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Un salteño despistado en San Telmo

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Escrito por Armando Caro Figueroa, el lunes, 26 de marzo de 2007 (Ha sido leído 2938 veces)
Había decidido, probablemente, conmemorar aquel viaje en tren que hizo desde Salta en 1975 para apuntalar al Gobierno constitucional de entonces y, de paso, echar una cana al aire. Esta vez viajó en avión y, como corresponde a un caballero, pagó su pasaje en efectivo. Hace 32 años, vestido de brigadista, viajó en un tren confiscado por las huestes de Charlie quien, a la larga, identificado por la ex empresa de ferrocarriles, terminó pagando los 250 pasajes de aquel tren saturado de amor, entusiasmo y lealtad vertical.

Al mediodía, enterado por el conserje del Hotel Lyon del cierre definitivo de El Tropezón, eligió “El Globo” para zamparse, en soledad, un puchero de gallina y un budín de pan con dulce de leche. Fiel a sus propósitos memoriales, pidió primero una botella de Selección López y luego otra.

Por la tarde sufrió un primer desencanto cuando al comparecer en la Plaza de Mayo a repudiar la infamia del 24 de marzo de 1976, no encontró a ninguno de los defensores del Gobierno derrocado. Le llamó la atención que las pancartas ni las consignas aludieran al General; tampoco a la derrotada patria peronista. De modo que abandonó la Plaza y, recordando viejos tiempos, fue a visitar a la imagen del Beato Pedro González que se venera en la Iglesia de San Pedro Telmo.

Un parroquiano de aquel Hotel de la calle Río Bamba le recomendó enfáticamente un espectáculo diseñado para nostálgicos, sin darle mayores precisiones. Así fue como se dirigió a “La Trastienda” (el exitoso local que provoca la envidia de nuestro falso Conde-Duque) y fue uno de los primeros en acomodarse tras una botella de whisky nacional y un reglamentario sifón de soda.

Desde aquel su primer viaje al Puerto había engordado no menos de 20 kilos, veía con la ayuda de unos poderosos anteojos, y en su cabeza solo conservaba, encanecidos, algunos pelos laterales, cuidados pero insuficientes para culminar la consabida coleta que le daría patente de progre.

Quién le conociera de sus años mozos podría identificarlo, con un esfuerzo razonable, por la remera, las sandalias, y el pantalón arrugado y salpicado; mantenía por ellos el mismo entusiasmo juvenil y tuvo la suerte de que los fabricantes conservaran, a grandes rasgos, los diseños sesentistas. Su manera desarreglada de sentarse y el dedo meñique al aire acompañando el vaso, eran también datos que facilitaban el reconocimiento.

Según el programa, el espectáculo debía comenzar a las 9. Nuestro paisano, espero paciente los 15 minutos que prevé el Código Procesal de Salta y se lanzó a aplaudir enérgicamente, arrastrando a buena parte del auditorio seguramente ansioso por ver a la pareja estelar. Cuando habían pasado 25 minutos del horario previsto, el letrado del Valle de Lerma comenzó a golpear la mesa de madera; sus gestos parecían revelar mas que una protesta, el afán por ver en escena al veterano Chico Novaro y a la preciosa María Volonté.

Pero pronto los hechos desmintieron esta intención. A medida que avanzaba el espectáculo nuestro hombre fue girando hacia una ostensible contrariedad. No tarareó ni aplaudió ninguna de las canciones de la noche. Tampoco acompañó las insinuaciones de los artistas para batir palmas ni formar un coro en los momentos culminantes.

Su pose de estatua tras el primer acto de la noche (un dulce fado cantado por la Volonté) podía hacer pensar que su disgusto tenía que ver con el género o con la intérprete. Sin embargo, mantuvo su pose hierática ante el esplendido desfile de boleros mexicanos, de tangos arrabaleros y románticos, de canciones nueva-oleras (sesentistas), y de candombes. Solamente un vals peruano deliciosamente interpretado por María, pareció sacarlo de la abulia.

Otro salteño también presente en La Trastienda, que perdió la concentración que exigía el romántico espectáculo siguiendo el extraño comportamiento de su comprovinciano, comentó que el hombre estaba incómodo por esta absurda costumbre impuesta en ciertos boliches porteños de hacer compartir las mesas a personas que nada tienen que ver entre si.

Nuestro observador lo explicó así: “Los letrados vallistos son muy celosos de la intimidad y, por pudor pero también por precaución, rechazan beber con extraños”.

Nada de esto, aisladamente considerado, justificaría un relato ligero como este. Pero una nueva andanza del despistado me decide a la crónica.

Esta madrugada, a las 7,20 horas, tropecé súbitamente con mi paisano. Venía por el Pasaje Tres Sargentos y, a no dudarlo, se dirigía al Albergue Horizonte, del brazo de una joven exuberante, de llamativa minifalda y pelo teñido de rubio. El salteño lucía uno de esos trajes que usan los gauchos ricos para hacer trámites bancarios (bombacha y chaqueta bordados, botas de cuero de carpincho, rastra de alpaca). El mismo traje que, allá por los sesenta, el letrado criticaba en tertulias y mítines. Un poderoso acullico afeaba su rostro marcado por tres noches de festín. Ambos fingimos no reconocernos.


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