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Salta, 20 de febrero, 113 años atrás

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Escrito por Armando Caro Figueroa, el martes, 24 de abril de 2007 (Ha sido leído 2409 veces)
La lectura del libro de Margarita FLEMING de CORNEJO ("Detrás de los retratos", Salta - 2000) me permite acceder a una estupenda y expresiva crónica del Baile organizado por el Club 20 de Febrero en 1894, y me vence la tentación de someterlo a la consideración de quienes trajinan este sitio.

Extraordinaria magnificencia
Extraordinaria magnificencia
Si bien la ausencia de firma al píe de la crónica me impide identificar a su autor o autora, fácil resulta deducir que se trata de una persona culta, frecuentadora de la buena literatura, allegada a los círculos áulicos que conforman al exclusivo Club 20 de Febrero y, como tal, enterada de primacías, rangos, tramas familiares, y amores actuales y futuros.

La riquísima crónica revela a un sector social autosatisfecho, europeísta en sus gustos, en sus maneras y en sus códigos, poderoso, conciente de la imagen que irradia con vocación ejemplarizante y segmentadora de la sociedad en la que se desenvuelve.

El boato del baile descrito lujosamente en el relato que transcribo mas abajo, no puede sino llamar la atención de quién advierta que, contemporáneamente, Salta era una ciudad casi sin cloacas, con escasas calles pavimentadas, y en donde los avances urbanísticos de la época brillaban por su ausencia.

Cualquiera sea la valoración política o sociológica que se haga de este sector conformado por las familias salteñas así llamadas principales, resulta obligado reconocer su talento para construir, en este valle por entonces enormemente alejado del puerto y de Europa, una “sociedad” de pretensión victoriana, capaz de inventarse a si misma tomando a Paris y a Viena como marcos de referencia cultural y, por consiguiente, independizándose de las aldeas gallegas y de los caseríos vascos de donde procedían sus inmediatos antepasados.

Me permito destacar aquí dos o tres pequeñas curiosidades que llaman mi atención dentro de la crónica.

En primer lugar, la pudibunda referencia a los “refrescos” que se expedían en el bar del Club en la noche de marras; una ingeniosa fórmula que pretende quizá ocultar a los ojos del gran público la resabida preferencia de los clubman por el champagne, el güisqui y otros licores.

La segunda curiosidad tiene que ver con la furibunda crítica que el autor o la autora descarga contra el director de la Orquesta y su repertorio. Extraña aquí el criterio, mas propio de un rastacuero, al que apela el cronista para descalificar a los valses elegidos por Mr. Rabourdín.

La ira le lleva, además, a rememorar algo que debió de queda sepultado en el mas rotundo olvido: la complicidad de las familias principales con la dictadura del primer Juan Manuel (me refiero a Rosas y no a quién en su honor lleva hoy el mismo nombre). Una complicidad que, visto lo visto en Las Costas, parece integrar el código genético de este simpático y a veces errático sector social.

Por lo que se refiere a las descripciones de bellezas próximas a las divinidades griegas y romanas sobresale, no ya el lenguaje florido que sin rehuir del ditirambo encuentra calificativos y metáforas de una sorprendente variedad, sino la incesante vinculación de la hermosura femenina con los caballeros y su presentación como pórtico del amor, del matrimonio y de otras relaciones cálidas (y, naturalmente, endogámicas) entre el hombre y la mujer.

En una muestra de honestidad intelectual y de una cierta apertura pluralista, el panegirista encuentra las palabras exactas para elogiar a las damitas que no encajan dentro del tipo victoriano a quienes presenta como “morenas encantadoras y voluptuosas, verdaderas americanas”.

El tiempo, amigo piadoso, ha evitado lo que para el apasionado autor de la crónica sería seguramente una desagradable sorpresa: Ver en esos mismos salones a jovenes caballeros descamisados y descorbatados, bailando al ritmo de Ricky Maravilla con damitas que a medida que transcurre la noche pierden el encanto del maquillaje.

Para finalizar esta breve introducción, permítaseme una confidencia: Me hubiera resultado grato sobremanera conocer en mis años mozos a las herederas de Delfinita TODD y de María MORS, para, aun desde la distancia que por ese entonces imponían nuestros recíprocos prejuicios, admirar en ellas lo mismo que, contemplando a sus tatarabuelas, deslumbró en 1894 a nuestro ignoto cronista.



