Acerca de la guerra y el pacifismo |
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Escrito por el viernes, 30 de marzo de 2007 (Ha sido leído 2567 veces) Estas breves reflexiones han sido provocadas por la lectura de un artículo del señor Gregorio Caro Figueroa publicado en Iruya.com con motivo del aniversario de la llamada guerra de las Malvinas. Y quiero aclarar que lo que se dice a continuación no está estrictamente dirigido al contenido del artículo en cuanto tal, sino a una manera de concebir la realidad involucrando juicios de valor, como el pacifismo y la agresividad propia de toda guerra, entendidas como principios universales cuando en realidad se trata de ideas relativas y por lo tanto, carentes de la cualidad de principios, aunque en el lenguaje común se tolere tal sinonimia. Tan sólo lo universal se basa en principios; lo relativo, en opiniones. Las opiniones de las verdades relativas dependen del punto de vista del observador. Una verdad relativa es la que pregonan las ideologías, todas ellas. De un punto de vista moral, la dictadura del proletariado se basa en la idea de una justicia que consiste en favorecer a los pobres y exterminar a los demás. De un punto de vista del liberalismo, la igualdad consiste en posibilitar a todos los hombres y mujeres el acceso a una vida desahogada, escondiendo que los humildes están fuera de la competición porque carecen de los medios necesarios para competir. Por ello, cuando una persona de humilde condición emerge, los liberales lo conservan entre algodones como estandarte de la igualdad que proclaman. Estas dos reflexiones no llevan el propósito de enjuiciar a las ideologías pues es un tema que para mí carece de toda importancia. Han sido puestos como ejemplos, y nada mas. A mi modo de ver, la reacción ante la agresividad tiene la siguiente opción: resistir o desistir. La primera será la consecuencia de una actitud beligerante frente al agresor; la segunda, un dejar hacer que puede conducir hasta el martirio a manos del agresor. La valoración de una justificación de la agresión será siempre una cuestión opinable, como lo será la opción de reaccionar con agresividad defensiva. Y esto es así, porque los valores enjuiciados están en un catálogo creado a discreción por quienes mandan y por lo tanto, por quienes otorgan o restan justificación a las decisiones que implican conductas sociales. Para acallar controversias se acude a los hábitos sociales que concluyen siendo “la sustancia del patriotismo”. Cuando se bate el parche del patriotismo, mala cosa, porque se inicia la cuenta atrás de una masacre de gente humilde, aunque se los considerará menos patriotas que los que declaran la guerra sin asomarse a ella. Las decisiones de los que mandan pueden llegar a ser tan aviesas, que los delata su mera ostentación. Las razones patrióticas del gobierno militar argentino de entonces han sido reiteradamente puestas en duda. Por lo menos, cabe decir que fue una decisión cuyo fundamento fue el absurdo, habida cuenta que tal como se la planteó, sin contar previamente con leales aliados, fue desde un principio un paso adelante hacia la derrota. Fue una propuesta que llevaba el lema de la defensa de la soberanía cuando la voz de sus depositarios estaba interdicta y se aprovechó la situación para golpear a las madres de la Plaza de Mayo a quienes se las llegó a calificar de traidoras porque insistían en reprochar a los militares la desaparición de sus hijos. Todo parece apuntar que desde un punto de vista moral, esa guerra tenía un considerable déficit moral. A veces la agresión se viste de gala, como en la primera guerra del golfo, cuando los americanos del norte, paladines de la libertad de los pueblos del mundo se lanzaron sobre Irak para liberar a los kuwaitíes y a los pozos de petróleo de Kuwait. Me recordó una escena de la película “La fórmula” cuando Marlon Brando le ordenó a uno de los directivos de la multinacional que dirigía, que se debía subir el precio del barril de crudo y éste le advirtió que no se podía hacer tal cosa sin