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La pobreza del debate político salteño (1ª Parte)

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Escrito por Víctor Palacios Cabrera del I.S.A.P. (*), el martes, 24 de abril de 2007 (Ha sido leído 3051 veces)
1. La convocatoria a elecciones generales llama, incluso en las democracias más rudimentarias, al debate de ideas.

Es así que, mientras se prepara para configurar el mapa institucional, la ciudadanía participa del intercambio que proponen los actores políticos; concepto este que, como se sabe, lejos de agotarse en los partidos políticos, incluye a diversas estructuras a través de las cuales se canalizan las inquietudes cívicas.

Dos de los candidatos en liza
Dos de los candidatos en liza
En otras latitudes, los tiempos electorales mueven a las fuerzas políticas en pugna a mostrar posicionamientos diferenciados respecto del pasado y del futuro.

Aparecen de un lado las que pretenden conservarlo todo o casi todo; de otro, las que proponen cambios modestos o radicales, según los casos. Están también aquellos que, declamando reformas, solo aspiran a resguardar un núcleo de privilegios; son los conocidos gatopardistas.

En este contexto, los liderazgos que pretenden tomar el relevo y reemplazar a la anterior mayoría, se esfuerzan, en proporciones cambiantes, por mostrar las bondades de su visión y de sus propuestas, y por criticar -con mayor o menor énfasis- el actual estado de cosas.

Aun cuando el marketing político tiende a potenciar el valor de la propaganda y de las imágenes, no es del todo exacto (al menos no lo es en las democracias avanzadas) que tales técnicas hayan colocado en un segundo plano a los programas electorales y al debate de ideas.

2. Pienso, entrando en materia, que la concreta realidad política de la Salta contemporánea, se aparta bastante de este simplificado esquema.

En efecto, en los mensajes que la ciudadanía viene leyendo, escuchando o viendo en los 30 últimos días, es imposible identificar las señas básicas de un debate electoral propio de una sociedad democrática.

Veamos las principales manifestaciones de esta carencia.

2.1 Sobresale, en primer lugar, la destrucción del sistema de partidos políticos, un factor de notables consecuencias negativas para la vida política. Se trata, por cierto, de un déficit que Salta comparte con el resto de la República.

Tras la grave crisis institucional de comienzos de este siglo, ni la Argentina ni, dentro de ella, Salta, lograron reemplazar por un nuevo modelo de representación el hoy vetusto sistema tripartito que conformaron peronistas, radicales y militares.

Aunque el fenómeno viene de más atrás, hay que decir aquí que tanto el actual Presidente de la República como el Gobernador Romero han sumado esfuerzos contundentes para demoler el anterior sistema de partidos e impedir el nacimiento de las estructuras de relevo.

Apelando con una calculada dosis de ambigüedad a nombres como transversalidad, “consenso”, convergencia, concertación, o incluso a otros que revelan una profunda ignorancia (“políticas de Estado” o “Pactos de la Moncloa”), ambos han hecho lo necesario para asentar sendos Regímenes hegemónicos y personalistas.

Al menos desde los primeros años 90 Néstor KIRCHNER y Juan Carlos ROMERO coincidieron, sin necesidad de sentarse a una misma mesa, en la tarea de domesticar cualquier asomo de oposición interna o externa. Actuaron, que duda cabe, ayudados por las circunstancias y favorecidos por las abrumadoras debilidades de nuestro sistema constitucional.

La pronta desaparición de “Unidos por Salta” y el posterior estallido del Partido Renovador de Salta (PRS), son dos muestras de una realidad a la que han contribuido tanto las maniobras diseñadas en Olivos como la férrea estrategia desplegada desde Las Costas.

En el caso de Salta, hay que dejar a salvo, no obstante, la honorable conducta política del Partido Obrero y del radicalismo aglutinado alrededor de su flamante conducción encabezada por el señor Alberto ESPECHE.

Pero la supervivencia de estas dos estructuras políticas de cierta solidez, no invalida la reflexión anterior en tanto el Régimen hegemónico descarga sobre ambas todo el peso de su inmenso poder (medios de comunicación, recursos económicos, prácticas clientelares, y ninguneo cotidiano), impidiéndoles avanzar hacia su conversión en auténticas alternativas de regeneración.

2.2 Aquella práctica disolución del sistema de partidos ha transformado a la vida política salteña (por no hablar del espacio nacional), en una puja de personalismos donde todo es decidido por el ejercicio del Poder desnudo de ideas y de valores.

