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Doña Genoveva Paz de Figueroa PDF Imprimir E-Mail
Índice de este artículo
Doña Genoveva Paz de Figueroa
La amistad con los generales Heredia
Los hijos
Origen y carácter
Entorno y costumbres
Una dama de hierro
Notas
Señora fue ésta, que jamás formó parte integrante de esas conocidas por beatas, las que hacen de la iglesia su segundo hogar, porque no desatendía sus deberes de madre amantísima, por la cotidiana y empecinada concurrencia a misa, ni a novenarios y trisajios; más era religiosa y fervorosa creyente y temerosa de su Dios.

La cuna de aquella patricia se meció en Tucumán. Era hermana del coronel abogado Marcos Paz, quien durante la dramática y sacudida presidencia del general Mitre (1862-1868) desempeñó el augusto cargo de vicepresidente de la Nación y en quien Mitre, al marchar a la guerra contra el tercer régulo del infortunio del Paraguay en 1865, puso en sus manos el bastón e insignias del poder supremo de la República.

Este personaje político y hombre de estado en 1858 fue progresista gobernador de Tucumán y provisorio de Córdoba el 61, víctima del cólera dejó de existir en San José de Flores el 2 de enero del 68, mientras ejercía la primera magistratura en horas de profunda agitación y dolor para la Patria. Como su hermana, nació en Tucumán en 1813 y se educó en Buenos Aires, graduándose de doctor en leyes en el año 39. En la provincia de Buenos Aires existe el Partido y Pueblo de Marcos Paz, creados en su homenaje.

Dicha matrona llevaba unidos a sus cualidades morales e intelectuales, una singular belleza física, que ella, aunque viejita, solía realzar con algunas coqueterías de tocador y una mantilla de espumilla con que sus hijas decoraban la cabecita, ya totalmente cubierta con la nieve de los años. De estatura muy pequeña, su faz de un perfil realmente griego, que ninguna de sus hijas con ser donosas, superó salvo su nieta Genoveva Peña que en hermosura y estatura era un trasunto de la abuela. De ojos azules, de vivo y fuerte mirar que penetraba como un taladro.

Con sus huéspedes supo ser obsequiosa e insinuante, con quienes distribuía sus raras y muy hidalgas inclinaciones al buen trato y vivacidad social; bellas prendas eran esas, que denotaban su sano y limpio abolengo criollo.

Cuando con desdén reconvenía a domésticos y labriegos, o al arrendero que consentía mancebías en su rancho, era el instante en que se ponía olímpica e iracunda.



 

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