El 16 de abril de 1582, hace 425 años, se fundó la Ciudad de Salta |
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Escrito por el domingo, 15 de abril de 2007 (Ha sido leído 5203 veces) El 16 de abril de 1582, hace cuatrocientos veinticinco años, Salta comenzó a poblarse “con mucha fuerza de sangre humana, afrenta e injurias, (y) muerte de muchos indios”. Habían transcurrido ciento diez años desde la llegada de Colón al Nuevo Mundo y pasados dieciséis de la carta del licenciado Juan de Matienzo al rey de España, señalándole la conveniencia de “hacer un pueblo” en el muy lindo y fértil Valle de Salta. Esa fundación no fue rápida y tampoco despojada de conflictos. El nacimiento de Salta parece un difícil parto rodeado de sangre, pasiones y disputas entre aquel puñado de españoles segundones ávidos de poder y embriagados hasta la locura con las promesas de riqueza que arrancaban a estas inabarcables tierras, en sus entrañas y en su superficie. Desde aquella visión de Matienzo, recuperada y pulida por el obstinado virrey del Perú, Francisco de Toledo, hasta la fundación de la ciudad no sólo transcurrieron esos dieciséis años. Se sucedieron, además, cuatro gobernadores del Tucumán designados para dar cumplimiento a las instrucciones reales de establecer un pueblo aquí. Esta población, y la vida de los españoles en ella, no eran posibles si no se aseguraba el estable funcionamiento de un conjunto de ciudades clavadas en territorios cuya misma existencia, mutuas relaciones y tráfico, obstaculizaban parcialmente grupos aborígenes que obligaban a los vecinos “salir con escolta y guarda de las mercaderías y cosas de la tierra...”. Entre Lima y Buenos AiresSalta fue producto de una necesidad primaria: garantizar el tráfico de personas, mercancías, papeles, “socorros y justicia desde Lima y la Audiencia de Charcas al Tucumán y a Chile”. Fue resultado de un plan destinado a fortalecer, en medio de ese inmenso e inseguro mar encrespado de frías alturas, valles amenos y gentes en guerra, el Camino Real del Perú, proteger el cerro de Potosí facilitando el tránsito y provisión de personas y géneros dentro del amplio circuito comercial tendido entre Lima y Buenos Aires. En 1563 el Tucumán pasó a depender de la Audiencia de Charcas rompiendo así sus ligazones con Chile. Esta extensa región de más de setecientos mil kilómetros cuadrados se convertirá en un puente entre el Pacífico, a través de Lima, y el Río de la Plata, por donde comenzaba a fluir un intenso contrabando. El virrey Toledo recuperó la idea de Matienzo reiterando a Felipe II la importancia de trabajar en la soldadura de las partes de ese incipiente sistema. Pese a su escaso número, en el Valle de Lerma los indios constituían, tanto una amenaza, si antes no se los doblegaba, como una atractiva reserva de mano de obra, si eran sometidos a condición servil. Toledo veía en ellos no sólo brazos sino a portadores de idolatrías que evocaban a esas otras herejías contra la que la España Imperial combatía: moros, judíos conversos y reformistas protestantes. No fue fácil ni pacífica la empresa conquistadora. Tampoco la pobladora. Los conquistadores, rudos soldados, venían dispuestos a mandar, matar, enriquecerse o a blanquear estas tierras con sus huesos. La rivalidad entre ellos reproducía a veces antiguos pleitos trasladados desde España. En el caso de Salta las disputas entre Jerónimo Luis de Cabrera, Gonzalo de Abreu y Hernando de Lerma, tres gobernadores señalados para fundarla, esta tendencia se ve ampliamente confirmada. Gobernantes desobedientesEn 1571 se designa a Jerónimo Luis de Cabrera para concretar la fundación. El hombre desobedece las recomendaciones de sus superiores y prefiere dirigirse hacia el Sur. La fundación de Córdoba habla de esa inclinación a aproximarse al Río de la Plata. En 1573 se lo reemplazó por Gonzalo de Abreu y Figueroa - “catalán por el nombre y bárbaro por el rigor”- que recibió el mismo mandato. Tampoco lo hizo pero tomó prisionero a su antecesor en el cargo y lo ejecutó haciendo alardes