas y regresé con 23 cargadas de ropa, de telas y de accesorios. Mas tarde, habiéndose casado mi hermana Matuca con un noble italiano, muy buen mozo, pude conocer aquellos detalles de Italia y sus cultura que suelen escapársele al turista típico”, dice María Rosa. En uno de estos viajes, las Guerrero concurrieron a un desfile de modelos de la casa más importante de París. Su elegancia y discreción no pasaron desapercibidas, incluso a las propias modelos francesas, algunas de las cuales se acercaron con comentarios elogiosos sobre el vestuario de estas dos jóvenes salteñas. Las hermanas Guerrero no cosían por encargo, sino que, siguiendo la estela de los grandes modistos, preparaban sus colecciones de temporada y las comercializaban desde su propia casa. “Sólo tomábamos las medidas y cosíamos por encargo trajes de muy determinadas novias” (así parece haber ocurrido con el traje que lució en su boda aquella espléndida Dama del Chevy Rojo). Merced a la bien ganada fama de señoras de buen gusto de la que disfrutaban las hermanas, el éxito fue arrollador. “Imponíamos la moda, el colorido, el corte, las texturas, los detalles. Marcábamos el rumbo de la elegancia”. Ellas se sabían el centro de todas las miradas femeninas (de las miradas masculinas es algo de lo que no cabe hablar); sabían que después de las grandes ceremonias sociales, todas las damas comentarían el vestuario de las Guerrero para interiorizarse de “qué se lleva” y, de paso, preservar a su propio guardarropa del temido envejecimiento. Mas tarde, algo cansadas de los trajines de la Casa de Modas, la sociedad familiar abrió una exclusiva casa de regalos en el Pasaje La Continental donde la gente pudiente encontraba casi todo lo que antes compraba por catálogo en HARRODS o GATH & CHAVES. Pronto, la casa de regalos se convirtió en “un hormiguero”. Una tienda a la que María Rosa recuerda con orgullo: “Nuestra vidriera fue premiada en el concurso que se celebró con motivo de la visita de SS.MM. los Reyes de Bélgica”. Y también con picardía: “Un día nos visitó una señora muy elegante, acompañada de una chica mas joven que, encaprichada exigía la compra de un camafeo divino. Al rato nos enteramos de que ellas eran la Rusa María y una de sus pupilas (o “nenas”, como la Rusa solía denominarlas) confinada en aquel prostíbulo que frecuentaban tantos conocidos; como aquel futuro ministro que, habiendo sido sorprendido por un terremoto en el local de Córdoba 1514, lanzaba a viva voz juramentos y promesas de no regresar nunca jamás a aquella mancebía”. En la amena conversación con Iruya.com, María Rosa recuerda los juveniles bailes de máscaras que se celebraban en su casa de la Avenida San Martín en donde los jóvenes oficiales de la guarnición local despertaban aquella expectación que, con intencionalidad crítica, refiere una novela de David Viñas que, en los años 60, leían las mentes mas liberales Si bien la memoria de María Rosa conserva una frescura envidiable, sus archivos de cartas y notas de prensa (recuérdese que ella fue destacada cronista social de “El Intransigente”) no existen ya: Una de sus empleadas (“no me gusta llamarlas chinas, como es mala costumbre en Salta”), confundida por el color amarillento de los envejecidos papeles, un día decidió tirarlos a la basura. Más artículos de la categoría Sociedad |