consultar con los árabes, a lo que Brando le respondió: “Pero, si los árabes somos nosotros”. En ese sentido tiene razón el señor Caro Figueroa porque la historia está plagada de guerras aparentemente justas que fueron declaradas por motivos ocultos, por lo general, despreciables (dinero, poder, ambiciones personales). Prueba de lo que decimos está contenido en un párrafo del artículo que comentamos: “Aquella guerra fue un desgarro no sólo por haberse perdido sino también, y principalmente, por haber sido una guerra, quizás una de las últimas libradas al estilo de las guerras por conflictos territoriales durante los siglos XIX y XX”. El juicio emitido está implicado en una concepción social relativa a la realidad histórica argentina, que a mi juicio es el modo en que se deben ver estas cosas. Sin embargo, esa relatividad argentina se desvanece y crece hacia una concepción universal de la guerra cuando recuerda un pensamiento de Alberdi; leemos: “Alberdi apuntó a este rasgo nuestro cuando, en 1870, escribió: No hay guerra en Sud América, que no invoque por motivo los grandes intereses de la civilización; ni despotismo que no invoque la más santa libertad”. Añadiendo el señor Caro Figueroa que “La guerra engendra la dictadura pero también las dictaduras encuentran en la guerra su justificación y su tabla de salvación”. Parece que aquí, lo que quiere es afirmar un principio fundamental a-témporoespacial, y ya no podemos estar de acuerdo. Como quiera que esta cuestión sea vista, existen parámetros sociales y parámetros personales. Para aliviar la cuestión y dejar clara nuestras reflexiones, es preciso admitir que existe una verdad absoluta que carece de grietas por ser, precisamente, absoluta. En cuanto a las verdades relativas que tienen rango social, no pasan de ser meras opiniones fundadas en requerimientos sociales presentes o históricos. El pacifismo y uno de sus modos de ser que es la diplomacia, puede llegar a constituir una actitud suicida si se exacerba el “dejar hacer” y sentarse a la espera de que pase la tormenta. Dialogar es una prudente actitud ante una posible reyerta (o guerra, si se quiere). Pero, no se puede negar que el diálogo sólo será posible con alguien que esté dispuesto a ello. Con un demente que carece del ejercicio lógico de la razón, o de un fanático que quiere inmolarse para matar a un grupo de infieles, no hay diálogo posible: sólo cabe defenderse agresivamente o dejarse matar. Y en este sentido, las guerras forman parte de la realidad social relativa de todo el género humano. La guerra en un contexto social de una realidad relativa a un tiempo y espacio concretos, puede ser justa o injusta y siempre será una cuestión opinable para el juicio de cualquiera, sin importar el bando del que provenga o la intención que oculte. El tema se estará moviendo siempre en el terreno de la doxa. Para llegar al nivel de una nóesis es menester abandonar todo ámbito relativista y ascender hacia los principios que, lamentablemente, no tienen residencia en el terreno de la realidad social, sino en la intuición intelectual como fenómeno gnoseológico que es personal, sin ninguna vinculación con lo social. El verdadero pacifismo radica en la intimidad del “Sí Mismo” de cada persona, desechando las exigencias de un “yo” que está continuamente entregado a las incitaciones ideológicas o políticas, que viene a ser lo mismo. Mientras los pacifistas se avienen a diálogos diplomáticos, el místico cristiano, el sufí islámico o el yoghi hindú, se entregan a Dios, al Uno o al Aboluto, que en verdad es lo mismo, sin importarles lo que se resolverá en la cumbre de los diplomáticos. He ahí la diferencia entre lo absoluto y lo relativo. Unos hablan de la paz sujeta a ciertas condiciones o de lo contrario, la guerra inevitable. Otros hablan un lenguaje personal e intransferible que no puede ser de otra manera que pacífico. Las doctrinas políticas pueden desarrollar en sus textos todo el pacifismo de que sean capaces mas, con ignorancia de la condición humana, quienes las enarbolan terminarán