Sergio Medrano Ortiz |
|
|
|
Escrito por el martes, 03 de abril de 2007 (Ha sido leído 3219 veces) Al conocer la noticia de su fallecimiento, una gran pena invadió mi espíritu. Habíamos nacido por la misma época y nuestras madres se intercambiaban información sobre el cuidado de los bebés y, en especial, sobre los remedios caseros para episodios como el empacho, el sarampión y la desgana. Esto y la vecindad facilitaron una hermosa amistad infantil. Sergio, de alguna manera, lideraba a los changos del barrio. Los amplios patios de su casa de Leguizamón al 300 (que de vez en cuando vuelvo a recorrer pretextando comprar artículos de perfumería), eran centros de reunión de vecinos, parientes y compañeros de la Escuela Urquiza de la misma generación. Varios eran los motivos que nos convocaban a la casa de mi amigo: La alegría de ver salir diariamente con rumbo a la Escuela Normal a “la virgencita”, una hermosa niña que vivía en la misma cuadra; el zapatero del barrio, gran conversador frecuentado por mas de una mucama de la zona, que cosía nuestras escasas pelotas de fútbol; el portón de aquel atildado vecino que utilizábamos como improvisado arco en torneos de cabezazos o en agitados partidos de fútbol; la proximidad de aquel baldío sobre calle Zuviría que desmalezamos para armar allí una cancha mas apta que los rigores del asfalto. Nuestra desenfrenada pasión por jugar a la pelota a la hora de la siesta, sacaba de sus casillas al elegante vecino propietario de aquel portón que, en represalia salía en pijama, se apoderaba de la pelota (de cuero o de goma) y nos la devolvía pinchada. Pero más que todas estas circunstancias urbanas, eran la personalidad de Sergio y su imaginación desbordante los factores que nos aglutinaban en nuestro empeño por descubrir cosas o palabras, divertirnos y transgredir ciertos códigos impuestos por la prédica familiar. Era enormemente simpático. Le ayudaban su cara regordeta y sonriente, su apodo casi plebeyo (“Sapito”) que atenuaba el relumbrón de su nombre completo (Sergio Enrique Medrano Ortiz Navamuel) y, sobre todo, aquella graciosa forma de sacar levemente la lengua y colocarla al costado de la boca cuando debía afinar la puntería frente al arco rival o en los envites del metegol o del snooker en los salones del club Libertad. En la escuela primaria, antes que por su contracción al estudio, se caracterizaba por su saber estar y por su elegancia engominada. Ciertas tardes, generalmente en septiembre, después del estropicio futbolero y del baño reparador (que incluía la tortura de la piedra pómez sobre las rodillas), Sergio invitaba a sus numerosos amigos a comer una porción de pizza con naranjada Pastore en la Pizzería Belgrano. Se vestía con un notorio traje príncipe de Gales cruzado, naturalmente de pantalón corto, y salía al encuentro de sus invitados, a los que seleccionaba sin apego a prejuicio social alguno, exhibiendo unos flamantes billetes de 1 peso que le servirían para pagar la consumición. Para Semana Santa, los muchachos del barrio nos dábamos cita en la vereda de los Medrano y, a la hora que marcaba el rito, nos arrodillábamos en silencio, mirando hacia la Cruz del Cerro San Bernardo, para rezar y pedir perdón de los pecados como urgía nuestro Arzobispo. Sergio era de los pocos amigos que salía a veranear fuera de Salta (viajaba con su familia a la bella Tilcara), lo que era un signo de holgura económica, pero al regresar omitía cualquier detalle que pudiera resultar ostentoso: era el mismo chango de siempre. En los dominios de Sergio no se conocía la discriminación social. En aquel “barrio” eran todos bienvenidos y los prestigios y las jerarquías estaban relacionados siempre con habilidades deportivas, y nunca con apellidos o etnias. Los buenos estudiantes, si jugaban al fútbol como el resto de los mortales, eran aceptados sin rencor. Coincidimos también en el primer año del Colegio Nacional, pero allí el rechazo que Sergio sentía por los estudios regulares, terminó separándonos en razón de la distinta velocidad con la que cursamos la secundaria. Sin embargo, nada de esto modificó nuestra amistad. Frecuentamos “asaltos” e hicimos nuestras primeras armas en el campo del amor en los bailes de carnaval del club Gimnasia y Tiro. Aquí los resultados eran inversos a los del Colegio Nacional: mi timidez me garantizaba derrotas sucesivas; la simpatía de Sergio lo hacía el centro de las atenciones de damitas encapuchadas. Concursamos, con suerte dispar, en el famoso y ya cronicado concurso de preguntas y respuestas “Vístase Gratis”; compartimos la afición de coleccionar estampillas y solíamos visitar juntos a nuestro maestro en este empeño filatélico (el señor Rojas); fundamos el club barrial al que pusimos el pretencioso nombre de Peñarol; y mantuvimos horribles batallas a pedrada limpia contra nuestros rivales de la calle Pueyrredón. Dejamos de frecuentarnos. Nuestras vidas siguieron rumbos diferentes, pero para mi fue siempre un gran placer encontrarlo trotando las calles de la ciudad o aposentado en los bares del centro. Con el tiempo, comencé a sospechar que mi amigo Sapito era un solitario, lo que lo enalteció ante mis ojos, vaya uno a saber porqué. Nuestro último encuentro tuvo lugar en el carrito ubicado detrás de la cancha de Juventud Antoniana. Fue seguramente en 2004, compartimos un sanguche de chorizo y nos pusimos al tanto de nuestras desventuras y alegrías. Más artículos de la categoría Sociedad |






