Jon Sobrino y el Vaticano |
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Escrito por el viernes, 20 de abril de 2007 (Ha sido leído 3671 veces) Lo imposible no será explicar lo que intentamos, sino evitar que el entendimiento de los que lean quede oscurecido por la furia del fanatismo que, cuando es religioso o anti-religioso, nada se le compara en elocuencia y agresividad. Antes de entrar en cuestión debo dejar claro algunas premisas sin el propósito de justificarme, cosa que jamás hago, sino para despejar de hierbajos la senda de la comprensión. Lo que llama la atención es el ruido mediático que generan varias instituciones y gente “culta” a propósito de la teología de la liberación y su líder más visible, el sacerdote Jon Sobrino, con motivo de la visita papal a sudamérica que según dicen, estará oscurecida por la sanción vaticana impuesta a dicho sacerdote. Se suma a la defensa de la persona y ministerio de Jon Sobrino y de la teología de la liberación, el obispo Casaldáliga, quien manifestó que “Con muy mala sombra, como dirían los castizos, estalló el proceso de nuestro querido Jon Sobrino, produciéndose un hecho muy sintomático, porque un cardenal de la curia ya ha declarado que antes de Aparecida estará liquidada la Teología de la Liberación”. Se refiere a la futura Conferencia del Episcopado Latinoamericano allí convocado. La teología de la liberación tiene un propósito incuestionable: poner a disposición de los pobres, el cristianismo, y hacerlo no como un bálsamo de salvación para una clase social desprotegida y humilde, sino como una exigencia de exclusividad: o se es pobre para ganar el cielo, o nada hay que hacer en otro caso. Al parecer, este obispo con voz encendida exclamó: “La religión y la política han de acoger esa respuesta hasta las últimas consecuencias. La vida de Jesús es esa misma respuesta. La opción por los pobres define toda política y toda religión. Antes era Fuera de la Iglesia no hay salvación; después, Fuera del mundo no hay salvación. Jon Sobrino nos recuerda, una vez más, que fuera de los pobres no hay salvación. Juan XXIII abogaba por una Iglesia de los pobres, para que fuese la Iglesia de todos. Los pobres definen, con su vida prohibida y con su muerte antes de tiempo, la verdad o la mentira de una sociedad, de una Iglesia”. Lo de la iglesia de los pobres en exclusiva, ya lo trataremos más adelante. Aquí solamente quiero recordar que la palabra de los Papas cuando hablan ex-cátedra tiene la cualidad de la infalibilidad porque se refiere a un artículo de fe, en tanto que cuando opinan sobre cuestiones mundanales, aunque se refieran a la religión, o a las cuestiones sociales o políticas, es una mera opinión que cualquier católico puede refutar o no aceptar sin cometer pecado. La referencia a las palabras de Juan XXIII respecto de la religión de los pobres carece de infalibilidad y por lo tanto se la puede discutir en todos sus aspectos. No soy defensor ni agresor de ninguna de las partes del conflicto que a mi modo de ver está teñido de pasión ciega y de verdades transitorias, dado que la teología de la liberación carecería de razón de ser si América latina hubiera alcanzado los niveles de riqueza que imperan en la Europa central. Esto quiere decir que predicar en esta región del hemisferio norte la cristiandad de los pobres como opción exclusiva, sería una exótica curiosidad ostensiblemente anacrónica. Esta teología liberadora está basada en una ideología más que en los Evangelios libérrimamente interpretados, y dirigida a un continente. Si la Iglesia es ecuménica por principio, la teología de la liberación no lo es, aunque hablen de los pobres en sentido general, ya que todo el esfuerzo lo emplean en Sudamérica. En el catolicismo no es nuevo esto de levantar voces de protestas contra una suerte de tiranía intelectual que impone el Vaticano a todos los fieles incluyendo a las jerarquías y sacerdores. Esto es así desde el Concilio de Trento que aprobó un texto de justificación, a partir del cual sólo la Iglesia en la voz de su jerarquías puede interpretar los dogmas y ritos de la fe cristiana. Y aunque los Concilios tienen una importante influencia, los artículos de fe sólo pueden ser proclamados por un Papa cuando habla ex-cátedra. Lo que hace Jon Sobrino y lo que vienen haciendo todos los que de un modo u otro quieren introducir modificaciones en la manera de ser y hacer de la Iglesia Católica, es algo incomprensible para el sentido común. Los católicos poco informados (que son los más), pueden fallar en la apreciación de esta cuestión tan enojosa mas, los que pasaron por un seminario antes de ser consagrados como oficiantes del catolicismo, no pueden equivocarse tan vastamente. No pondré en duda la calidad moral y la caridad que estos hombres de Dios ejercen como actitud de compromiso con la gente más necesitada de auxilio espiritual y material. En este sentido son un ejemplo a seguir y lamentablemente predican en el desierto porque a los humildes de todo el planeta lo que les falta es cariño