| Los niños del Llullaillaco y su exposición |
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Página 1 de 8 Escrito por el miércoles, 28 de marzo de 2007 (Ha sido leído 12562 veces)“Y no habría tonto de feria que no diera plata... No dan un céntimo por aliviar a un cojo, pero se gastan diez en ver a un indio muerto”. La Tempestad, William Shakespeare En el año 1999 una expedición, liderada por el Dr. Johan Reinhard y la Dra. Constanza Ceruti al Volcán Llullaillaco en los Andes salteños, el sitio arqueológico más alto del mundo halló “tres cuerpos congelados pertenecientes a víctimas de sacrificios humanos de los Incas”. Las comillas responden al texto con el que se describe el hecho en la pág.16 del libro que ambos descubridores publicaron en Salta al año siguiente. Hablan de cuerpos congelados, sin proceso de momificación artificial o sea que los cuerpos que se mantenían literalmente intactos (léase: no tocados / que no han padecido alteración o deterioro / puros) desde que fueron abrazados por el frío, horas después de haber sido emplazados en la cima, hace aproximadamente quinientos años. Las investigaciones de laboratorio y los estudios de ADN han revelado que se trata de las momias mejor conservadas que se conocen hasta el presente tal cual lo confirmó el congreso internacional de momias realizado en Oslo en el 2002. Los tres cuerpos pertenecían a niños, un varón y una niña, ambos de seis años y una joven doncella de aproximadamente quince años. El cuerpo de la más pequeña fue impactado por un rayo en algún momento de su estadía en la cumbre, motivo por el cual su pabellón auricular , hombro izquierdo y parte del tórax, muestran quemaduras. Describiendo Reinhard, que era tal el grado de conservación al momento del descubrimiento que ”aún podía percibirse el olor”. ¿La niña del rayo no estaría intacta entonces? Si consideramos que para la cultura Inca el rayo, Llibiac, era una de sus divinidades, sería este un toque divino, que distante de producir menoscabo o impureza le otorgaría a la elegida un relevante carácter sacro. Sagradas son todas aquellas cosas que de una u otra forma pertenecen a los dioses, mientras que sacrílegos son todos aquellos actos en los cuales se afecta o lesiona la calidad de lo sagrado. Así como consagrar es transferir, trasformar un bien humano en uno divino, lo opuesto es profanar, o sea que aquello que habiendo sido sagrado o religioso es restituido al uso y propiedad de los hombres. Dice Agamben: “…el sacrificio sanciona el pasaje de algo que pertenece al ámbito de lo profano al ámbito de lo sagrado, de la esfera humana a la divina”, siendo el sacrificio en este caso instrumento de la consagración. Las ceremonias del sacrificio de vidas humanas en las montañas (entiéndaselas como divinidades, sitios sagrados, templos) estaban mucho más cercanas a la honorabilidad que a la humillación y se practicaban en los Andes desde la época de los Mochicas, más de diez siglos antes que los Incas (ver Castillo). Siendo notorias las diferencias, en lo que refiere al carácter y fundamento del rito, entre aquel practicado por los moche y el que es materia de este trabajo, el celebrado durante el incario denominado Capacocha. Dios le pide a Abraham, en el Génesis, que sacrifique a su hijo como muestra de fe. Isaac que era sumiso y obediente en grado sumo, pues siendo una criatura sana que podría haber resistido a su anciano padre, en anuencia al sacrificio se somete voluntariamente a ser atado y colocado en el altar . Condiciéndose con el rostro de los niños del volcán cuya expresión serena y desprovista de temor parece convalidar la hipótesis del consentimiento. Capacocha, sacrificio en el que se ofrece lo más puro y valioso, aquello inmaculado que es digno de tener contacto con los dioses. En la religión cristiana Dios Padre ”por puro amor a sus hijos realizó este milagro de gracia: dio a su Hijo (Jesucristo) para que muriera por nosotros”. Como cita Tierney (1989: 423/444) múltiples son los sacrificios humanos referidos en el Antiguo Testamento. En el segundo libro de Samuel se relata como el Rey David unos 1000 a.C. décadas después de la muerte del rey Saúl (a quien se responsabilizaba de la sequía y hambruna del pueblo de Israel por haber hecho perecer a los gabonitas) autorizó se sacrificaran a siete nietos del benjaminita, tras lo cual Yavé se apiadó de la tierra. Nótese que el sacrificio se practicó los primeros días de la cosecha al comienzo de la siega de la cebada como así también que el sacrificio fue consumado en el monte ante Dios. El texto señala que tras la esperada lluvia recibida a consecuencia, David recogió los huesos de quienes habían sido colgados y junto con los de Saúl y los de Jonatán los hizo enterrar en Sela, en el sepulcro de Quis, padre de Saúl. Sacrificios humanos, montaña, sequía, cosecha, lluvia, son elementos comunes con la capacocha y con muchos rituales similares que practica el hombre de diferentes culturas y épocas. Pero destaco entre el relato bíblico y la ceremonia inca, la trascendencia que ambos pueblos otorgaban a sus muertos y a sus ancestros. Saúl y sus descendientes fueron trasladados hasta la tierra de Benjamín, una de las doce tribus de Israel, al panteón familiar; como reconocimiento, resarcimiento y en acto de respeto a sus costumbres. Los Niños del Llullaillaco como representantes de una cultura viva aún, son privados de este beneficio, burlado por necesidades político-económicas de quienes no respetan desde una ignorante alteridad este legítimo derecho. Lejos está este paralelo entre sacrificios humanos de ser un alegato reivindicatorio pero si intento aproximar lo que pudiera parecer distante por “ajeno”. Luis Domingo Massa, es médico psiquiatra recibido en la Universidad de Buenos Aires. Docente de dicha universidad en las carreras de Medicina ( 1982 a 1989) y en Arquitectura y Diseño en la asignatura Arte Precolombino. |
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