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Peluquearse en Salta

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Escrito por Armando Caro Figueroa, el domingo, 11 de marzo de 2007 (Ha sido leído 5775 veces)
Con el correr de los años el corte de pelo masculino experimentó en Salta cambios muy parecidos a los ocurridos en cualquier ciudad moderna. Lo hizo, eso si, a un ritmo mucho mas lento, como corresponde a una sociedad reacia a innovar, al menos en algunos asuntos cotidianos.

Antes de entrar en materia, conviene recordar que los salteños, rebeldes a los dictados de la Real Academia, usamos con toda convicción la palabra peluquiar para referirnos al corte de pelo masculino.
Peluqueros en acción
Peluqueros en acción


El primer peluquero de los varones de mi generación, fue la partera.

Como se recordará, hasta bien entrados los años 70, la costumbre (y las pediatras) mandaban cortar el pelo de los recién nacidos, desafiando los riesgos de deslizar las tijeras sobre la “mollera entreabierta”. Por razones de higiene, también para que las madres guardaran el primer mechón y, como no, para preparar la entrada del recién nacido en el Reino de Dios pues circulaba el rumor de que ese primer pelo tenía vínculos demoníacos.

Pelar al recién nacido y bautizarlo pronto eran dos urgencias familiares. Mas tarde, la sico-pediatría prohibió la primera práctica, alegando que constituía una verdadera tortura a los bebés. Pero ningún embate logró disminuir la frecuencia de los bautizos, aunque en un número creciente de casos las renuncias a Satanás vienen siendo pronunciadas por padrinos sin crédito celestial alguno.

Por lo que se refiere al cuidado del pelo, hay que decir que no se conocían los elementos de higiene y belleza que fueron apareciendo después: Era habitual que las personas prolijas se lavaran diariamente el pelo, no con champú, sino con Jabón Federal. Quienes querían aclarar sus cabellos, en tiempos en que ser “cabecita negra” era un demérito, apelaban al limón. Los quiscudos que soñaban con asedar sus crenchas, se daban baños de cerveza. Y los que sufrían sus rulos, que los emparentaban con la mulatez, dormían con una media de mujer en la cabeza en un tiempo que no conocía la técnica del planchado.

Los peluqueros, desde comienzos del siglo pasado, formaron parte de la “aristocracia obrera”; mas precisamente, del artesanado culto, leído y politizado. Ya en el año 1900, muchos de ellos protagonizaron la experiencia del primer Partido Obrero que existió en Salta, compartiendo desvelos con linotipistas, libreros y ebanistas.

En los comienzos de los años 60 existían aún aquellos peluqueros-guitarreros que recuerda Eduardo Falú: Odilón Rasguido, famoso mimbrero de la calle Deán Funes, había sido antes uno de aquellos peluqueros que deleitaban a sus clientes tocando la guitarra entre corte y corte.

Con la lenta democratización de Salta las peluquerías del centro se transformaron en verdaderas tertulias políticas. No se hablaba de mujeres ni de fútbol, y los maestros peluqueros opinaban con propiedad sobre los asuntos públicos esgrimiendo como argumento de autoridad las novedades e infidencias que deslizaban sus clientes mas encumbrados. Si se tiene en cuenta que la Casa de Gobierno y la Legislatura contaban con peluquerías reservadas a los altos cargos, se comprenderá porqué razón predominaba en los salones de corte el discurso opositor y conspirativo.

Hoy, el afán restaurador de su morador ha recreado en Las Costas esta costumbre del Peluquero Oficial.

Las peluquerías públicas, identificadas con aquel conocido cilindro patriótico, tenían un segundo competidor: En ciertas casas pudientes, los varones jóvenes y sus mayores eran “atendidos” por peluqueros a domicilio que llegaban con su instrumental y sus delantales.

Lo normal, sin embargo, era que cada familia tuviera en la peluquería del barrio un profesional de su confianza.

A su vez, como no todas las familias podían enviar a sus hijos a una peluquería de pago, en las escuelas primarias era común la visita mensual de un peluquero encargado de “pelar” a los chicos pobres o sencillamente descuidados, obedeciendo a una orden de la maestra o de las autoridades. La Escuela Urquiza, por ejemplo, reservaba el hueco de una escalera para que el peluquero cumpliera su función.

El corte de pelo revelaba, como no, las diferencias sociales: Así, mientras los menos pudientes lucían habitualmente “mochos” (pelados a la cero), los de clase media aparecían uniformados con el corte a la americana. Si los señoritos se distinguían por el pelo engominado, quienes se esforzaban por emularlos lucían el pelo abrillantado con RYCIBRIL y endurecido con un menjunje casero. No había, desde luego, un solo melenudo.

De las peluquerías públicas, la más importantes era la ubicada en la calle España, a metros de la Plaza 9 de Julio. Contaba con una media docena de grandes sillones reclinables y rotatorios, artefactos para esterilizar tijeras, navajas y máquinas, seis maestros cortadores, y salón de lustrar.

Los pelados elegantes disponían, además, de una sala especial en donde se limpiaba y sacaba brillo a las peladas. Allí concurría, entre otros, aquel fino señor que, desde su casa en el Pasaje Mollinedo, salía a caminar a las 11 de todas las mañanas, con bastón o paraguas según lo aconsejaran el tiempo o sus caprichos de dandy.

Además de las peluquerías del centro, cada barrio tenía su salón propio. Así por ejemplo, la gente de la calle Deán Funes concurría a la peluquería propiedad de un emigrante español (del Ferrol del Caudillo), educado, muy profesional, pero con dos defectos pequeños: su adición a los ajos crudos y sus regurgitaciones imparables. En su sillón sufría, entre muchos, un reciente candidato a Vicegobernador nacido en la calle Deán Funes.

Cerca del Monumento 20 de Febrero, ejercía el monopolio un severo pero simpático sargento retirado, que supo llegar a Intendente Municipal.

Todo transcurría sin sobresaltos hasta que, hacia finales de los años 60, Ernesto revolucionó el arte de la tijera, luego de asistir con provecho en 1965 a un curso patrocinado en Buenos Aires por LOREAL de PARIS: Introdujo el corte a la navaja, las revistas con mujeres insinuantes en el salón, el lavado de cabeza previo al corte, el secador eléctrico, la invitación de café a la clientela, la manicura, y la aplicación de ungüentos embellecedores. Los guarangos de siempre se animaron a introducir en las conversaciones los temas eróticos y las murmuraciones sobre mujeres del día y de la noche.

Es decir, Ernesto comenzó a romper las barreras que separaban a las peluquerías masculinas de los salones de belleza femeninos. Acaparó, por si todo aquello fuera poco, a toda la clientela de afrancesados deseosos de embellecerse para facilitar su frenesí de conquistas.

Ernesto, un hombre de Salta (y no de Campo Santo como erróneamente se consignó en la primera versión de esta nota), nacido en la Maternidad Luisa Bernal de Villar, luego de triunfar en su profesión, de haber formado a 18 discípulos, y de imponer en la capital del Valle de Lerma un “nuevo paradigma”, descansa bailando tangos en Salón Manolo, rodeado de amigos y de bellas damas de su generación.

A partir de él, las transformaciones son incesante y de una audacia sin límites: Los salones unisex están exterminando a las viejas peluquerías reservadas para hombre varoniles; la profesión salteña se prepara para recibir, en noviembre de 2007, a la EXPO BEAUTY HAIR SHOW. Toda una definición de los nuevos tiempos.


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