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Vicegobernadores, vicecampeones

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Escrito por Luis Caro Figueroa, el sábado, 07 de abril de 2007 (Ha sido leído 3177 veces)
Lo que es válido para el fútbol es, en este caso, válido también para la política. Antes de fallar aquel fatídico penal frente al Arsenal, en una semifinal de la Champions League, Juan Román Riquelme dijo: "la historia no recuerda a los finalistas; sólo hay un lugar en ella para los campeones".

Su opinión

Algo parecido sucede con los vicegobernadores, pues los libros de historia parecen ocuparse solamente de los gobernadores. Sus "compañeros de fórmula", los "vices", acarrean el estigma de su probable superfluidad, por mucho entusiasmo que algunos le pongan.

El comprensible deseo de figuración de los vicegobernadores se justifica por el alto rango del cargo que ostentan, pero la prolongada racha de ignorancia histórica a que parecen condenados estos hombres obedece, probablemente, a esa especie de limbo institucional en que se encuentran, por mor de un diseño jurídico-político cerradamente presidencialista.

Cuando las consituciones -la salteña incluida- estatuyen que el Poder Ejecutivo es desempeñado por un ciudadano con el título de Gobernador, lo que dicen, de un modo más bien enfático, es que este poder del Estado es unipersonal, es decir, que no puede ser ejercido más que por aquel ciudadano que ostenta el título de Gobernador.

El vicegobernador, por definición entonces, no es "parte" del Poder Ejecutivo. No lo comparte ni aspira a él como sucesor. No es el Poder Ejecutivo "en la reserva" ni cosa que se le parezca. Sus roles institucionales se limitan al de "reemplazante legal" del gobernador (siempre, claro está, que se produzca una causa legal de reemplazo, en cuyo caso su función es insanablemente interina y circunstancial) y al de presidente nato del Senado provincial (si bien tampoco forma parte de este cuerpo, carece de iniciativa legislativa, y no está investido del Poder Legislativo, que, como se sabe, está atribuido de forma exclusiva a una Legislatura bicameral).

El síndrome del runner-up


En ocasiones, esta conciencia de "lo que pudo haber sido y no fue" inquieta los espíritus de algunos vicegobernadores y les lleva a desarrollar el síndrome del runner-up, del eterno finalista, del medallista de plata, del escolta que nunca llega a ser abanderado.

Cuando esto sucede, algunos individuos sin autoridad se convierten rápidamente en autoritarios y en ocasiones llegan a convencerse de que el poder, el verdadero poder, reside en "la fórmula". Por eso es que cuando el mandato llega a su fin se creen con derecho a una especie de "división de gananciales" políticos, cuyo mayor activo consistiría en ser "cabeza de serie" para la "próxima".

Esta "pole position" de derecho divino es uno de los tantos espejismos que deforman la visión de la realidad de quienes ven pasar la Formula 1 del poder desde el asiento de una cafetera lenta y escasamente aerodinámica.

El cargo de vicegobernador es probablemente una de las magistraturas más inútiles e inexplicables de nuestro diseño institucional.

Su utilidad en el sistema político parece limitada a poco más que a la de un casillero electoral en blanco, pensado para facilitar las alianzas electorales de último momento. Es sabido que un segundo apellido en la "fórmula" bien puede servir para mejorar la audiencia electoral de un partido, sobre todo cuando el segundo apellido es bien sonoro (recuérdese el efecto de Perón-Perón).

Lo lamentable es que, a pesar de la sonoridad, el hecho de integrar la "fórmula" como segundo nunca asegura la aceptación de un poder compartido. Not even close, dirían los más escépticos.

Porque todo el mundo sabe, o debiera, que esa visión del poder como "tierra roturada y parcelada" es sólo una fugaz sensación que trastorna febrilmente a los crédulos en tiempos preelectorales.

El "momento" del vice, su cénit, ocurre cuando su nombre aparece debajo del nombre del gobernador en la boleta electoral. A partir de allí -y por razones que son fácilmente entendibles- ya sólo es válida la frase que pronuncian los árbitros de boxeo cuando la campana anuncia el comienzo de un nuevo round: "segundos afuera".

Es por esta razón que los "vices" que se valen de su cargo para organizar sucesiones, para montar aparatos paralelos, para conspirar, los que manejan fondos reservados a discreción, los que se desplazan con comitivas de atendedores de celulares,  sostenedores de portafolios y anotadores de necesidades sociales, los que son ofensivos en su ignorancia, no son de fiar.

Si me dieran a elegir, los preferiría leales a la Constitución primero y a su gobernador después. Y esta lealtad muchas veces se honra mejor colocando los objetos personales de escritorio en una caja de cartón y marchándose a casa, que montando costosísimas campañas y empeñándose en desconocer aquella vieja regla del teatro que impide a los actores secundarios tomar el centro del escenario.


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