El "hasta pronto" visto desde la Plaza Güemes |
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Escrito por el lunes, 02 de abril de 2007 (Ha sido leído 4288 veces) El Gran Poder se movilizó ayer en la capital de Salta para acompañar al Señor de Las Costas en la lectura de su preceptivo mensaje ante una legislatura de fieles exultantes, aunque algo crispados por el debate sucesorio. Fue un día “medio peronista” (por el feriado y las nubes disputando primacía con el sol), en el que alternaron alegrías, indiferencias y llantos. Desde un rincón de la Plaza que preside el imperturbable Hernando de Lerma, una joven maestra, quizá la única de su profesión que pudo estar dentro del recinto vallado en su condición de vecina del lugar, lloraba su indignación por una “fiesta” financiada con los dineros que no hay para mejorar los salarios docentes, y su rabia por saber que sus aguerridos colegas, a 300 metros, tropezaban con el cerrojo que les impedía manifestarse en la misma Plaza. Mientras, un intelectual de ancestros tarijeños al que la curiosidad y los bombos (en los que el metal ha reemplazado al parche de cuero) habían hecho madrugar y conducido al sitio donde el Gran Poder se celebrara a sí mismo, intentaba calmar a la desconsolada maestra tejiendo un complicado razonamiento acerca del clientelismo electoral y del poder perpetuo como factores de bloqueo de las democracias. Alejado de ambos, el grueso de los salteños se repartía entre los ritos morados de la Semana Santa, y el sueño reparador de las fatigas del sábado bailable y de sus inevitables secuelas. Un dato anecdótico: el copamiento de la Plaza Güemes por el dispositivo diseñado en Las Costas, privó a los noctámbulos empedernidos del laberíntico refugio en donde intentan, como Minotauro, sepultar sus secretos en las madrugadas de los domingos. Algunos opositores activos se solazaban escuchando los elementales comentarios y las frases obvias de un par de FM marginadas del generoso y amplio dispositivo que administra el falso Conde-Duque. Otros (metanenses bien trajeados), tomaban café en los bares de las inmediaciones mirando con desdén la televisión donde el Lector del Mensaje lucía los atributos del mando y un rostro cargado de ese brillo habitual que no logran disimular ni las maquilladoras más expertas. Los leales, fluían por la Avenida Entre Ríos y tras identificarse como adictos al Régimen, obtenían el salvoconducto de la Policía que entreabría el vallado. El preventivo corralito impresionaba dos veces: Primero, por la altura y contundencia de las vallas, que dejan en ridículo a las que utiliza en Buenos Aires la Policía Federal. Y luego por su dimensión, capaz de albergar a una multitud similar a aquellas que solían llenar otras plazas plebiscitarias. Pero la asistencia de adictos al Gran Poder, si bien importante, fue muy inferior a las previsiones que dejaban traslucir tanto el corralito como las enfáticas protestas de lealtad y de fuerza representativa de los coroneles que visitan anualmente Las Costas. En realidad, los movilizados lograron llenar apenas la cuadra de Mitre al 200 y la aledaña vereda de la Plaza Güemes; vale decir, reunieron una multitud inferior en cantidad a la convocada por el último Carnaval Cerrillano en su magna noche inaugural. La larga mano de la profusa red de asistencia social montada por el Gobierno fue notoria en la concentración. Al menos fue ella la que facilitó la compleja y cara logística que exige una movilización de este tipo (autobuses, bebidas, comidas, baños químicos, gorros, camisetas, banderas, lujosos trípticos, abundantes fotos del Lector del Mensaje tocado de la banda que, en su fuero íntimo, imagina borbónica). Cualquiera sea la valoración que se haga acerca de la cantidad de asistentes y de los incentivos que tuvieron para concurrir, lo cierto es que la multitud mostraba una evidente homogeneidad: Eran todos habitantes de los barrios pobres y asentamientos marginales, lo que bien pudiera expresar una cierta fractura en la mayoría social que encumbró y sostuvo hasta aquí a Juan del Gran Poder. Dicho en otros términos: quien analizara la realidad política local teniendo como único dato la Plaza de ayer, se sentiría tentado a vaticinar la crisis terminal del modelo diseñado por el mas enfático lector salteño de Max Weber. No por defección de los que él llama “morochos y morochas”, sino por su aislamiento político. Un aislamiento que muy difícilmente logre quebrar El Niño. Contrariamente a lo que suelen decir los opositores poco dados a los matices, los encolumnados, en su mayoría jóvenes y mujeres acompañados de niños, no parecían movilizarse solo por una promesa de zapatillas y por un choripán. Llegaban alegres, decentemente vestidos, pacíficos y mostrando en sus rostros ganas de participar en un acto político. Con independencia de su lugar en el mundo y de su suerte en la vida, están convencidos de que el Gran Poder es benéfico y que debe permanecer. Es harto probable que su agenda reivindicativa esté constreñida al buen (o mejor) funcionamiento del “Estado Clientelar”, y ajena a las banderas republicanas y democratizadoras. Para ellos, el statu quo es mejor que el pasado y notoriamente más confiable que las promesas de felicidad que lanzan los hipotéticos republicanos o la izquierda local. Un ojo medianamente acostumbrado a observar este tipo de movilizaciones, podría advertir, por ejemplo, la existencia de una estructura político-barrial bastante desarrollada detrás de cada una de las columnas que arribaban a la Plaza. Una estructura con jerarquías (hombres fornidos o mujeres con la decisión pintada en la cara), afinidades (el comedor colectivo, la sala de salud, el centro de jubilados), y funciones (el bombo mayor, los redoblantes, los percusionistas mas sofisticados, los portaestandares), muy perfilados. Si ese mismo ojo contara con información suficiente acerca de las claves internas del Gran Poder (que no es el caso de este cronista), podría resaltar la presencia contundente de los seguidores “del Pila”; las reticencias movilizadoras del Hombre de Cachi (que, según aquellas FM, se sospecha víctima de una traición in extremis); el escaso peso del aparato sindical (extrañamente fueron los K-amioneros los que aportaron el mayor número de asistentes obreros); la escuálida columna de una ignota Matilde; y la ausencia total de alusiones a El Niño. Tal y como sucede en esas mesas interminables que reúnen a buenos conversadores y mejores bebedores y en donde nunca se sabe cuál será la última copa, no parece prudente dar por cierto que con el Mensaje de ayer su detentador se haya despedido definitivamente del Gran Poder y esté decidido, en su magnanimidad, a abrir las puertas a la República. Más artículos de la categoría Política |


