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Muertes absurdas

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Escrito por Andrés Gauffin, el lunes, 09 de abril de 2007 (Ha sido leído 2569 veces)
La muerte del profesor Carlos Fuentealba en Neuquén no sirve para nada, ni debería servir para nada.

Sólo desde una concepción totalitaria y dictatorial de la política puede creerse que la muerte violenta de un hombre puede servir de instrumento para lograr un fin, por alto y noble que se lo imagine.

Los dictadores pensaban que la muerte de millares de argentinos podía servir para regenerar un país que se imaginaban corrupto y en vías de disolución. Cuanto más ensalzaban y exaltaban el fin que perseguían – el ser de la Nación Argentina reencontrada consigo misma-, más creerían justificados los medios –el secuestro, la tortura, el asesinato- que utilizaban para llegar a ella.

No se puede disparar una granada de gas lacrimógeno contra la luneta de un auto repleto de pasajeros, sin un hondo desprecio por la vida humana y sin la oprobiosa idea de que aquella violencia podía justificarse por una meta: ¿despejar una ruta? ¿acallar una protesta? ¿obedecer a un jefe?

Si en los años 70 se había aplicado bárbaramente el principio maquiavélico de que los fines justifican los medios, en la Argentina del 2007 todavía no hemos aprendido que en política, como dijo Albert Camus, son los medios los que justifican los fines. Hasta que esto no suceda, la democracia del país seguirá jaqueada por concepciones totalitarias.

La granada de gas lacrimógeno ha acallado irreversiblemente, para siempre, un corazón, una inteligencia, y una voz humana. ¿A título de qué? No hay ninguna razón, ningún fin, ningún bien que pueda justificarlo, porque la vida de un hombre es un fin en sí mismo que no puede, por tanto, ser instrumentalizada para nada.

Pero tampoco hay ideal alguno que pueda dar un sentido póstumo a su muerte. Porque la muerte del profesor neuquino es un absurdo, se la mire por donde se la mire, desde el antes o el después, desde abajo o desde arriba, desde la derecha o desde la izquierda, desde el pasado, desde el presente o desde el futuro.

Parece una verdad de Perogrullo, pero quizá sea conveniente repetirla en un país donde la muerte fascina. Era su vida lo que tenía sentido, no su muerte. Era el despliegue de su inteligencia, de su voluntad, de su libertad, de sus sentimientos, lo que tenía y brindaba un significado humano. Su muerte violenta es una lápida absurda sobre ese despliegue y como tal no se le puede rendir honores, ni puede servir para nada

Podría ser piadoso y tal vez parecería progresista intentar ahora darle un sentido a la muerte de Fuentealba. Es una patética tradición argentina. Cada vez que la recurrente violencia política en la Argentina se cobra una nueva vida, se ha querido convertir a la víctima en mártir. Así, su muerte aparece de alguna manera iluminada por un Sentido Absoluto.

Pero, ¿hay algún Sentido, algún absoluto desde el que se pueda entender que el profesor no pueda, nunca más, volver a su clase, el trabajador a reclamar sus derechos, el padre a ver a sus hijos?

Hubiera sido mucho mejor que nadie en la Argentina hubiera tenido la posibilidad, con su muerte, de llamarle mártir.

La necesaria memoria de las víctimas no puede ejercerse para darle un sentido a estas muertes. Lúcidamente, hay que atreverse a verlas como lo que son, como un atroz sinsentido: fueron así de absurdas las miles de muertes de la dictadura, la de los Montoneros –las de sus víctimas y las de ellos mismos-, y la de los soldados en Malvinas, y las de aquellos que murieron violentamente en tiempos de democracia.

Es infinitamente mejor que no haya mártires alentando reivindicación alguna. No hacen falta muertos porque la vida es un fin en sí mismo y cuando una vida queda truncada todo se pierde, todo se frustra, todo fracasa.

La muerte no sirve para acallar una protesta, y tampoco puede servir para fortalecerla.

Tampoco serviría de algo, hay que ser consecuentes, que un docente muera como producto de una huelga de hambre. Sería una muerte inútil. Creer que su muerte podría servir para alguna causa es también pensar que su vida puede ser un instrumento de algo o de alguien. Pero la muerte sólo sirve para acabar con una vida y todas las posibilidades que ella encierra. Si algo augura, es sólo más muerte.

Hubiera sido infinitamente mejor que el profesor Fuentealba hubiera podido volver a tratar con los que amaba, a tomar sus decisiones, a acertar y equivocarse, a reivindicar lo que creía justo, a enseñar en las aulas donde ahora sus alumnos lloran su ausencia. Pero ya no está. Y lo único que tiene sentido ahora es reclamar justicia para que la vida sea respetada como un fin y para que la muerte, nunca más en la Argentina, sea vista como un medio.


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