social y comida, y nadie se conmueve; al menos, no lo hacen quienes en sus manos tienen la solución. La calidad moral de los sacerdotes y obispos agrupados alrededor de esta llamada teología, es innegable y paradigmática. Aclarado esto, nos queda por decir que lo que hacen no es lo censurable (¡cómo habría de serlo!), sino en nombre de quién lo hacen y con qué justificación. Lo hacen en nombre de Jesús y lo justifican con el contenido de su Palabra. Colocar a Jesús como un revolucionario que estaba con los pobres y contra los ricos es trocear el sistema total de las ideas esenciales que contienen los Evangelios, buscando los versículos que se adaptan mejor a una especie de “marxismo cristiano”, como se ha calificado a este grupo. El marxismo es una doctrina político-económica que excluye toda oposición, mientras que el cristianismo es una doctrina sagrada que pretende abrazar a todos los hombres de buena voluntad. Es oportuno recordar como teólogo o como humilde miembro del Cuerpo Místico de Jesucristo, que el Maestro dijo que su Reino no es de este mundo, de suerte que de política, ni una palabra, salvo que valgan más las opiniones de Juan XXIII o del obispo Casaldáliga que los Evangelios. También se puede recordar aquello de que se debe dar al César lo que es del César y a Dios lo que es Dios. El catolicismo se distingue entre otras cosas, por ser una religión misionera, que busca afanosamente feligreses en todos los rincones de la tierra. El judaismo, el islamismo o el hinduismo que reúnen a la mayor parte de los seres humanos, no son religiones proselitistas y además, permiten versiones o vertientes distintas acerca de una misma creencia. En el judaismo mediante los comentarios del Talmud; en el islamismo por vía del sufismo y en el hinduismo por las distintas versiones o vertientes con las que arropan a sus fieles. La Iglesia Católica, por el contrario, prohibe toda discusión dogmática. Esto es así, y aunque merezca críticas por la falta de apertura y una rígida dictadura teologal, sigue siendo así, y quien no esté conforme ¿es que tiene otra posibilidad que la de cambiar de sitio o quedarse fuera de todos estableciéndose en el ateísmo? No en vano el cristianismo a partir del siglo IV se desarrolló bajo la protección e influencia del Imperio romano, en el que todo estaba muy disciplinado, organizado y reglamentado. Y esta Iglesia lo lleva en su nombre: Apostólica y Romana. La ausencia de prohibición en otras religiones es lo que posibilita la existencia de concepciones elaboradas al margen de las creencias oficiales. Tales expresiones heterodoxas nunca son prohibidas ni se castiga a quien las acepta; un ejemplo de ello es el budismo, que siendo una interpretación heterodoxa del hinduismo, nunca ha sido condenado como secta o herejía, como que con el tiempo ha quedado reducido a un “lamaísmo”. En el hinduismo no hay una versión oficial; no hay un texto sagrado que se imponga obligatoriamente. Hay tantas religiones como hindúes. Lo que ocurre es que ciertos textos son los preferidos desde siempre desde hace miles de años y constituyen la base fundamental de la doctrita tradicional, porque no son escrituras religiosas sino metafísicas en las que se nutren las distintas religiones hinduistas. La heterodoxia oriental no es perseguida como secta porque no hay jerarquías eclesiales que impongan castigos ni reglamentos que los prevengan. El castigo consiste en que carecen de adeptos o al menos en un número apreciable. Son los propios hindúes quienes practican la “selección natural” de sus creencias. Sin jefatura no hay prohibiciones ni castigo. Un gurú no es un sacerdote, ya que su condición no pasa la de ser un maestro iniciador en los distintos grados del conocimiento. En el Islam, tampoco hay jefatura; cualquiera que sea escuchado por más de dos personas es un imán. Tampoco son jefes absolutos de todo el Islam los ayatolah o los mulá, no obstante la inmensa categoría espiritual que ostentan. Esto es algo incomprensible para los occidentales, que no llegan a entender cómo es posible que una religión se sostenga durante siglos sin jefatura. ¿En qué consiste la fuerza del islamismo y del hinduismo, por citar dos religiones consolidadas en aspectos tan distintos? La fuerza unificadora del islamismo se fundamenta en su idioma. La del hinduismo en su metafísica. Los musulmanes no son exclusivamente árabes, de donde resulta que su fuerza no radica en la exclusividad de una raza; los hay persas como los iraníes y africanos de etnias diversas. Lo que los une es el idioma árabe que en su multiplicidad de versiones no impide que cualquier musulmán de cualquier parte del mundo pueda leer el Korán en la lengua que debe ser leído. Si no se conoce el idioma árabe no se puede leer el Korán válidamente. La fuerza unificadora del hinduismo viene dada por su metafísica que resuma especialmente de sus tres más reconocidos libros sagrados, y sus numerosas expresiones religiosas tienen su fundamento en estos tres libros que contienen la metafísica de la