Escrito por Graciela Cabrera - Del I.S.A.P. (*), el martes, 24 de abril de 2007 (Ha sido leído 2455 veces) La 'condición salteña', entendida como ese conjunto de experiencias vitales que atesoramos por haber nacido en esta tierra, imprime un fuerte carácter a casi todo lo que nos rodea. Nos consideramos tan singulares que somos capaces de alardear de tener nuestras propias interpretaciones de categorías y conceptos universales como los de salud y enfermedad, riqueza y pobreza, democracia y dictadura o limpieza y suciedad.
La discutida 'condición salteña' se empeña en exacerbar nuestros rasgos diferenciales, sin reparar en que 'demasiada diferencia' nos aleja del mundo y nos condena a un aislamiento que, en un concierto internacional cada vez más estrecho e integrado, supone un retroceso sumamente preocupante.
Un sistema político ‘especial’
Algunos salteños celebran el carácter ‘especial’ de nuestro sistema político y consideran 'normal' el que, de los 24 años que dura ya nuestra democracia, un solo partido político haya gobernado 20 años (83,4%) y una misma familia 16 (66,7%).
Estas cifras, que no resistirían ningún test democrático en cualquier país del mundo, son consideradas en Salta, incluso, como un rasgo afirmatorio de nuestra saludable 'particularidad' política.
Ejemplo histórico
 François Duvalier y su hijo Baby Doc Es difícil encontrar en la historia de las modernas democracias casos parecidos al salteño, lo que en cierto modo refuerza esa sensación de 'particularidad democrática' que tanto entusiasma a algunos.
Pero esta ilusión se desvanece cuando comprobamos que no es la historia democrática sino la de las dictaduras la que nos dibuja un caso prácticamente idéntico: el de los 29 años que gobernaron Haití, con mano de hierro, el dictador François Duvalier y su hijo Jean-Claude, entre 1957 y 1986. Quizá no venga al caso recordar que Papa Doc accedió al poder ganando unas elecciones presidenciales democráticas y que, con el tiempo, transformó su mandato en vitalicio y, además, hereditario.
Nuestra docilidad ciudadana es también haitiana
Pero realmente ¿cuántos son los salteños que se dan cuenta de que esta espeluznante estadística representa un insulto a la inteligencia de los ciudadanos? ¿Cuántos son los que ven en las prácticas nepotistas del régimen y en su férreo control de los medios de opinión pública una amenaza a la vigencia real de las libertades públicas?
El recambio gubernamental que se producirá tras las elecciones provinciales de 2007 podría ser una buena oportunidad para responder a estas preguntas. Pero todo indica que los salteños, una vez más, desaprovecharemos la cita electoral para expresar nuestra disconformidad con un sistema que utiliza el sufragio popular para dirimir querellas entre pequeñas tribus políticas sin cuestionar la legitimidad de las más grandes.
Las elecciones que se avecinan
Muchos de nuestros comprovincianos se empeñan en presentar a las próximas elecciones como un perfecto ejercicio democrático, sin reparar en que para que puedan ser consideradas de tal modo, además del sufragio libre, se requieren por lo menos dos condiciones imprescindibles: La elección entre alternativas reales y la posibilidad, también real, de que las minorías políticas puedan convertirse en mayoría en cualquier momento.
Ninguna de estas reglas, por supuesto, se cumple en Salta, en donde a pesar de ello el rótulo de “democracia” sigue colgando de las solapas de los jerarcas de la nomenklatura salteña de la misma forma que lo hacía del cuello de los miembros de la gerontocracia en la antigua República Democrática Alemana.
El 'voto pasional' al que nos obligan las larguísimas campañas electorales y los personalismos propios de una sociedad que históricamente ha privilegiado la confrontación de 'personalidades' por sobre la confrontación de 'ideas', hace inútil la formulación de programas electorales e impide una comparación racional entre propuestas políticas, en principio, diferentes.
La agitación que precede al acto electoral, producto de una calculada manipulación de los medios de comunicación, obliga a que los ciudadanos se conviertan en una suerte de psicólogos que intentan desentrañar los rasgos de la personalidad de los candidatos, más que en electores racionales.
Un enfrentamiento duro, pero no tanto
El enfrentamiento, ahora abierto y aparentemente sin reglas, entablado entre los candidatos Walter Wayar y Juan Manuel Urtubey es presentado interesadamente a los ciudadanos como una dura puja entre opciones políticas de signo muy diferente, cuando la realidad indica que se trata sólo de una discrepancia de tono menor por el control de los resortes de un régimen de poder que ha sido diseñado y consolidado por una visión política más amplia que la que sustentan cualquiera de estos dos candidatos.
Ambos contendientes se desvelan por transmitir a los ciudadanos la idea de un verdadero ‘recambio en el poder’, cuando lo que está en marcha no es sino una operación para que el poder de corte oligárquico que ha colonizado las instituciones de la Provincia durante los últimos 20 años, se refuerce, se acentúe y se acreciente en las sombras, al amparo de una inmunidad ya pactada con ambos aspirantes.
Para ganar las elecciones, cada uno de ellos ha elegido el camino que consideran más fácil: el de atrincherarse en la defensa de las conquistas del régimen y el de prometer conservar lo construido, el uno, y el de enarbolar la bandera del cambio con justicia social, el otro.
Pero ¿qué hubiese ocurrido si el régimen romerista no hubiese dejado impagada la altísima factura social que convierte a Salta en uno de los espacios más pobres del país?
La respuesta parece sencilla: el oportunismo de su aparente oponente le habría forzado a sustentar posiciones más conservadoras, de cuño nacionalista y elitista, más cercanas a su propia forma de pensar.
Los embates de uno, las carencias del otro
Ninguno de los aspirantes necesita ser muy listo para darse cuenta de que toda elección que bien se precie se resuelve en una tensión entre la conservación de lo que hay y el cambio. Sin embargo, a pesar de que ambos se reconocen como partes del mismo entramado de poder, uno de ellos ha optado por presentarse a la ciudadanía como lo que no es, es decir, como un actor ajeno al régimen al que denuncia. Hay en la postura del señor Urtubey una insanable incongruencia de partida.
Del otro lado, la seguridad en el control del aparato oficial parece conducir a una especie de relajación de reflejos que no enmascara un profundo desprecio por la actitud de su rival. Parece extraño que políticos rodados como los que conforman el estado mayor electoral del señor Wayar desconozcan una de las claves del justicialismo salteño del último cuarto de siglo: que la apelación al folklore peronista no es suficiente para ganar las elecciones.
Por ello es que suenan y son insuficientes las tachas de ‘traidor’, ‘advenedizo’ o ‘inmoral’ con que el entorno de Wayar pretende descalificar a la figura de Urtubey. No sólo son insuficientes estos argumentos sino también peligrosos, en tanto ninguno de los jerarcas del oficialismo romerista, comenzando por su gran jefe, están a salvo de que alguien (o muchos) les endilgue estos mismos calificativos.
Todo indica que el entorno de Wayar apuesta a la campechanía de su líder y a su “experiencia” en los primeros planos institucionales para frenar la acometida de su oponente, sin advertir que en los cimientos de la candidatura de Urtubey existen componentes de una derecha nacionalista, reaccionaria, intolerante y oligárquica que son no sólo frontalmente contrarios al “talante” progresista con que enmascara su discurso, sino difícilmente encajables -incluso- en ese puzzle multi-ideológico que es el peronismo contemporáneo.
(*) Instituto Salteño de Análisis Político
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