siendo sus únicos intérpretes y valedores aquí y allá, y serán también los receptores de los privilegios. La salvación del hombre, si es que de eso se trata para medir sus buenas o malas obras, nunca se logrará mediante movimientos sociales o doctrinas colectivas. La salvación del hombre, si de eso se trata, es algo tan íntimo y personal que excede toda consideración ideológica. La Historia es la que puede dar testimonios cabales de este aserto. Por ello, y a propósito del conflicto de las Malvinas, el juicio moral que es muy lícito, el juicio social que también lo es, y el juicio político con mayor razón, no deben tratar de abarcar más allá de los límites de una realidad histórica argentina, sin tratar de involucrar a “toda la Humanidad” con sus pretendidos principios, porque cada parcela de la Humanidad está afincada en lugares diferentes con diferentes “principios sociales” que pretenderán ser también, absolutos, universales, sin serlo, por supuesto. Esto es válido, estamos persuadidos, salvo para quienes se afanan en demostrar la existencia metafísica del “derecho natural”; será de Occidente, porque nada tiene que ver con un eventual derecho natural de Oriente. ¿Qué tiene de derecho natural para los occidentales el taoísmo o el hinduismo que se basan en enseñanzas diferentes y en un “derecho natural” considerado como una superposición de realidades ilusorias que esconden la verdadera realidad que conduce a la unión del ser humano con lo Absoluto, lo Uno o Dios, según se quiera llamarlo? Tal derecho natural oriental deja de serlo a los ojos de un occidental, ufano en su ateísmo y en la soberbia de sus avances tecnológicos. No entienden, por ejemplo, a los musulmanes que revientan sus cuerpos en la jihâd islámica por sumisión a Allâh, porque son incapaces de morir por un Dios que tuvieron y del que renegaron. Llaman atrasados a esos pueblos que viven en Allâh y para Allâh, porque tal vez no sepan lo que es Internet ni la teoría de campos de Einstein, pero saben lo que es su Ser supremo, para quien viven y por quien matan. No matan por petróleo sino por su Dios. Por fin, ¿de qué derecho natural hablamos? Quizá estamos hablando de nuestro derecho natural que dimana del Dios de los católicos. Lo que significaría que el derecho natural de los blancos occidentales tiene que ser por fuerza el derecho natural universal, les guste o no a los demás pueblos y las demás razas y civilizaciones. La distinción de lo universal y de lo particular; es decir, de lo absoluto y lo relativo, no es ninguna poquedad. El pacifismo como un absoluto puede ser alentado como un comportamiento social mas, será respetable si se lo toma como un paradigma y no como una meta cierta que se recorre hacia su consecución del brazo de “los compañeros”. No debe ser elevado a la categoría de un universal porque se apoya en realidades relativas que son, por ello mismo, proclives al error, meras ilusiones y carentes de permanencia en su seidad. De hecho, las reglas morales son cambiantes (creo que es algo que no se puede negar), y también son diferentes en un mismo tiempo histórico, según sea la cultura de que se trate y el lugar del que hablemos. No se puede afirmar, según mi opinión, de que hay guerras justas o injustas en un orden universal como principio absoluto, indestructible. Se lo puede afirmar desde un punto de vista relativo y en ese caso, sí que es posible enjuiciar la decisión que abre las puertas a una guerra concreta, en un tiempo y espacio concretos. Las guerras justas o injustas, morales o inmorales, son las que se refieren a nosotros y no a otros. La bandera universal de lo justo o injusto es una prepotencia de infalibilidad intelectual, totalmente obsena. La guerra de las Malvinas fue injusta e inmoral, perversa por sus fines y penosa por su resultado, sólo desde el punto de vista de los argentinos y hasta si se quiere, respecto de los principios elementales de la prudencia y la buena fe occidental que es, en definitiva, lo que en esta ocasión importa. Más artículos de la categoría Contribuciones |


