Escrito por Armando Caro Figueroa, el lunes, 19 de marzo de 2007 (Ha sido leído 3249 veces) He aquí algunas de las órdenes y mandatos con los que las autoridades superiores de entonces pretendían conseguir el Buen Gobierno, en tiempos en los que Salta era la Ciudad de Lerma y nuestro Valle lucía, en rocambolesca combinación, el nombre de Salta (1582/1784).
Afortunadamente en unos casos y lamentablemente en otros, ninguna de tales órdenes se cumple en la actualidad.
Algunas de estos mandatos (sobre todo los que organizan el ceremonial) son muy bien vistos por quienes rodean al Poder, que suelen lamentar las restricciones que emergen de la forma republicana de gobierno.
Es esta una selección de los Autos de Buen Gobierno que se transcriben en un interesante libro de Don Miguel Solá (“Erección y abolición del Cabildo de Salta”):
Antes de emitir su voto secreto para la elección de Alcaldes y Regidores, los cabildantes deben haber oído Misa de Espíritu Santo. En caso de empate, resultará electo el que decida el Gobernador.
Ningún Alcalde ni Regidor puede ser reelegido, hasta pasado un año y medio de su anterior mandato.
En las sesiones del Cabildo, los cabildantes deben estar con la atención y la cortesía debidas, sin alterar la voz ni descomponerse en su apostura personal. Para proponer un candidato, el cabildante se levantará de su asiento, rendirá cortesía al cuerpo y hará su propuesta sin alterar su voz.
El Alcalde de primer voto es el encargado de distribuir a los indios, velar por su buen tratamiento y asegurarse de que se les pague por su trabajo con puntualidad.
Ninguna persona puede entrar ni permanecer en el Cabildo con armas exhibidas u ocultas.
Tampoco se pueden portar armas cortas en las villas, pueblos o ciudades. Los cuchillos serán romos, salvo en la frontera. El contraventor noble y distinguido recibirá pena de multa (la primera vez), las personas de baja esfera serán azotadas por las calles.
El Cabildo no saldrá a recibir a ningún señor temporal, mas que al Obispo. Nunca rendirá exequias, honras, ni fiestas, ni llevará en hombros a ningún difunto ni en brazos ninguno a bautizar sino es persona de la realeza.
Es obligación del Cabildo asistir a las honras fúnebres de Persona Reales, para sus proclamaciones por exaltación al trono y nacimiento de Príncipes. También a procesiones por la felicidad de una paz deseada, por falta de aguas o por abundancia de estas, por langostas o pestes.
Ninguna autoridad puede dar audiencias o ventilar asuntos públicos en sus casas, sino en el lugar público a ello destinado. Todos deben concurrir al menos 2 horas diarias a su despacho, salvo que el rigor de las aguas se lo impidiere.
Esta prohibido matar ganado, aun cimarrón, con el solo fin de hacer cueros y sebo. Se prohíbe asimismo matar terneras, ni aun para comer. Es ilegal la exportación de ganado al Perú.
Ninguna persona, cualquiera sea su estado, calidad o condición, puede impedir o resistir el corte de leña, rama y madera, aun dentro de las estancias (salvo a 2 cuadras de distancia de la sala) pues los montes son comunes.
La justicia de la ciudad ha de poner precio justo al comercio minorista que venda cosas de comer y de vivir, teniendo respeto a lo que les cuesta y dándole alguna ganancia moderada.
Un Procurador Sindico dará quejas en caso de falta de abastos, o de mercancías dañosas o a precios excesivos.
Asimismo, se harán Aranceles fijando lo que deben percibir por sus obras carpinteros, albañiles, arquitectos, sastres, zapateros y otros oficios.
Los que tienen medidas de trigo, deben presentarlas a revisión de las autoridades.
Nadie puede lavar en la fuente de agua que hay en la ciudad, a causa de las inmundicias que arrojan, bajo pena de 50 azotes a los criados, esclavos y libres. Los españoles irán a la cárcel por el tiempo que decida la autoridad.
El principal desvelo y cuidado de los jueces es el rondar y procura evitar todo género de delitos y ofensas a Dios. Velarán evitando escándalos y que ninguno ande a deshoras por las calles.
Los que corrieren a caballo por las calles de la ciudad perderán el caballo y el avío. El caballo será para la Corona y el avio para quien lo prendiere.
Nadie debe fiar cosa de comer ni otro género a los criados del Gobernador, de sus ministros, ni del Alcalde.
Nadie puede entrar a las Iglesias o lugares sagrados con el pelo atado, bajo pena de cortárselo.
No serán consentidos los vagabundos ni gente sin destino y aplicación al trabajo.
Las autoridades pondrán bajo especial vigilancia a los sujetos casados que vivan separados de sus mujeres. Practicarán continuamente las correspondientes averiguaciones sobre ellos, dando las providencias convenientes a fin de remitirlos a los lugares donde residan dichas mujeres para que hagan vida marital con ellas.
Las autoridades deben reconocer continuamente los campos y los montes para mantner la seguridad de los caminos y libre el comercio
Extrañas ideas las de estos castellanos austeros y optimistas.
Si alguien pretendiera exigir el respeto de tan vetustas normas, terminaría derrocando al actual Gobierno, abortando los planes de Quien sueña con perpetuarse 24 años en el poder y de su aparente rival, clausurando Las Costas, y poblando la Cárcel Modelo de esposos separados y rebeldes, medida esta última que, entre otras funestas consecuencias, conllevaría el cierre de las tanguerías y otros comercios del ramo.
De aplicarse hoy estos rígidos preceptos, la Balcarce volvería a su oscura y silenciosa noche. Los especuladores con vacas y madera quebrarían. Las iglesias hederían a azufre en vísperas electorales. Los validos perderían crédito. Los noctámbulos enloquecerían. Algunos locales partidarios quedarían vacíos de fieles. El caballo del comisario sería uno solo (condenando al ostracismo al constitucionalista). Las sesiones de la Legislatura aburrirían a propios y extraños. Los avisos fúnebres de Las Costas desaparecerían de los diarios (para mayor pena de los deudos plebeyos). El séptimo hijo varón lloraría en brazos de la madrina extrañando el calor del representante presidencial. No habría modo de reparar sequías ni diluvios, dado el divorcio del César con el Poder Intemporal. El Procurador Síndico viviría afónico y harto de decomisar pescado.
Ni siquiera saldrían beneficiados los peluqueros, encargados de cortar la coleta a los sesentistas que aún la llevan recogida, ya que ninguno de ellos frecuenta iglesias ni lugares sagrados.
Como resulta fácil apreciar, un verdadero terremoto, casi tan letal como el que asoló a Esteco.
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