EL BAILE DEL 20. Fiesta excepcional

Como es costumbre de muchos años atrás, el Club 20 de Febrero abrió sus lujosos salones el día que señala su nombre, y la fiesta celebrada con ese motivo, ha sido, según la opinión autorizada de las personas que a ella asistieron, de una magnificencia extraordinaria.

El inmenso local era esta vez escaso para contener a las familias de los socios o a lo que vale decir, la totalidad de la alta sociedad salteña.

Los caballeros encargados del adorno del local han respondido debidamente a la misión que con tanto acierto se les confió, pues nosotros hemos podido ver, desde días antes, el empeño que para ello han demostrado

Pocas veces, tenemos que reconocerlo, el Club ha ofrecido un aspecto mas hermoso, y hacía considerar aún mas grandioso, esa unión de la comodidad con el buen gusto, produciendo maravillosos efectos que encantan los sentidos y proporcionan ese bienestar extraño, sinónimo del olvido de todo lo que no sea el lugar y el hecho que se presencia.

Otro tanto podemos significar de la comisión encargada del buffet: el servicio nada ha dejado que desear, y en las seis horas mas o menos que permaneció abierto el salón de refrescos, todos han podido comprobarlo y aun hacer elogios que dicen mucho a favor de aquellos a quienes se dirigían, porque estamos ya acostumbrados a un descuido completo en esta parte tan importante en nuestros recibos.

Un poco antes de las 11, estando ya casi llenas las salas, la orquesta comenzó la ejecución de nuestro hermoso Himno Nacional, que fue oído con esa emoción singular que siempre han producido en los argentinos sus sublimes notas, sea cualquiera el terreno y la situación de espíritu en que se encuentran.

Y esta vez mucho más solemne debió parecernos: era escuchado de pie por un conjunto de respetables damas y hermosas niñas que hacían evocar la imagen de la Patria, grande y esplendorosa, como allá en los comienzos de nuestra historia.

Terminado este acto, dióse principio al baile y en un momento más, era casi imposible transitar en el gran salón.

Luego de brindar la nómina de los asistentes (que aquí suprimimos por razones de brevedad), sentimos la necesidad de entrar en otros detalles, satisfaciendo la promesa hecha a más de una preciosa niña.

Vamos por orden:

La hermosas y distinguida señora de Güemes llamaba la atención y se hacía admirar un magnifico traje negro que daba mayor realce a su nívea blancura; hacíanos recordar sus lejanos tiempos en estos salones.

Iguales conceptos debemos formar respecto a la hermosa señora de Solá, a las de Cornejo, Arias, Corvalán, etc., a quienes podemos estar reconocidos, porque su presencia en esta clase de reuniones, da a las fiestas un carácter de seriedad, de elegancia y de buen tono inapreciables. Ojala que la costumbre se perpetúe y podamos hacer idénticas manifestaciones en análogas circunstancias.

Pasemos a lo ideal:

Delfinita Todd, bella como la imagen mitológica de la Venus de Milo, obtiene a su paso murmullos de admiración, como todo lo que sobrepasa el nivel ordinario, la monótona vulgaridad, haciéndose acreedora de las más puras manifestaciones de simpatía. Cualquier espíritu, sin ser de los privilegiados, habrá de cautivarse a la sola presencia de tan hermosa creación, de contornos tan exquisitos; y si la mirada une el conocimiento de sus envidiables dotes morales, podrá llegar a una incondicional adoración.

Recuerda la poética leyenda cristiana del ángel de la guarda, enviado al hombre para guiarlo por la senda del bien, enseñándole a amar y bendecir el don de !a existencia. Su misión ha de ser esa en la tierra y más de un corazón sensible, al contemplar tan arrobadores encantos, lamentará no ser el elegido de criatura tan soberbia. Nosotros se lo deseamos así a nuestro pobre amigo, pero, infelizmente, creemos no estará colocado en terreno firme.

