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Circular en Salta, conducir en Salta

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Escrito por Armando Caro Figueroa, el jueves, 05 de abril de 2007 (Ha sido leído 3229 veces)
La cantidad de personas que reside en la capital del Valle de Lerma, crece a un ritmo de vértigo, aunque sus habitantes no siempre lo perciban así. La tercera ola de prosperidad del último lustro está multiplicando el parque automotor y el número de bicicletas, a costa de la paralela extinción del clásico transporte de tracción a sangre. Como es notorio y por circunstancias que exceden el propósito de esta nota, crecen aceleradamente también la pobreza y la marginalidad.

La circulación vial en Salta
La circulación vial en Salta
Pero vayamos a lo nuestro.

La minoría recalcitrante que mal quiere al señor Intendente, al que acusan de buscar su reelección con el sólo propósito de usar el europeo título de Lord Mayor, susurra su rabia por la ausencia de semáforos y de policía de tránsito en las calles de la ciudad.

Argumentan que el Primer magistrado del Municipio es prisionero de su infancia en la Colonia y que no ha logrado colocar en su cabeza una imagen global de una ciudad de más de medio millón de habitantes.

Es decir, esta eterna minoría pretende que nuestro Intendente adolece de una visión estratégica y que sus planes se agotan en la construcción de puentes sobre el Río Arenales, en la periódica distribución de chapas, y en el frenético encendido de lámparas votivas.

Desdeñando la contradicción que ello provoca en su perfil de opositores, insinúan que “el verdadero Alcalde es el Rey”, y que los aciertos inocultables (como esas esbeltas farolas coloniales que iluminan las noches del casco antiguo) son obra de Las Costas. Más precisamente, son fruto del oído que el Gran Poder solía prestar al espléndido arquitecto que fue Don Mariano Sepúlveda.

Sin entrar en esta sorda polémica, quisiera romper una lanza a favor del Jefe municipal en lo que al gobierno del tránsito de personas y de vehículos se refiere.

Aun cuando es verdad que nuestro Intendente podría hacer mucho para mejorar las condiciones de la circulación (potenciando y rediseñando la red de semáforos o reconvirtiendo empleados de oficina en auxiliares de calle), es igualmente cierto que el mismísimo Carlos III fracasaría en sus intentos de civilizar el tránsito urbano.

Por la sencilla razón de que el desorden en el que se mueven peatones y vehículos es, nada mas y nada menos, una manifestación del genio mestizo de Salta.

Es la bravura de nuestros gauchos ricos y de nuestros gauchos pobres, es el carácter indómito de calchaquíes y de tobas, es el sentido del orgullo de los caballeros locales, lo que marca a fuego el estilo salteño de circular por calles y veredas.

Rige en nuestras calles, al igual que en las de Buenos Aires, la ley del más fuerte: el vehículo de mayor porte tiene prioridad absoluta sobre los inferiores con o sin ruedas. También compartimos con los porteños el desprecio absoluto por los pasos de cebra, por las señales sobre velocidad (mínima o máxima) y prioridad de paso, y por las normas que mandan circular por uno u otro carril.

La insuficiencia de estas reglas del Puerto se pone de manifiesto en muchas oportunidades.

Así por ejemplo, un primer problema surge cuando se trata del cruce de dos vehículos de idéntica envergadura. En este caso, los conductores intentan ganarle de mano a su accidental contrincante lanzándole furibundas miradas y apretando el acelerador.

Ambos perciben que en el envite están en juego su honor y su valentía. El combate es más feroz si alguno de ellos va acompañado de damas o de chicos: no vaya a ser que piensen que carece de la virtud genética del gauchaje.

Da igual que el conductor sea, por ejemplo, un pacífico cordobés afincado en Salta. Al mes de compartir nuestros cielos, habrá incorporado a sus costumbres el legendario estilo salteño de conducir.

La innata bravura de los salteños explica asimismo el generalizado desprecio al cinturón de seguridad, un adminículo impropio de descendientes de gauchos que montaban en pelo y combatían sin cascos, petos ni corazas frente a las lanzas indias o a la metralla realista.

Se trata de auténticas señas de identidad de la salteñidad, pese a que fuesen omitidas por nuestro Cronista Mayor. Omisión que no hay que achacar a una falta de atención de mi ahora admirado don César Perdiguero, sino a la circunstancia de que en su época, cargada de cocheros, marchantes y jinetes, el fenómeno tuviera dimensiones microscópicas.

En una sociedad como la salteña en donde la pertenencia a una u otra clase social tiene un fuerte peso (matizado por la democracia plebiscitaria y por la ideología diseñada a la medida del Gran Poder por el glosador de Max Weber), se explica que muchos conflictos en las bocacalles se resuelvan a favor del auto más viejo o más humilde.

Nos encontramos aquí ante una regla de civilización que lamentablemente no adquiere rango universal por la presencia de numerosas camionetas 4x4 de vidrios polarizados.

Los argumentos que descargan las responsabilidades políticas del Intendente de la ciudad de Salta son abrumadores.

Piénsese por ejemplo en el hecho de que miles de conductores de vehículos han saltado, abrupta y recientemente, del caballo o de la bicicleta a una de estas maquinas inventadas por el abominable y diabólico Henry Ford.

Piénsese, como no, en el carné de conducir que se vende a tantos pesos por año de vigencia y es de otorgamiento automático en muchos municipios del Valle de Lerma en los que los ingresos por su venta son una parte sustantiva de los presupuestos municipales.

Esta singular configuración de nuestro federalismo y de nuestro municipalismo, explican la lánguida presencia de academias o escuelas de conducir.

Para colmo de males, las dos o tres que funcionan cometen el error de emplear manuales europeos, como resultado de lo cual sus egresados con verdaderos monstruos de calles y caminos, hasta que la cruda realidad les hace olvidar lo aprendido y le conduce por la senda del gaucho bravío.

Pienso que los turistas y también los salteños que retornen al terruño tras una larga estancia en el hemisferio norte, leerán con provecho este artículo.


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