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Un soplo de aire fresco

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Escrito por Guillermo Lascano Quintana (*), el miércoles, 25 de abril de 2007 (Ha sido leído 2505 veces)
Con la alianza conformada por los seguidores de Elisa Carrió y los partidarios de Jorge Telerman, para sostener la candidatura de este último a la jefatura de gobierno de la ciudad de Buenos Aires, se percibe en la política argentina un soplo de aire fresco y a la vez moderno. Si a ello se suma la postura de Ricardo López Murphy reclamando, con energía renovada, el respeto a la Constitución Nacional, como deber primero de la sociedad y los gobiernos de la República Argentina, se pueden tener esperanzas de que el futuro será mejor que el pasado y que el presente.

Elisa Carrió
Elisa Carrió
He sostenido varias veces que lo único que garantizará paz y prosperidad, a los argentinos, es el respeto, a rajatabla, del orden legal que, en teoría, nos rige y sus consecuentes principios éticos y económicos, basados, principalmente, en la libertad.

La modernidad, que agrego como rasgo distintivo de aquella alianza, se basa en los esfuerzos hechos por varios de quienes la conforman, para encontrar puntos de coincidencia, que, otra vez, son, a mi juicio, el compromiso por el fiel cumplimiento de las normas legales instauradas para el funcionamiento de las instituciones, sin mengua de las distintas posturas que tienen sus integrantes y además, por la generosidad de admitir en su seno a ciudadanos con antecedentes disímiles, lo que demuestra su amplitud de miras.

La renuencia de Mauricio Macri y las agrupaciones que sostienen su candidatura, a sostener, sin titubeos, la imperiosa necesidad de respetar el orden jurídico y a pronunciarse cuando se lo vulnera, desde el gobierno o desde la ciudadanía, es un lastre del que aún puede desprenderse. Si ello sucediera y las elecciones que se celebrarán en junio, en la ciudad de Buenos Aires, significaran un avance de la oposición y una derrota del oficialismo, estaríamos frente a un panorama auspicioso para las elecciones del octubre.

Todo lo dicho sin perjuicio de las diferencias que existen entre las posiciones ideológicas de Macri y Carrió, que subsistirán y es sano que así sea. Porque el enemigo de la república democrática es el gobierno nacional y sus aliados. Todo lo que se haga para derrotarlo o limitar su poder, es bienvenido.

Tampoco debe caerse en puerilidad de creer que el triunfo de la oposición significará, en si mismo, la solución de los problemas que aquejan a la ciudadanía. Las dificultades son inherentes a la condición humana. Lo que hay que hacer es procurar enfrentarlas e intentar resolverlas, con sensatez y equilibrio y para ello hay que respetar las formas, entre las cuales, reviste particular trascendencia, el escrupuloso respeto de las libertades, el funcionamiento armonioso de los poderes del Estado, la tolerancia con la disidencia.

Sería deseable, finalmente, que las diferentes opiniones políticas pudieran discutirse de un modo civilizado con el fin de que todos coadyuven a la difícil y a la vez cautivante tarea de construir una nación, que implica un proyecto de vida en común, lo que implica comportarse con grandeza de miras.
Para cerrar esta apelación a la magnanimidad deseable en nuestros dirigentes, quiero recordar lo siguiente.

En 1868 gobernaba Domingo Faustino Sarmiento y era Ministro de Relaciones Exteriores Mariano Varela. Éste había sostenido, ante el Imperio del Brasil, que la victoria en la guerra contra Paraguay (que todavía no había concluido y que sostenían desde 1865 la Argentina, Brasil y Uruguay) no otorgaba derechos a los vencedores. Bartolomé Mitre y sus partidarios, que militaban en la oposición, protestaron por esa declaración y ello generó un enfrentamiento con el gobierno.

Sarmiento, entonces, convocó a una reunión del gabinete de ministros, a la que invitó a Mitre, para que expusiera su opinión. Ella era que el principio señalado por Varela no podía sostenerse cuando para lograr la victoria el país se había comprometido en una guerra no provocada. A raíz de esa opinión el gobierno anunció que estaba dispuesto a rectificar su política (lo que motivó la renuncia de Varela) y la rectificó. Esa decisión aseguró los derechos de la Argentina sobre el Chaco. Así se gobernaba en aquellos años durante los que se creó la Nación.


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