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Don Luis Ramos, Maestro

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Escrito por Armando Caro Figueroa, el lunes, 26 de febrero de 2007 (Ha sido leído 2924 veces)
Promediando el siglo XX, el Colegio Nacional de Salta “Dr. Manuel Antonio Castro” había consolidado su prestigio y era una institución excelente al servicio de la educación secundaria de los jóvenes salteños.

Su dirección, a cargo de destacados intelectuales de la época (como D. José Vicente Solá o D. Roberto García Pinto), y un cuerpo de profesores que reunía a los mas brillantes profesionales expertos en cada una de las áreas del conocimiento que se transmitía a los futuros bachilleres, habían logrado preservar los valores fundacionales y actualizar la enseñanza impartida al ritmo de los tiempos.

Bien es verdad que, en momentos muy determinados, las furias desatadas por la política erosionaron aquellos valores, provocando purgas de docentes fundadas en innobles motivaciones ideológicas, y la antidemocrática irrupción -en los programas de estudios-, de los dogmas políticos dominantes.

Tanto el edificio nuevo (inaugurado a comienzos del siglo XX y en el que sobresalen su parte noble y una estupenda pista de baloncesto cubierta y con piso de parqué) como los recursos asignados al Colegio Nacional de Salta revelaban, aún en los años 50, la antigua y originaria voluntad política de conformarlo como un centro de educación de la elite local. Mas tarde, los avances en el proceso de democratización hicieron que el Colegio funcionara como un ente abierto a todos los sectores sociales.

En el período que ocurre el hecho al que quiero referirme (años 1957/1961), el Colegio Nacional de Salta era, además, un centro con una rudimentaria actividad política concentrada en los alumnos que cursaban los últimos años del bachillerato. La ausencia de vida universitaria podría explicar, de alguna manera, la repercusión que en sus aulas tuvieron los principales acontecimientos que preocupaban a los argentinos en general (asunción del Presidente Frondizi, debate sobre el régimen educativo, inestabilidad del Gobierno nacional).

En aquel año 1957, don Luís RAMOS fue mi primer profesor de matemáticas, función que volvió a desempeñar en 1959, cuando cursaba el tercer año.

Pese a mi natural inclinación por las ciencias sociales, la personalidad de este profesor llegó a deslumbrarme; su forma de encarar la materia despertó en mi un gran entusiasmo por el álgebra y la geometría.

Don Luís RAMOS había descubierto el modo de conciliar el trato amable y cercano al alumno, con el rigor a la hora de exigir resultados y de mantener la disciplina en el aula. Dominaba como pocos la materia. Su voz clara y enérgica, unidas a un excepcional manejo del pizarrón, ayudaban a comprender una ciencia de por sí árida y difícil.

El caso es que después de tenerme como su alumno durante dos períodos lectivos, el Profesor RAMOS me llamó aparte y me dijo: “Mirá changuito, te veo condiciones para el estudio y se que tu familia no tiene dinero para pagar a los profesores que te preparen para hacer el cuarto año libre. Yo me encargaré de esto; vendrás a mi casa a estudiar matemáticas y hablaré con mis colegas de física y química para que te den clases gratis durante el tiempo que haga falta para preparar los exámenes libres”.

Así fue como durante los meses del verano salteño de 1959/60 me preparé concienzudamente para tales exámenes. Como me hacía falta una profesora de italiano, una antigua maestra mía de la Escuela Urquiza (doña Rina Papi de Pereira) me puso en contacto con su hermana quién también me dio clases de forma gratuita y cariñosa.

Para aquellos (escasos) mal pensados, conviene advertir que por esos años mi padre, dada su condición de peronista, figuraba en la lista de los proscriptos.

Lamentablemente, en marzo de 1960 tropecé y me aplazaron en los exámenes de Química y Psicología, razón por la cual tuve que cursar regularmente el cuarto año.

Inasequible al desaliento, Don Luís RAMOS volvió a la carga: “Changuito, espero que no te hayas desanimado. Tenés que intentarlo de nuevo. Rendirás quinto año libre y yo te ayudaré en la preparación de las materias como la primera vez”.

En marzo de 1961, tras aprobar alrededor de 10 asignaturas, terminé mis estudios secundarios y alcancé el título de bachiller. Además, había tenido la oportunidad de conocer el talento, la calidad humana y la generosidad de un verdadero maestro.


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