Doña Genoveva Paz de Figueroa

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Índice de este artículo
Doña Genoveva Paz de Figueroa
La amistad con los generales Heredia
Los hijos
Origen y carácter
Entorno y costumbres
Una dama de hierro
Notas
De dicha virtuosa pareja de que fueron cónyuges don Pío y doña Genoveva nacieron los siguientes hijos: Mariano que falleció soltero y Santiago que formó familia en Tucumán; Delia, casada con José Valdez, Nicolasa, desposada con Manuel Antonio Peña, quien a la muerte de ésta, contrajo nupcias con Isabel, hermana de aquella; Encarnación que debió casarse con su primo Julio A. Roca, la que al fin casó con Ojeda y luego de enviudar, lo hizo con Juan Aranda; Plácida contrajo enlace con mi llorado amigo Mariano Gorostiaga; María con Félix Usandivaras; Benjamina con Abelardo Figueroa, y Candelaria con Juan Zapata.

Por lo que iremos relatando se verá que doña Genoveva como sus amistades y en todo el dilatado departamento de San José de los Cerrillos, le decían, era dama de extraordinario carácter y empuje. Allá por la década que va de 1860 al 70 debió ser cuando murió su esposo, dejándole un legado de dolor e inmensas responsabilidades espirituales y materiales, ya que se echó sobre sus débiles hombros de mujer y de madre, la educación de su larga familia algunos todavía pequeñuelos, al propio tiempo que enfrentarse con la administración rural de su enorme heredad de San Agustín, ubicada en el riente y paradisíaco Valle de Lerma, estancia en que colaboró con varonil decisión, cotidianas labores en que fue eficazmente auxiliada por el gaucho más leal e hidalgo que haya conocido, llamado con el cariñoso apodo de "Tata Ventura", principiando por la propia patrona, la familia y los felices moradores del pago.

Cuando yo lo conocí, "Tata Ventura" debió andar por los ochenta años; más no por eso se desmontaba de caballos y redomones, en que, desde la llegada de la aurora, cuidaba rebaños, sembradíos y cosechas.

Administró su finca esta matrona quizás y sin quizás, por más de media centuria, hasta que, vencida por los años inclementes, que nunca llegan solos entregó en arriendo su latifundio a sus hijos políticos Aranda y Zapata, para después recluirse en su mansión de la sede de la provincia a aguardar, con sana y cristiana resignación, la hora final en que la cubrieran las tinieblas en que yace, de las que, nosotros, mediante estas modestas reminiscencias, la sacamos, al echar nuestro débil rayo de luz sobre su memoria. Su deceso debió acontecer en el año 1885, ya cuando iría arribando a los noventa años. Ahora haremos memoria acerca de sus hábitos e idisincracias.



 

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