La fragmentación es el rasgo predominante del kirchnerismo en Salta
Escrito por Matías Beltrán, el martes, 03 de abril de 2007 (Ha sido leído 2558 veces) “En Salta tenemos justicialistas, radicales, renovadores, demócratas cristianos y socialistas”. Pero, ¿acaso no hay aquí ningún kirchnerista? “Bueno, lo que pasa es kirchneristas somos todos”. Esta ocurrencia de Juan Domingo Perón referida al justicialismo, que se repite hasta la saciedad, bien puede ahora aplicarse al caso de lo que, para no apartarse de esa misma tradición personalista, se da en llamar “kirchnerismo”.
El tiempo en Salta
“Ahora cualquiera se dice kirchnerista”, protesta el diputado provincial Antonio Marocco. A la presencia de diez agrupaciones provinciales que se definen como kirchneristas, se añade la actual conducción del Partido Renovador, sectores de la Unión Cívica Radical definidos como “federales” y dirigentes que pertenecieron a grupos de izquierda hoy disueltos. En esa compleja geografía coexisten dirigentes que simpatizan con el comandante Hugo Chávez, con la socialdemocracia, con el nacionalismo tradicional o que pertenecen a grupos confesionales. Según los dirigentes K de Salta, es el “oportunismo político” lo que explica tanta dispersión.
Hoy, en Salta, esa boutade de Perón está más vigente que nunca. Esa unanimidad en torno a quien ejerce el gobierno nacional, diez años después, se desplaza de Menem a Kirchner. Pero lo hace con menor entusiasmo, con menos carisma, de modo más difuso y con una enorme dispersión. En la cartografía política local el kirchnerismo aparece dibujado como un enorme archipiélago. En un imaginario mapa histórico podría estar dibujado con las mismas quebradas líneas de la balcanización o, si se prefiere, de un minifundismo agravado.
Antes de consolidarse como fuerza política local, dentro de la parcela kirchnerista proliferan los grupos y, dentro de ellos, otros personalismos que lo atomizan aún más. Esta fragmentación queda en evidencia, por ejemplo, cuando frente a un mismo tema los diputados provinciales kirchneristas votan de un modo y sus pares del senado lo hacen en sentido inverso o, cuando cada uno de sus concejales adopta una posición personal antes que de grupo. La coherencia no es un rasgo que caracterice a las agrupaciones que aquí apoyan al presidente de la República. Cada uno de los grupos reivindica para sí y como virtudes ser de un kichnerismo “ortodoxo” y de “la primera hora”.
¿Pluralismo o promiscuidad?
Según los críticos, la llamada “transversalidad” es el nombre dado a una peligrosa quiebra de las estructuras partidarias las que están siendo reemplazadas por una multitud de siglas cuyo común denominador y único aglutinante es el irresistible atractivo del poder y de un gobierno que, como pocos, dispone de enormes recursos económicos. ¿Acaso no se vuelve a confundir pluralismo político con promiscuidad?
Quizás haya que retroceder hasta el primer peronismo para encontrar una situación económica parecida a la actual, aunque la de ahora es aún más favorable que aquella otra. A diferencia de la economía mundial de finales de los años ’40 y comienzos de los ’50, la actual navega con viento a favor, mientras que aquélla tenía por delante la reconstrucción de post la post guerra.
En el kirchnerismo local confluyen personas y siglas. Cada una de ellas reconoce un punto de referencia nacional en funcionarios o legisladores oficialistas que actúan en Buenos Aires. Según el semanario “El expreso”, en Salta hay al menos diez grupos que proclaman su adhesión al gobierno nacional. En realidad esos grupos completan una docena. Casi todos ellos funcionan y esperan funcionar como sucursal de funcionarios, dirigentes o sectores del oficialismo nacional, a cuya sombra –a veces generosa, a veces magra – se acogen.
El primero, es el que encabeza el diputado nacional Juan Manuel Urtubey, actual precandidato a gobernador. Aunque Urtubey integra el Consejo Provincial del Partido Justicialista, en cuya lista fue electo siempre, y mantiene buenas relaciones con el gobernador Romero, parece intentar ahora un cisma dentro del oficialismo local. Hasta el momento ese amago de ruptura se explica más por su decisión de ser candidato a gobernador enfrentando al vicegobernador Wayar, que por diferencias de ideas importantes.
Con padrinazgos nacionales
Junto a Urtubey aparece el flamante kircherismo de la actual conducción del Partido Renovador de Salta, que en los últimos años fue la segunda fuerza electoral de la Provincia. Su presidente, el diputado Andrés Zottos, accede sin dificultad a los despachos oficiales y tiene relación con el jefe de Gabinete, Alberto Fernández. El senador nacional Marcelo López Arias aparece navegando entre las corrientes, igualmente cálidas, del romerismo y del kirchnerismo, apostando nuevamente por una tranquila ambigüedad que le permitió pasar del menemismo y del duhaldismo más disciplinado a un kirchnerismo no menos respetuoso.
