A 25 años de Malvinas: por una conmemoración reflexiva |
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Escrito por el miércoles, 21 de marzo de 2007 (Ha sido leído 3080 veces) La enorme carga de emotividad que pesa sobre Malvinas, dificulta separar la reflexión sobre los episodios desencadenados el 2 de abril de 1982, del recuerdo respetuoso de quienes murieron allí. Esa carga puede inhibir la disposición para examinar críticamente el trasfondo político de la decisión de aquel gobierno de facto que, para perpetuarse en el poder, intentó una huida hacia delante usando esa histórica y legítima reivindicación territorial. Si toda guerra supone el predominio de la fuerza atada a una certeza, ello trae aparejado el fin de la duda y el cese del cuestionamiento, siempre presentados como un débil e ingenuo pacifismo, también siempre sospechado de traición. Hace un cuarto de siglo, al exigir aprobación incondicional y adhesión patriótica emocional, Malvinas no escapó a ese antiguo y peligroso esquema, siempre disponible en los arsenales de las guerras y de la política facciosa. Para algunos, conmemoración y crítica son incompatibles. Si se conmemora sólo cabe el “elogio incondicional” y no hay lugar para la mirada crítica. Quienes critican corren el riesgo de incurrir en el enjuiciamiento apresurado e injusto o en la desaprensión e ingratitud. Pero las conmemoraciones también suelen ser objeto de manipulaciones las que, en el caso de las guerras, hurgan en el “orgullo nacional herido” no para curar las cicatrices, sino para mantenerlas abiertas y disponibles para nuevas utilizaciones. “Los retos de la memoria son demasiado grandes para confiarlos al entusiasmo o la cólera”, advierte Todorov. Si un acontecimiento traumático como la Guerra de Malvinas puede ser presa fácil para los cultores del entusiasmo o la cólera, resulta necesario que el historiador intente tirar por la calle del medio aportando elementos que permitan eludir esos atajos y despejen el camino a la conmemoración reflexiva. Aunque un cuarto de siglo no es la distancia ideal para tal aproximación crítica, al menos puede dar una perspectiva más discreta y serena que aquella proximidad donde coexisten entusiastas y coléricos, que no deben confundirse con los sentimientos de dolor de los familiares de los que entonces murieron, y a quienes nadie puede negar el derecho y el deber de recordar a sus muertos. Aquella guerra fue un desgarro no sólo por haberse perdido sino también, y principalmente, por haber sido una guerra, quizás una de las últimas libradas al estilo de las guerras por conflictos territoriales durante los siglos XIX y XX. Educados en la memorización e idealización de las guerras para lograr la independencia, estamos menos preparados para abrirnos a una crítica de la fuerza de las armas y, menos aún, a una visión descarnada de quienes recurrieron a su uso. Alberdi apuntó a este rasgo nuestro cuando, en 1870, escribió: “No hay guerra en Sud América, que no invoque por motivo los grandes intereses de la civilización; ni despotismo que no invoque la más santa libertad”. La guerra engendra la dictadura pero también las dictaduras encuentran en la guerra su justificación y su tabla de salvación. Añade Alberdi: “De la guerra ha nacido el gobierno de la espada, el gobierno militar (…) que es el gobierno de la fuerza sustituida a la justicia y al derecho como principio de autoridad”. Y concluye con Pascal: “No pudiendo hacer que lo que es justo sea fuerte, se ha hecho de lo que es fuerte sea justo”. El hecho que la restitución de Malvinas a la soberanía argentina sea una reivindicación histórica y legítima, además de una causa justa ¿convertía automáticamente en legítima, justa y correcta la decisión que adoptó la Junta Militar en 1982? Todo indica que quienes decidieron llevar a la Argentina a esa guerra, lo hicieron munidos de una visión simplista de la situación y también de una concepción animista: bastaba el espíritu patriótico para paralizar o rechazar la reacción británica. Las clásicas condiciones exigibles a un Estado para que una guerra sea considerada justa incluyen: que existan motivos graves y justos; constituir el último recurso después del agotamiento de las vías pacíficas y de la negociación; tener una correcta intención; una declaración pública de de la guerra por parte de autoridades legítimas; la probabilidad de éxito y la proporcionalidad. Nadie duda de la justicia de unos motivos que están en pie desde el año 1833 cuando, violando los acuerdos internacionales sobre los territorios que habían sido posesiones españolas y mediante un acto de fuerza, Gran Bretaña ocupó Malvinas. En 1982 no se podían aducir “motivos graves” para clausurar la vía diplomática en la solución pacífica de los diferendos, abriendo abruptamente el camino del conflicto bélico. Argentina y Gran Bretaña habían negociado activamente hasta el año 1977. De modo, pues, que las vías pacíficas no sólo no estaban agotadas sino que se habían abierto durante dos gobiernos constitucionales. La primera en diciembre de1965 cuando, bajo la presidencia de Arturo Illia y por la política de su canciller Miguel Ángel Zavala Ortiz, Naciones Unidas aprobó por unanimidad la Resolución 2065, por la que Gran Bretaña debía negociar con nuestro país la situación de Malvinas, encuadrado como una situación