doctrina sagrada de cualquier religión hindú, como se dijo antes. El Nirvana, que significa cesación de la agitación, es según la doctrina tradicional hindú, el estado de mayor perfección del ser individual logrado por el yoghi en ejercicio de la contemplación. Logrado el desapego o “desasimiento” en palabras del Maestro Eckhart, teólogo cristiano de los primeros tiempos, se identifica con el Absoluto mediante la contemplación que lo libera del mundo sensible y se une a Dios. Este estado superior del ser individual tiene su símil en el cristianismo, tal como lo expresa San Pablo en Corintios (I), VI, 17: “Quien quiera que esté unido al Señor, es con Él un mismo Espíritu”. No se puede negar que esta sentencia teológica cristiana es idéntica a la que se lee en un texto sagrado hindú: “El que conoce al Absoluto, llega a ser el Absoluto” (Taittirīlla Upanishad, II, 9). Habrá que reconocer que todas las doctrinas sagradas provienen de una misma Sabiduría: la divina, y que el Creador es igualmente Uno, cualquiera sea la designación que reciba en cada religión y las cualidades que se le atribuyan. El Islam también tiene su propia metafísica que es el modo más profundo de conocer los misterios de una doctrina sagrada. Tales textos se recogen en los trabajos de los expertos en sufismo, que sin contrariar la literalidad del texto sagrado, profundizan en sus enseñanzas ascendiendo a las alturas de los órdenes superiores del conocimiento. El catolicismo carece de una metafísica que sirva a tales propósitos, porque prohibe ahondar, estudiar y ascender en el conocimiento de los dogmas y rituales. Los primeros teólogos cristianos han llevado a cabo una tarea que con el correr del tiempo ha sido cercenada en el siglo XVI en aras a una disciplina teologal. No hay progreso porque no hay libertad para progresar. Eso es lo que le ocurre al catolicismo y no parece que haya alguna esperanza de que cambie mas, mientras no despunte ese cambio, ningún católico puede con legitimidad procovar una revolución dogmática en el seno de su iglesia, poniendo en el rostro de Jesús la imagen de un fanático que siembra amor y redención para los pobres, dejando fuera de su iglesia a los ricos a quienes, al parecer, ni siquiera les concede la posibilidad de intentar el arrepentimiento salvador, como lo tuvo San Francisco de Asís. Jon Sobrino y los suyos como Lefebre en su época, obran como si pertenecieran a una vertiente hinduista y no al catolicismo cerrado que impide la propagación de grietas. Jon Sobrino y los miembros de la teología de la liberación están situados en una nueva Reforma. Siguen los pasos de Lutero pero sin renunciar al orden sagrado de los sacerdotes y sus prerrogativas religiosas. Y en cuanto al Vaticano, no sabemos (yo, al menos no lo sé), cómo terminará de tejer esta querella dogmática. Lo que está claro es que desde un punto de vista católico, estos hombres de Dios deben acatar los mandatos de las jerarquías de su religión. Tienen la posibilidad de crear la suya fuera de los límites sagrados de la fe del cristianismo católico, como tantas otras religiones lo han hecho, especialmente en EE.UU. A la conducta de Jon Sobrino le conviene el episodio evangélico en el que Jesús, enseña: “Quien escandalizare a uno de los que cree en mí, mejor le sería que le colgasen del cuello una de esas piedras de molino que mueve un asno, y así fuese sumergido en el profundo mar” (Mateo, XVIII, 6-7); en el mismo sentido Corintios (I), VIII, 13. Jon Sobrino no merece castigo tan severo, pero como teólogo debiera reflexionar recordando que Jesús proclamó que su Reino no es de este mundo, lo que excluye la política reivindicativa. Para ser piadoso y entregado a la caridad cristiana, no precisa ser sacerdote sino un hombre de bien, cualidad que nadie le discute. Hay que reconocer que el estado de miseria en la que viven y mueren tempranamente gran número de latinoamericanos ha llevado con seguridad a la desesperación a estos sacerdotes y obispos que se sienten impotentes ante la sordera de los que mandan, y sin encontrar otra manera de hacerse oír que enarbolando la bandera de la religión, porque de esta forma se mantienen bajo la protección del Dios católico. De las jerarquías eclesiásticas no se puede esperar cambio alguno porque todo cambio eclesial significaría una pérdida de poder, lo que nadie está dispuesto a soportar, ni siquiera en nombre de Dios. Los que con descaro meten la política por cualquier cavidad que tienen a la vista, mezclan sin rigor la piedad y caridad de Jesús derramada sobre los pobres, con la pasión ideológica que como toda pasión es ilimitada en su ambición de lograr el poder a cualquier precio, algo que no se concibe en el cristianismo evangélico. La mezcla es explosiva y cuando la jerarquía eclesial no reparó en ello, levantó la espada, derramó sangre inocente y terminó imponiendo la Inquisición. Esto es el catolicismo y quien no pueda asumirlo tal como es, no puede permanecer en él sin escandalizar. Más artículos de la categoría Cultura |