de crueldad. Toledo se impacientaba por las tardanzas y desobediencias y buscó a otro militar, Pedro de Arana, para que consumara la postergada fundación. Esta vez no se interpuso el capricho del gobernador - que no llegó a asumir - sino la voluntad de Felipe II que nombró al joven sevillano Hernando de Lerma, licenciado en leyes, para reemplazar a Abreu. Lerma tenía 37 años y debió ser muy hábil o tener buenas relaciones en la Corte española como para lograr su designación ganándole, luego, la pulseada al mismísimo Virrey peruano de cuyas simpatías no gozaba. Cuando Lerma llega en 1581 a Santiago del Estero -asiento del gobierno- manda a prender a Abreu, lo somete a toda clase de tormentos con los que logra, finalmente, arrebatar su vida y despojarle de sus tierras de la estancia “Pampa Grande” en Guachipas. Las pasiones desatadasEl alumbramiento de Salta no fue calmo ni indoloro. Las cabezas de los señalados para fundarla rodaron sin piedad, unas tras otras. Abreu fue verdugo de Cabrera como Lerma lo fue luego de Abreu. En tanto que el fundador de Salta fue víctima de sus propios impulsos y del ambiente rizado de intrigas y pendencias. Sus huesos fueron a dar a una cárcel de Madrid donde encontró la muerte rodeado de miserable soledad. Su cuerpo debió exponerse a las puertas de la prisión par recoger limosna y darle sepultura. Jactancioso de no ser hombre de capa ni de espada y de su condición de letrado, se vio arrastrado por pasiones comparadas con “un fuego que lo quemaba todo”. Lerma nació hacia 1545 en la villa de San Lúcar de Alpechín, nombre que tenía antiguamente San Lúcar la Mayor, a pocos kilómetros de la ciudad de Sevilla. Era hijo de Francisco de Lerma -que se desempeñaba como Jurado- y de Isabel de Valladares. Se conoce que tuvo tres hermanos, uno de los cuales, sentado en el banquillo por el Tribunal de la Inquisición de Lima, lo acompañó en su viaje al Tucumán y en la fundación de Salta. Con el estigma de judeoconversosLa familia de Lerma sería originaria de Burgos, donde aparecen algunas personas de ese apellido. Tal el caso de Pedro de Lerma, Maestro en La Sorbona a principios del 1500 y Canciller en la Universidad de Alcalá de Henares en 1535. Lo que ha probado Lima es el origen judío converso de Lerma. Abreu recordó esa condición del fundador de Salta cuando al enterarse de su llegada dijo de él: “judío que tenía sambenito”. Abreu era del mismo pueblo de Lerma y tal vez viejas rivalidades de familia se transplantaron a esos valles hasta culminar con la muerte de aquel. Cargo que retomó y amplió en 1583 el controvertido Obispo del Tucumán, el dominico fray Francisco de Victoria quien, como señala un documento publicado en 1945 por Atilio Cornejo, ofreció pruebas del origen judío de Lerma a la Inquisición limeña. Según Victoria, cuya condición de judeoconverso fue probada por Alfred Sicroff en su clásica tesis sobre la limpieza de sangre, Lerma “es judío natural de señal conocida”. Por lo demás “su abuelo tuvo un pleito en la ciudad de Sevilla con un hombre sobre el cuál era judío más honrado, y así el abuelo del dicho gobernador entraba en la Sinagoga los pies descalzo y la cabeza descubierta”. El antojo dicta la leyLa llegada de Lerma, joven “de carácter tumultuoso”, aportó más agitación a un ambiente electrizado por tanta violencia, embuste y amenaza. Un testigo de época recuerda a sus soldados entrando a Santiago “con mechas encendidas y arcabuces altos y armas enastadas y cotas vestidas descubiertas”. Así prendieron al gobernador Abreu, al que encontraron solo y desarmado en su casa “escarbándose los dientes con un palillo”. De allí pasó a una inmunda prisión, cargado de grillos. De noche se acostaba vestido pues nadie le desnudaba hasta que “hinchóse de piojos y ninguas”. No se conocían allí respetos ni garantías. El antojo del que tenía el mando dictaba leyes, tramaba juicios, dictaba sentencias y ordenaba ejecuciones. Los gobernadores entrantes quitaban los bienes a los que dejaban el cargo. Algunos enviaban a algunos vecinos a las zonas