María Mors estaba en su gran día. Pocas, muy pocas veces, la hemos contemplado tan hermosa, tan atrayente. Ese rostro de. ángel de líneas perfectas, inspira sentimientos purísimos, arrebatándonos lejos del mundo material para colocarnos en la plácida región de los ideales. Nosotros, los descreídos por excelencia, al contemplarla, ante la verdad innegable, tenemos que aceptar la existencia de esos ángeles y querubines que rodean el trono del Altísimo, porque si han sido enviados a esta tierra de lágrimas, con mayor razón han de habitar la mansión serena del padre de los hombres. Y si nosotros, meros espectadores, experimentamos impresiones tan profundas, qué ha de quedar para el que, feliz a su lado, obtiene la preferencia, como el predilecto los dioses en la fábula griega.

Lía Linares, de soberbia belleza e ideales formas, no tiene rival. Al verla cruzar el salón, con moderado paso, como desafiando todas las miradas, se hace contemplar involuntariamente, aún por los más indiferentes; y los que están cerca, los que la siguen con atención, tienen que declararse dominados ante tanta luz. Atrae con la atracción inevitable del abismo, produce el vértigo, algo así como los delirios paradisíacos pintados con mano maestra por nuestro inevitable Andrade en su poema sobre la creación.

Merceditas Ortiz, Anita Uriburu y Ester Leguizamón: qué conjunto, qué luz. Tres personas distintas y una sola verdad: amor. Talle gentil, mirada de diosa, la primera; ojos enloquecedores, soberbias formas, la segunda; andar de reina, líneas purísimas, la tercera. Cautivaron todos los corazones e inspiraron a más de un espíritu, ideas y propósitos propios de regiones más elevadas.

Amalia Austerlitz, María López y Elena Abrego, nos producen algo como un desvanecimiento rápido, como un sueño agradable y fantástico; porque difícilmente ha de encontrarse una trinidad tan hermosa: Amalia es hada, María es pasión, Elena es idealidad. Conste.

Clara Klix, Petrona Mors, Luisa Cornejo, hacen amar la vida y pensar en la posibilidad verdadera; porque quién no ha de sentirse dichoso si puede contarse entre los elegidos de tan singulares creaciones, de conjuntos tan armoniosos de belleza, formas y cuanto puede ofrecer a nuestra contemplación esa preciosa mitad del género humano.

Julia Dousset, Anita Fleming y Elvira Patrón, nos han probado una vez más que no es sin razón el concepto de que de ellas se la formado; estuvieron preciosísimas, y si nos fuera lado ser indiscretos, haríamos conocer a nuestros lectores las impresiones recibidas por ciertos conocidos nuestros, amigos y verdaderamente adoradores de lo bello.

Laura Peretti, María González y Mamerta Cornejo, han conseguido verdaderos triunfos esa noche y cautivado la atención de sus numerosos admiradores.

Agustina Abrego, Elisea Ovejero y Amalia Casablanca, morenas encantadoras y voluptuosas, como verdaderas americanas, hicieron nacer más de una pasión volcánica, que tarde o temprano, según nos lo aseguran, producirá resultados prácticos.

La extensión de nuestra publicación nos impide, con gran dolor, presentar el resultado de muchas otras impresiones recibidas; pero antes de concluir -porque de lo contrario sería un cargo de conciencia, un remordimiento eterno-, tenemos que ofrecer este último ramillete:

Elena Ortiz, Elvira Oliva, María Apatié, tres capullos, tres promesas no lejanas de incomparable belleza. Hay algo en esas tiernas niñas que obliga a contemplarlas, a creerlas de una raza superior, porque la naturaleza ha sido pródiga por demás en sus dones. Tienen el encanto de lo desconocido; recuerdan esas producciones pictóricas de los grandes genios, mezcla de ideal y divino, de luces y armonías celestes. No transcurrirá mucho tiempo, sin duda, en que las encontraremos actuando en nuestros salones y entonces….

No queremos terminar estos apuntes sin dejar constancia, una vez más, de los abusos incalificables de Mr. Rabourdín, el director de la orquesta vitalicio, a que están nuestros oídos condenados. Su repertorio, más viejo que la música, ya nos produce bostezos. Un curioso observador nos hizo notar que uno de sus grandes wals fue el lujo de un concierto que se realizó en Esteco, y que con uno de sus lanceros se bailó en el 52, cuando se suprimió el moño colorado del traje de nuestras damas...

Con esto queda dicho todo.

Febrero 21 de 1894.



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