Más que algunos cuerpos, un cementerio

Imprimir E-Mail
Escrito por Gabriela Alejandra Caretta - Isabel Elicea Zacca (*), el viernes, 09 de marzo de 2007 (Ha sido leído 2945 veces)

Los hallazgos en las obras de la Escuela Zorrilla


Morían, pero no podían irse definitivamente de este mundo. El pueblo en el que entregaban su último aliento les daba un lugar en la iglesia y su campo santo para no despedirlos del todo. Así, los muertos quedaban ligados a la vida cotidiana de hombres, mujeres y niños. Durante más de dos siglos, la vida de la época colonial de Salta se desarrolló en un asombroso maridaje con la muerte.

Que las palas hayan dejado al descubierto antiguos enterratorios en los fondos de la Escuela Zorrilla no debería sorprender a una ciudad que dice estar orgullosa de su historia, sin embargo los medios de prensa mostraron el estupor de las autoridades y de la empresa constructora al encontrar restos humanos en la excavaciones del tercer patio.

Todos aquellos que por profesión o afición hayan rondado la historia de Salta, sabían que bajo los pisos de la construcción de la Escuela Zorrilla se encontraban cuerpos enterrados en la época colonial. Los memoriosos, incluso, recordarán incidentes similares en la construcción del supermercado a mitad de cuadra.

En tiempos de la colonia, españoles, indios, mestizos y negros -libres o esclavos-, que vivían o pasaban por la ciudad eran enterrados en el interior de los templos o en sus espacios adyacentes. A metros del comercio o del Cabildo, el campo santo recibía a todos los difuntos bautizados, con dos exclusiones claramente establecidas: los considerados herejes y los que morían en duelo.

Solo en la segunda mitad de siglo XIX comienza a generalizarse entre los salteños la costumbre de enterrar a sus muertos en panteones bajo unas lápidas que, además de los datos personales, dan cuenta de los afectos y desafectos familiares del difunto. Y, más tarde aún en las postrimerías del siglo, en jardines parquizados y alejados del mundanal ruido.

Hasta 1850, en cambio, Salta contó con varios enterratorios en el centro mismo de la ciudad, en un templo o a su costado, donde los vivos compartían sus quehaceres, y particularmente, sus oraciones, con los restos de sus difuntos.

La plaza en 1840 - Detalle del cuadro de Penutti
La plaza en 1840 - Detalle del cuadro de Penutti
El más importante tal vez haya sido el de la Iglesia Matriz -en el espacio que hoy ocupa la Catedral y el palacio Arzobispal- convertida (hacia 1800) en capilla hasta la construcción del actual edificio.

Los muertos también podían ser enterrados en las capillas de la Viña y de San Bernardo, o en sus cementerios.

A diferencia de su actual ubicación, el templo antiguo del Convento de la Merced se encontraba donde ahora se cruzan las calles 20 de Febrero y Caseros. Hacia el noroeste, en el centro de la manzana continuaban los claustros del convento y hacia el norte sobre la calle 20 de Febrero –en el actual emplazamiento de la Escuela Zorrilla- se encontraba el Cementerio. Al oeste estaban asentadas lo que se conocía como Rancherías del Convento.

La reproducción del dibujo de Auspurg muestra con claridad el atrio del templo de la Merced y la plaza que precedía a las Iglesias coloniales.

Allí, en el piso del antiguo templo de la Merced, fueron enterrados en la década de 1790 Luisa Hernández, hija del español Juan de Hernández y Enríquez, y Francisco Astigueta, padre del Pbro. José Inocencio Astigueta.

Negros esclavos e indios también fueron inhumados en la Merced, como Micaela, una mujer mestiza casada con José Domingo, un negro esclavo de Rafael González. Y Margarita, de la que sólo sabemos que era esclava del Padre Ilario Torres.

En los libros parroquiales también están registrados los nombres de quienes, ya hacia el siglo XIX, fueron a descansar bajo la tierra del templo de la Merced o su cementerio adyacente: Dorotea Velarde, esposa de Domingo Puch; José Aldunate, negro libre casado con una esclava, cuyos hijos podían gozar ya de la libertad de vientre declarada por la Asamblea del año XIII; José María Ibarguren, muerto en batalla y enterrado en el templo por orden del gobernador Martín Güemes o el Coronel Saturnino Saravia, entre otros.

Muertos y vivos compartieron un espacio y un tiempo en común en la Iglesia y el Convento de la Merced desde su construcción y hasta aproximadamente 1840, convivencia que se sustentaba y construía una forma de ver el mundo, el de acá y el del más allá, que muchos de estos hombres y mujeres compartían.

En principio, nadie deseaba quedar excluido de esa singular comunidad. Enterrase en las inmediaciones de una iglesia era signo de piedad y un mandato social para los distintos sectores de la sociedad. Tanto, que hacia 1790 algunos mulatos libres llegaron a pagar para ser enterados en el interior de la Iglesia Matriz.

Iglesia de los Mercedarios
Iglesia de los Mercedarios
De este modo, no puede evocarse una imagen de la ciudad colonial sin la presencia de los vivos rezando sobre las tumbas de los fieles difuntos, pidiendo por la salvación de las almas propias y ajenas. Costumbre tan arraigada entonces que explica la sostenida resistencia de la sociedad y del clero a trasladar, hasta mediados del siglo XIX, los enterratorios a la afueras.

No se encontraron entonces, cuerpos aislados o anónimos en las excavaciones de la Escuela Zorrilla. Se puso al descubierto un cementerio, señal de una particular visión de la vida y de la muerte que los habitantes de la Salta colonial compartían con hombres y mujeres de otros lugares y otros tiempos. Sólo una historia de fachadas y publicidad puede desconocer su presencia y su valor. Esos restos son parte de un enterratorio que alberga parte de nuestra historia social y constituyen, por tanto, nuestro patrimonio como sociedad.

(*) Integrantes del Proyecto del Consejo de Investigación de la Universidad Nacional de Salta Enterratorios y lugares sociales en torno a la muerte: los casos Salta y Jujuy entre la colonia y la república.




Más artículos de la categoría Historia y tradición
 

Noticias de Salta

Publicidad


Nuestros números

Hay 9 invitados en línea