colonial. La segunda, en septiembre de 1974, cuando en su intervención en la Asamblea General de Naciones Unidas el canciller Alberto J. Vignes dijo que la Argentina se comprometía a hacer todo lo que estuviera a su alcance “para proteger los habitantes de las Islas y acrecentar su bienestar, permitiendo que ellos accedan a los beneficios y progresos que goza el pueblo argentino”. Ambos gobiernos comenzaron a estudiar propuestas para establecer un régimen de condominio de las islas. ¿Era aquélla una reacción proporcional? Todo indica que no lo era, a dos puntas. Ni lo eran las fuerzas argentinas que desembarcaron en Malvinas para enfrentar a 80 Royal Marines y 30 hombres de la Fuerza de Defensa, ni lo fue el despliegue militar dispuesto por el gobierno inglés para retomar el control de las islas, al que se añadieron la colaboración de Pinochet y el apoyo de las potencias aliadas en la OTAN. A la luz de semejante disparidad, aquella operación ¿podía ser exitosa? ¿Era el del general Leopoldo Galtieri un gobierno investido de esa legitimidad que requieren los clásicos para considerar a una guerra como “justa”? Como todos los gobiernos argentinos surgidos de golpes de Estado a partir de 1930, el del llamado “proceso de reorganización nacional” no puede ni siquiera ser considerado como “gobierno de facto” sino como un régimen surgido después de haber desalojado por la fuerza a un gobierno constitucional elegido por el 62% de los ciudadanos argentinos. En diciembre de 1956, en su discurso de Navidad, el Papa Pío XII aludió al problema de la declaración de guerra por autoridad competente o legítima: tal medida debe provenir, dijo, “de una representación popular y un gobierno designado en elecciones libres”. La dictadura militar argentina no sólo carecía de esos atributos, sino que había producido el mayor daño a las instituciones del país, derogando de hecho la Constitución nacional e involucrando al Estado en acciones terroristas, incluyendo el secuestro y asesinato de miles de personas. La súbita conversión de esa dictadura al credo de la “soberanía nacional”, entendiendo a ésta como una mera reivindicación territorial con explícita negación de la libertad, los derechos y la soberanía de los ciudadanos argentinos para elegir sus representantes, convertía en una mascarada aquel celo patriótico que prometía “liberar Malvinas del yugo inglés” y, simultáneamente, se jactaba de tener guardadas bajo siete llaves las urnas en la Argentina continental. Los integrantes de aquel gobierno de fuerza no habrían leído a Juan Bautista Alberdi, no ya el polémico y prohibido autor de “El crimen de la guerra” (1870) sino al Alberdi defensor de las instituciones y al precursor del patriotismo de la Constitución, antes que de la retórica, el autoritarismo y las reivindicaciones territoriales. “Injusticia y patriotismo son inconciliables. La libertad individual es el límite en que se detiene la autoridad de la patria”, escribió el autor de “Bases”. Por su rechazo y actitud crítica frente a la Guerra del Paraguay, a Alberdi le pusieron el sambenito de “traidor”. El crimen no era aquella guerra sino las críticas que Alberdi expresaba en sus escritos. “Ante la dignidad ofendida, todo disentimiento es un crimen”, resumió el propio Alberdi las descalificaciones de sus críticos. O se está con la guerra y entonces se está contra la razón y la justicia, o se está contra ella y al lado de la razón y de la justicia. “Se necesita haber mamado del despotismo para calificar de traición al acto de disentir o pensar a la inversa del gobierno”, escribió entonces un Alberdi que soportaba en el exilio los dardos de sus adversarios. Desde el siglo XIX la palabra “traidor” es un hierro candente que se coloca en la frente de quienes van contra la corriente de las creencias a la moda o de aquellos que discrepan con los gobiernos de turno. Pero luego, en 1866, Alberdi matizó esa opinión: para ser “traidor no es necesario estar fuera del poder, ni ser de la oposición, ni estar al lado del extranjero. Desde lo alto del gobierno, sin salir de su país, con la bandera nacional en la mano, se puede ejercer y se ejerce a menudo la traición del peor carácter que es la que pisotea la ley en nombre de la ley, la que arruina la patria en nombre de la patria”. Pero reducir los episodios desencadenados en abril de 1982 al solo deseo de un jefe militar de verse convertido en caudillo político, o explicar esa decisión por un conjunto de errores y éstos por la ineptitud, es cerrar la posibilidad de esa conmemoración reflexiva. Sin subestimar el papel de esos protagonistas, pero yendo más allá de sus roles, ineptitud y ambiciones, aquella guerra fue el modo dramático, doloroso y humanamente costoso en que afloraron las raíces de una Argentina que, a fuer de idealizar su aislamiento y de confundir éste con soberanía, había perdido su brújula orientadora en un mundo complejo y cambiante que fluye mientras nosotros nos agitamos en un inmovilismo que, de puro anacrónicos, bautizamos de progresismo. (*) Editorialista y colaborador la revista “Todo es Historia”, que fundó hace cuarenta años y que, desde entonces, dirige Félix Luna. Este texto sobre los 25 años de la Guerra de Malvinas se publica en el número de abril de 2007, como editorial de esa revista. Más artículos de la categoría Historia y tradición |