Lo reacomodamientos que se producen en el seno del Segundo Romerismo (una operación política heredera de aquella que, en mi opinión y en 1983, colonizó definitivamente al peronismo local) acreditan sobradamente la afirmación anterior.

Así como en el ámbito nacional y desde hace ya demasiado tiempo el peronismo en sus variopintas expresiones monopoliza la vida política argentina convirtiendo las citas electorales en auténticas macro internas peronistas (unas veces bajo iniciativa del populismo bonaerense, otras a instancias del antiguo partido montonero), el futuro inmediato de Salta aparece como una mera interna del Segundo Romerismo.

Mas allá de los hechos y circunstancias que avalan esta omnipresencia del peronismo (o de lo que adopta el nombre de tal y su simbología), sobresale el curioso discurso que viene utilizando el romerismo ortodoxo (cuya cara visible es el señor Walter WAYAR) para descalificar al líder de la sedicente renovación romerista, el señor Juan Manuel URTUBEY.

En realidad, casi todas las consignas, declaraciones y proclamas hechas por la ortodoxia se articulan alrededor de descalificaciones propias de una querella familiar, cuando no de aquellas toscas y nocivas hermandades del sur de Italia.

Centrar el debate en la real o presunta traición o deslealtad del señor URTUBUY respecto de quien “le diera de comer de su mano”, esconde una visión bárbara de la política.

Adviértase que esta calificación de bárbara no desmerece la eficacia relativa del “argumento lealtad” dentro de una masa largamente educada en la reverencia al Jefe.

Pero, a estas alturas, aparecen evidentes las limitaciones de una campaña (la del señor WAYAR) que gira sobre un eje presuntamente moral: el compuesto por el binomio “traición/lealtad”. Cuando aludimos ahora a estas limitaciones notorias, lo hacemos para poner de relieve la ineficacia de tal campaña, más allá de su intrínseca barbarie.

El argumento bárbaro permite, curiosamente, que el señor URTUBEY (un romerista antiguo y vertical) se presente ahora como un reconvertido, perseguido e injuriado por el aparato ortodoxo, ocultando su identidad -histórica y contemporánea- con el Régimen hegemónico al que, a juzgar por sus antecedentes y por sus dichos hasta aquí, se propone perpetuar en sus esencias.

Las furias de la ortodoxia, tanto cuando apelan a la lealtad como cuando se refieren a la edad del accidental contrincante o a su falta de experiencia de gestión, prestan –paradójicamente- un inestimable servicio al crecimiento electoral del presunto traidor.

Dicho en otros términos: Los ataques desaforados del romerismo profundo al romerismo renovador (en el sentido de que lo que pretende es renovar el régimen, no reemplazarlo por una democracia republicana), logran que algunos sectores independientes, hartos de la dinastía, vean en el señor URTUBUY una posibilidad de cambio. Y, al borde de un ataque de nervios, estén dispuestos a perdonarle sus convicciones nacionalistas y aristocratizantes.

La confusión roza el ridículo cuando, al amparo de la torpe campaña del señor WAYAR y beneficiado por su proximidad con el populismo que lidera el Presidente de la República, el Diputado Juan Manuel URTUBEY se presenta como un líder progresista. Faltaría más.

Cuando el debate se desnuda de los fuegos de artificio que, lejos de alumbrarlo, lo oscurecen, se percibe claramente que cada uno de los dos grandes candidatos del romerismo pretende derrotar al otro para aposentarse en Las Costas y, desde allí, intentar comandar el Régimen.

Una tarea que, dicho sea de paso, no habrá de resultar sencilla a ninguno de ellos en tanto la poderosa dinastía gobernante se reserva poderes esenciales: el manejo de los medios de comunicación; un generoso presupuesto destinado a financiar la buena y la mala política; y su anclaje profundo en el arco formado por los extremadamente pobres y los extremadamente ricos.

A este respecto, la del ex Gobernador Hernán CORNEJO (1987/1991) es una experiencia insoslayable.

Solamente el hartazo de buena parte de la clase media salteña con el Régimen hegemónico y sus excrecencias, explica su tentación de olvidar que el señor URTUBEY y su círculo más íntimo figuraron en las filas del romerismo desde los tiempos del genearca.

(Continuará)

(*) Instituto Salteño de Análisis Político




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