Un tercer sector es Barrios de Pie y el Movimiento Libres del Sur, conducido por el concejal Carlos Morello, abogado y candidato a intendente de la ciudad de Salta. Al sector de Morello se le reconoce una importante capacidad de movilización en barrios y villas de la ciudad. La semana pasada Morello dijo que aún no se sabe quien será el candidato a gobernador de Salta por el kircherismo y advirtió que hay poca voluntad de diálogo en muchos de los sectores que se sumaron al Frente para la Victoria.
“Urtubey se fue a Japón y muchos dirigentes aprovecharon para matarlo, muchos de estos personajes fueron a mi lanzamiento como candidato a intendente y a los dos días ya estaban operando para ver como hacían para voltear mi candidatura”, denunció Morello.
Los de la primera hora
El cuarto grupo es el Partido para la Victoria, donde están los diputados provinciales Vilariño y Marocco, los que están vinculado a al funcionario nacional Mazzón. Este partido, junto al sector de Morello, puede ser considerado como ser considerado como el primero que adhirió a la candidatura de Kirchner en marzo de 2003, cuando las posibilidades electorales del actual presidente de la República eran inciertas. El quinto grupo es el Movimiento de Trabajadores Desocupados o Movimiento Evita, liderado por Ladislao Sivila y apoyado en Buenos Aires por Gabriel Fuks.
Un sexto grupo es la Corriente Compromiso K a la que pertenece la diputada nacional Susana Canela, la que tiene el respaldo nacional del diputado nacional Carlos Kunkel. El séptimo, es el Partido Encuentro Amplio, “de fuerte inclinación ideológica de centro izquierda”, conducido por Fernando Juanes y David Torrejón. El octavo es Proyecto Popular, al que pertenecen dirigentes barriales. El noveno es el partido Democrático Revolucionario, representado por el abogado Raúl Virgilio Bravo Herrera y conducido en el país por Miguel Bonasso y Eduardo Luis Duhalde. El décimo es el Frente Grande, presidido por Ramón H. Sily y conducido por el funcionario nacional y economista Eduardo Sigal.
El decimoprimero grupo es el de los llamados Radicales K que se identifican con la Coalición Amplia liderada por el gobernador de Santiago del Estero y dirigido aquí por Humberto Vázquez y Gladis Vitar. Por último, a esta lista se añadió la semana pasada una décima agrupación kircherista, el partido Democracia y Liberación cuyo principal dirigente nacional es Julio César Urien, ex oficial, luego militante “montonero” y actual funcionario kirchnerista. Urien dice que su partido se propone “profundizar el proceso democrático” durante un eventual segundo mandato presidencial de Kirchner. En Salta siguen a Urien los dirigentes Marcos Vidaurre, Carlos Salazar, Luis Vidaurre, Nelly Álvarez de Battaglia y Andrés Barnes.
O es vitalidad o es crisis
Se podrá decir que esta amplitud de sectores es un síntoma de vitalidad. Pero también, con igual razón, se podrá argumentar que es una señal de debilidad y una expresión de la crisis política que arrastra el país. En octubre del año 1945 Perón apareció como candidato desafiando a los partidos tradicionales y provocando en ellos rupturas y desprendimientos con los que luego construyó su partido oficialista. Pero esa construcción no demandó más de un año. Poco después de las elecciones de febrero de 1946, Perón había cohesionado todos esos fragmentos en el Partido Peronista, barriendo con los díscolos dirigentes del Partido Laborista que lo habían apoyado.
En poco más de un mes, el presidente Kirchner concluirá los cuatro años de mandato presidencial. Durante estos años consolidó su poder personal, a costa de los partidos políticos. Incluso del Partido Justicialista sobre el que aún pesa una faja de clausura judicial. Si el sueño totalitario del Partido Único es siempre un peligro latente, el de reemplazar a la llamada “partidocracia” por un conjunto deshilvanado de dirigentes y una multitud de agrupaciones balcanizadas, no encierra menos riesgos que aquel otro. Entre el Partido Único y la idea de los movimientos no institucionalizados, amorfos e imprevisibles, se abre el camino hoy cerrado que lleva a edificar partidos políticos modernos, democráticos, abiertos y con ideas claras y distintas.
Entre el Partido Único y la dispersión
A comienzos del siglo XX la prosperidad argentina estaba amenazada por un punto vulnerable: la calidad de sus instituciones. ¿Alcanzaba sólo con el crecimiento económico? ¿Acaso la riqueza material podía sostenerse en el tiempo con instituciones viciadas por el fraude, el nepotismo, la corrupción, el caciquismo y la mentira?
El sector más lúcido de la elite dirigente de entonces advirtió que ese arcaico corsé institucional era una amenaza no sólo para esa prosperidad sino también para el progreso social de la Argentina. Comprendió que no sólo de pan vive la economía y que, para que ella sea sana y funcione, hacían falta reformas institucionales y políticas capaces de asegurar su continuidad en el tiempo. Hasta aquí, ensayamos todos los caminos. Menos el que señalan la sensatez, el sentido común, las experiencias mundiales y estos tiempos.