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'Vístase gratis'
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sáb
31
jul 2010
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Escrito por el viernes, 23 de febrero de 2007 (Ha sido leído 4162 veces) En los años 50 existía en Salta un sistema bastante eficaz de premios y castigos para encarrilar la formación de los estudiantes primarios y secundarios. Junto a él, funcionaba una serie de indicadores pensados para marcar las distintas etapas del desarrollo de las mujeres y de los varones. Alargar los pantalones (recuérdese que no se conocían los vaqueros) y disponer de un reloj de muñeca eran, por ejemplo, dos de los principales indicadores vigente en el mundo masculino. Había un tercer momento y era el amanecer del amor y, más adelante, la iniciación en la práctica (sin teoría) del sexo, que llegaba con bastante retraso respecto de lo que, al parecer, son las costumbres actuales. El uso de enaguas almidonadas, símbolo perdido del pudor y elemento higiénico, y de corpiños o sujetadores cumplían un papel parecido en el ámbito femenino. Además, a los 15 años, las niñas estrenaban tacos altos y eran autorizadas a pintarse los labios los sábados por la noche y a ponerse laca en el pelo. Pero a lo que pretendo referirme aquí es a los incentivos vigentes en el mundo de la educación salteña, donde sobresalían una muy detallada libreta de calificaciones, los Cuadros de Honor (con fotos), el abanderamiento de los mejores alumnos, y el premio a los alumnos destacados consistente en izar o arriar la bandera en el patio principal de la Escuela; una costumbre que, sin razón aparente, no continuaba en el Colegio Secundario. En el terreno de las reprimendas, sobresalía una, ideada por el mejor profesor de matemáticas de la época, y que consistía en colocar sorpresivamente y a distancia un trozo de tiza en la boca del alumno que, distraído, permanecía abriendo la boca. A estos incentivos institucionales venían a sumarse los que integraban los códigos internos de las familias, algunos de los cuales eran muy exigentes. Conseguir el minúsculo dinero para ir los domingos al biógrafo (el Cine de San Alfonso, de cuidada programación, era el mas barato), o para comprar en los recreos escolares esos emparedados de dulce de leche y galletas Laurita, eran premios cotizados. Siendo el castigo mas sentido la prohibición de salir a la calle a jugar al fútbol con los amigos del barrio. Dejo para otra oportunidad el severo régimen de disciplina que acompañaba la formación religiosa celosamente controlada desde las alturas por el ortodoxo y cultísimo Monseñor Tavella. Casi al final de la década, en el ámbito de la ciudad de Salta se produjo un cambio muy importante cuando don Marino Fernández Molina y la familia Abrebanel, propietaria de CASA DAVY (una tienda de ropa que satisfacía las exigencias de un sector de la clase media), decidieron poner en Radio LV9 el programa “Vístase Gratis”. Era algo así como un “Odol Pregunta” a escala local. El programa, que se emitía los sábados o domingos por la mañana, pronto alcanzó gran audiencia y entusiasmó sobremanera a los estudiantes secundarios. Su diseño era sencillo: Los concursantes debían responder a una serie de 15 preguntas y por cada acierto recibía una prenda de vestir: desde calcetines (con ligas) a un sombrero, pasando por un traje con chaleco y un piloto para tiempos de lluvia. La posibilidad de asistir a la emisión del programa desde el salón auditorio de LV9 y conocer en vivo al conductor don Marino (“quién ya queda con todos ustedes”), a los locutores comerciales (doña María Isabel Alcántara, don René Alejandro Herrera y don Venancio López), y a los operadores técnicos (Julio Chocobar), añadía atractivos al programa. El desafío era, naturalmente, contestar acertadamente las 15 preguntas y salir con la vestimenta completa y renovada. La participación en “Vístase gratis” hacía casi famosos a los concursantes. Incluso cuando cometían tropiezos como el de aquel amigo que preguntado por el vencedor de la batalla de Fontenoy, respondió que había sido, no el Mariscal de Sajonia, sino el hipotético General Osamenta. Ante el estupor del publico entendido y antes de descalificar al participante, don Marino Fernández Molina dijo, entre cortante y divertido: “osamenta fue lo que quedó después de la batalla”. Me tocó ser el primer ganador del popular concurso y servir a la promoción del programa: Para generar mayor expectativa, cuando tenía que contestar la última pregunta, el presentador decretó que no había tiempo y anunció el final para la semana siguiente. La pregunta me fue formulada a través de unos auriculares enormes pensados para evitar que alguien soplara las respuestas, y fue la siguiente: “¿Quién acompañó en la vicepresidencia de la república a Roque Sáez Peña?”. Tras dudar unos minutos interminables y antes de que don Marino me descalificara, lancé el nombre de nuestro comprovinciano (hombre de Cachi Adentro, a quién ni siquiera se le pasó por la cabeza permanecer 24 años en el poder), Victorino de la Plaza. Así fue como me vestí gratis, trabé una relación de amistad con esa espléndida familia de emprendedores que fue la de los señores Abrebanel, y me hice cliente fiel de CASA DAVY. (A modo de homenaje personal a Marino Fernández Molina y a Lucho Abrebanel) |
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