de indios para quedarse y aprovecharse de sus mujeres. Dice Cárcano que “hubo casas de familias a quienes secuestró -Lerma- las amas de leche, e hizo morir de hambre a los niños de pecho”. Reinaba la arbitrariedad y mandaba el odio. Según Frías era propio de una época de canibalismo en la cual “el gobernador español entrante se comía al gobernador español saliente”. Pero Lerma funda Salta. Es su única obra. Las rivalidades eran tales que alcanzaron a enfrentar la Iglesia y al gobierno. La pugna entre el poder espiritual y el terrenal consumió las escasas energías de aquel modesto caserío. En su empeño en defenderse, la Iglesia apeló a la excomunión, arma discutible y poco disuasiva frente a personajes del talante del fundador. Algunos historiadores valoran la honestidad de Lerma. Otros creen que el hecho de haber sido el primer gobernador civil del Tucumán le deparó la animosidad de los que tenían por oficio la milicia. Levillier elogia como “admirable” su decisión de someter a consulta o plebiscito entre sus soldados la elección del sitio donde se emplazaría a Salta. Esto aportaría una prueba de sus “dotes de organizador” y de una temprana vocación por el republicano estilo de dar a publicidad actos de gobierno y la más avanzada aún, de dar participación en la elección del sitio a emplazar la ciudad a sus futuros vecinos. Morir de indios o de “chucho”En aquella consulta cada uno opinó y Lerma respetó el criterio de la mayoría. Hecho nada frecuente en la historia de la fundación de ciudades en América. Aunque el paraje escogido fuera entonces y después origen de muchas controversias, en razón de encontrarse rodeado por un “malsano” anillo de ciénagas, fosos, pantanos y lodazales utilizados como naturales defensas protectores contra el asedio de los indios. Entre el acoso de los mosquitos y el paludismo y la amenaza de los naturales, aquellos españoles prefirieron quedarse con el “chucho”. Abrazada por dos ríos y protegida de “tagaretes”, esas murallas invertidas cavadas por la naturaleza, la ciudad comenzó a dar sus primeros pasos, rodeada de abundantes y fértiles tierras “para estancia y sementeras, pastos, viñas y huertas de recreación”. Tierras capaces de dar, como anotó en 1590 el licenciado Cepeda, “mucha provisión de ganado mayores y menores, trigo, maíz, tocino, manteca, sebo y muchas otras cosas que se van criando y crían en gran cantidad en aquel hermosísimo y fértil valle...”. Lerma, violento hasta la crueldadPero era un hombre violento, pasional hasta la crueldad. Se le atribuyen defectos propios de la juventud. Era “tan infatuado como procaz”. Antonio Pérez Valiente de Moctezuma dice que era “hombre de naturaleza transeúnte (...) de perpetuo tránsito”. Sin demasiadas pruebas, afirma que no sólo era contemporáneo y paisano de Mateo Alemán, autor del “Guzmán de Alfarache”, sino su vecino de barrio. Por su carácter, dado a enredos y pendencias, podría ser digno personaje de la picaresca andaluza. En ese clima enrarecido por las pasiones, en ese ambiente que olía a sangre y en donde la ley estaba ausente, Lerma puso su espada en gesto fundador de una nueva villa española en tierra americana. El escribano que asistió al acto dio fe que ante la ritual pregunta del fundador “¿Hay alguno que se atreva a contradecir lo que mando?”, la respuesta fue el silencio. “Y no hubo contradicción”. Tan alta era su propia estima que, saltándose a la torera todo el santoral, bautizó aquella obra como “Ciudad de Lerma en el Valle de Salta”. Salta quedaba fundada. Existía en el mapa apenas dibujada, figuraba en los papeles y comenzaba a existir en la imaginación de los primeros pobladores que, bajo la promesa de recibir comida, indios y tierras, hace 420 años asistieron a su doloroso alumbramiento. Muchas de esas manchas de su nacimiento permanecen, más o menos visibles, en algunos sitios de su ya no tan joven y lozana piel. (*) Ensayista y periodista. Editorialista de la revista "Todo es Historia" fundada y dirigida por Fèlix Luna. Más artículos de la categoría Cultura |





