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Lila Saravia Echevehere

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Escrito por Armando Caro Figueroa, el domingo, 25 de marzo de 2007 (Ha sido leído 2865 veces)
Si la capacidad de inventarse permanentemente a si misma y el estimar la autonomía como una condición irrenunciable de vida caracterizan a la tercera mujer, Lila SARAVIA ECHEVEHERE fue una de ellas.

Las fuertes tradiciones familiares (salteñas y también las del Paraná materno) tuvieron especial peso en su formación y, a no dudarlo, orientaron su vida sin llegar a adocenarla. Honró al núcleo de este acervo cultural provinciano, pero supo compatibilizarlo con su sed de libertad, su curiosidad infinita y su vocación de vivir en el siglo.

Lila Saravia, alrededor de 1972
Lila Saravia, alrededor de 1972
Dotada de un fino talento, descubrió muy pronto dos cumbres de la belleza y no se apartó nunca de ellas: Lesser, cuyas sendas y montes fatigó de a pié y a caballo, y Marcel Proust que modeló su sensibilidad.

Su nacimiento en el seno de una familia culta le permitió frecuentar, desde muy joven, las cumbres de la literatura victoriana. Mas adelante, se sumergió en las obras que, en los años sesenta, movilizaron aquel turbulento intento de refundar lo divino y lo humano. Sin embargo, su buen sentido y una innata moderación le preservaron de caer en los desvaríos que terminaron esterilizando, no sin antes provocar grandes hecatombes, el ideario radical sesentista.

Dominaba los códigos sociales más refinados y elegantes de la Salta de aquellos años, pero era capaz de relativizarlos cuando ello venía a cuento, y de criticar las aristas más absurdas del orden tradicional. Era, a mis ojos, una mezcla de GUERMANTES (por su elegancia, su ingenio y su prestigio social), con Madame de STAEL (por su rebeldía y amor a la libertad, esa pasión que la llevó a ser perseguida por NAPOLEÓN).

Cultivó el arte de la conversación, como seguramente lo hicieran sus antepasados y difícilmente lo practiquen las generaciones presentes; tenía siempre varios temas interesantes a mano (como Madame de SEVIGNE) y era capaz de presentarlos con gracia y desenvoltura.

El lenguaje cotidiano que utilizaba era intensamente mestizo: Las palabras y modismos propios de las damas del área distinguida de Salta (San Lorenzo, Lesser y Los Yacones en verano; el Pasaje Mollinedo y sus alrededores el resto del año), se mezclaban con giros desenfadados y palabras del vocabulario de cierta clase media intelectual.

Este mestizaje lingüístico, que era, además, un manifestación clara de sus preferencias por la pluralidad cultural, facilitaba su actuación en escenarios y salones diversos cuando no antagónicos. Desde las cabalgatas hacia PASCHA y los té en lo de Serapio, a las tertulias con personajes tan diversos como Antonio YUTRONICH (Lila era una enamorada de sus pinturas y del modo que tenía Antonio de recitar el “Canto a mi mismo” de Walt WHITMAN) o Reynaldo YARADE con quién agotó charlas acerca de su novela “Los que no alcanzan”.

A diferencia de muchas personas de su círculo natural, ejerció siempre la tolerancia en temas ríspidos como los vinculados con la política, la religión o las costumbres, aunque desdeño a los dictadores y sus epígonos.

Practicó con convicción y discreción la solidaridad con los perseguidos, los marginados y los doloridos. Así fue como apoyó a su madre en el Hogar que en Río Ancho albergaba a los hijos de madres tuberculosas, y fundó luego el grupo RENACER donde las familias buscan y encuentran alivio para el inmenso dolor que provocan ciertas muertes.

Fue una devota de su padre, del campo, de su casa de Lesser y del buen gusto. Toda ella irradiaba una energía profunda y las excelencias de un espíritu original, muy por encima de los prejuicios típicos de esa Salta por entonces tan cerrada y desconectada del mundo.

Su rostro, habría dicho PROUST, evocaba a un ave del paraíso; cualquiera fuera el ambiente donde se desenvolvía, reía y generaba un clima cálido, de proximidad; su estampa era singularmente esbelta; vestía con una elegancia no convencional que la llevaba a utilizar capas de finas telas en vez de los más clásicos tapados.

Solo una cosa quebraba, transitoriamente, el aura encantadora que solía rodearla: Un jeep destartalado que transmitía su energía y con el que se desplazaba de una punta a la otra del Valle de Lerma.

Compartí con Lila y sus “amigos no convencionales”, largas veladas en las que aprendí a conocer esa Salta cuyos cultores (tradicionalistas y selectivos), mantienen, si no oculta, resguardada de miradas ajenas, irreverentes o críticas. A ella debo mi pasión por Lesser y por Marcel Proust.

Desgraciadamente, los inmensos dolores que sufrió y, después, su temprana muerte, le impidieron escribir sus memorias y construir en Lesser el salón de tertulias abiertas a la libertad de ideas, a las buenas maneras y al arte, como eran sus deseos juveniles. Un sitio en donde el gusto compartido por la conversación convocaría a “las inteligencias vivas y penetrantes a dialogar sobre la comprensión del mundo y de los hombres, a reflexionar sobre lo ridículo y lo picante, y a expresar la ingeniosa delicadeza de los sentimientos con la gracia y la cortesía perfecta del lenguaje”.


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