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sáb 31 jul 2010
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Miguel Saravia, un salteño universal PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Armando Caro Figueroa, el sábado, 03 de marzo de 2007 (Ha sido leído 7816 veces)
Podría decirse, aprovechando el título de la película que dirigió Vincente MINELLI, que “con él llegó el escándalo”.

Cuando a comienzos de los 60 irrumpió en la ciudad de Salta, su sola presencia causó un apreciable revuelo en los ambientes juveniles, pese a su estirpe salteña (ya en el 1600 sus antepasados producían riqueza y civilización en Guachipas).

Miguel Saravia
Miguel Saravia
Sobre todo en el Colegio Nacional de Salta donde jerarquías y roles estaban muy definidos: Este inteligente, aquel rebelde; unos vagos y desenfadados, otros atildados pero negados para el estudio; aquí los carilindos y exitosos con las niñas, allá los poco agraciados y taciturnos; éste que, a la salida de la clase, acompañaba a Mónica (rubia victoriana) hasta los alrededores de su casa en el Paseo Güemes llevándole -inútilmente- los libros, aquel que en los asaltos sesentistas lo bailaba todo con Isabel (andaluza de pelo recogido y rostro bello, réplica auténtica de la PANTOJA en el Valle de Lerma que aún baila en Salón Manolo con la gracia de siempre).

Era el del Colegio Nacional un ámbito juvenil en donde los guitarristas y bombistas confraternizaban con los adictos a Billy CAFARO; los deportistas rivalizaban con los aficionados a la siesta; los tavellistas huían de los ligones y de los precoces bebedores de Tres Plumas; los decentes miraban con contenido desden a los peronistas, y los incipientes seguidores de Juan Manuel de Rozas comenzaban su ofensiva contra los liberales.

Hacia 1959, Miguel Saravia, que según algunas fuentes había nacido en Cerrillos (otras lo identifican como puntano), irrumpió en el Colegio Nacional y alteró la paz de aquella especie de estructura estamental.

Vestía y se peinaba como un señorito salteño, pero era diferente. Sus mocasines (comprados en la calle Guido) y sus anteojos oscuros; sus camisas y perfume; su hablar algo apresurado y cuidadoso de las eses, revelaba en seguida que había vivido un tiempo en Buenos Aires, por mucho que al hablar arrastrara las erres como cualquier chico del Pasaje Mollinedo.

Más que un porteño típico, de esos que luego hicieran época en los bares de Callao y Santa Fe, Miguel era un joven de San Isidro en donde había compartido tertulias con Hernán Figueroa Reyes, un fino salteño (de esos que saludan a las señoras besándoles las manos) que revolucionó el folklore, con Robustiano Figueroa Reyes, y con los Farias Gómez.

Su inglés, más pulido que el del mejor discípulo del profesor Miguel KORTSARZ, su sentido del humor y su conversación amena y enriquecida por una trayectoria mas abierta que la del común de sus compañeros de Colegio, acentuaban aquellas diferencias que él, hombre discreto, procuraba atenuar.

Pronto se animó a cantar en los guateques locales y el impacto fue definitivo. Mónica (y todas las victorianas), Isabel (y todas las futuras Madame BOVARY locales), abandonaron a sus rutinarios y obvios pretendientes y rondadores e ingresaron en la fascinante estela de Miguel, despertando la consiguiente indignación en los galanes desplazados.

Si bien Miguel Saravia llegó a la cima de la popularidad como un cantautor de la vertiente folklórica de la “nueva ola”, siendo muy joven había incursionado en la música afro-cubana. Mas tarde, en su época de estudiante secundario deslumbró a las salteñas jóvenes (del Colegio Nacional, pero también de la Normal, e incluso del antiguo Colegio de Educandas que fundara doña Manuela Tineo y que hoy, revisionismo mediante, pasó a llamarse de Jesús) cantando en inglés un rock, diríase que melódico, más próximo a Paul ANKA que a Elvis PRESLEY. Así triunfó en una de las clásicas “veladas” con la que los estudiantes cerraban el año escolar.

Luego, para alegría de los novios desairados, Miguel desapareció de Salta.

Pronto los afincados en el terruño nos vimos sorprendidos por las noticias que comenzaban a llegar desde la metrópoli dando cuenta de los éxitos de nuestro comprovinciano. Su talento, su apertura mental y su espíritu inquieto lo llevaron a compartir escenario nada menos que con Enrique “el mono” VILLEGAS y Astor PIAZZOLA en uno de esos santuarios porteños (“Rumbo 676”) donde nacían las nuevas corrientes artísticas destinadas a perdurar.

Así fue como estos grandes renovadores del jazz y del tango influyeron en Miguel que se asentó como autor e intérprete de un folklore diferente al que tradicionalmente exportaba Salta; un folklore mas urbano que rural y abierto a nuevas sensibilidades, a nuevas temáticas y a nuevas formas expresivas. De alguna manera y dentro de este estilo musical, Miguel lideró el movimiento que se dio en llamar “nueva forma”.

Fue hombre de la noche en Buenos Aires (recalaba en el Bar Bar-o) y en Córdoba (tenía mesa permanente en la peña de Patricia, tan bella como su madre, nuestra comprovinciana que se esfumara de la calle Deán Funes sin dejar rastros). En ambos sitios dejó memorables interpretaciones, en una época donde el cambio (“La Revolución”) era una búsqueda constante que, a veces, conducía al esnobismo, y otras al despropósito, vicios de los que Miguel supo mantenerse al margen; intuía quizá que “los furores locos y el estremecimiento de la pasión y de la ignorancia” (HUGO) usurpan a veces el nombre de revolución.

Mientras vivió, no dejó de sorprender a propios y extraños: Cuando todos los extras de “Taras Bulba” se paseaban ufanos por la Plaza 9 de Julio, llegó la noticia de que Miguel actuaba en papeles relevantes al lado de Federico LUPPI y Perla CARON (“Mosaico”), y de otros grandes de la canción como Hernán Figueroa Reyes y Carlos BAROCELA (“Adolescente viaje al sol”).

Anoche en Buenos Aires, tres salteños nostálgicos, entrados en años y casi decadentes, recordaron con cariño a su fugaz compañero del Nacional.
 

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