La pobreza del debate político salteño (2ª Parte) |
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Escrito por el miércoles, 25 de abril de 2007 (Ha sido leído 2518 veces) 1. Las elecciones generales como oportunidad Más allá y por encima de las ya analizadas carencias del debate político iniciado en Salta para preparar los próximos comicios, es dable pensar que estas elecciones podrían constituir una oportunidad para sentar las bases que nos lleven a mejorar nuestras instituciones. Podría, también, ser este un momento propicio para elevar la cultura política de la ciudadanía. Naturalmente, el que estos efectos benéficos se produzcan o no, habrá de depender de que los líderes políticos eleven el tono de sus debates, haciendo un alto en sus querellas minúsculas. Pero dependerá también de la capacidad de los otros actores sociales (como los intelectuales, los profesionales, las organizaciones no gubernamentales, sindicatos y empresarios) para asumir -y exigir que los demás asuman- posiciones constructivas. 2. ¿Dónde puede nacer una alternativa de progreso para Salta? Antes de presentar los asuntos y criterios que, en mi opinión, constituyen los ejes y la agenda de una alternativa de progreso suficientemente contemporánea y realista (en el sentido de que tome en consideración el punto de partida y los recursos existentes), conviene analizar las posibilidades de que esta alternativa sea encarnada por alguna de las dos vertientes del Segundo Romerismo. A mi entender, la respuesta al interrogante del párrafo anterior ofrece poco márgenes de duda. Las cosas están muy claras, al menos para quienes creemos que una alternativa de progreso para Salta es aquella que permita a todos los salteños vivir dignamente en una República Democrática, integrada en el mundo y, obviamente, en la Nación Argentina. La trayectoria y los discursos de los dos candidatos del Segundo Romerismo (los señores Walter WAYAR y Juan Manuel URTUBEY), bastan para situarlos fuera de cualquier posibilidad de imaginar, construir y llevar adelante aquella alternativa de progreso. El hecho -indubitado- de haber formado, bien que con distintas responsabilidades, parte del mismo Régimen Hegemónico por tan largo tiempo, los inhabilita para liderar el imprescindible proceso de regeneración republicana y democrática de Salta. Aunque son pocos los casos en donde los herederos de regímenes no democráticos se han encargado de abrir las puertas a la libertad (el caso del ilustre español Adolfo Suárez es uno reciente y significativo), pienso que ni un anacrónico “milagro” podría hacer de cualquiera de ambos candidatos emergidos del romerismo agentes capaces de sepultar el Régimen de donde provienen y a cuyo amparo hicieron sus carreras políticas. En resumen: Si bien, lamentablemente, nadie puede -ahora mismo- aseverar que la anhelada (por muchos) alternativa de progreso exista con la fuerza necesaria para sacarla del terreno de la mera especulación doctrinaria situándola en el horizonte de lo posible, tengo la certeza de que la misma estará en cualquier parte menos en el seno del Segundo Romerismo. Más concretamente: ni el señor Walter Wayar ni su ocasional contrincante, el señor Juan Manuel Urtubey, son los portadores de las ideas ni de las banderas de la Salta republicana y democrática. 3. El Estado Asistencial – Clientelar Permítaseme un breve paréntesis para consignar que, entre otros aciertos innegables, el Régimen ha construido un Estado Asistencial (que no de Bienestar) de apabullante eficacia. Y lo ha hecho, conectándolo con las más depuradas y reprobables prácticas clientelares. El Segundo Romerismo extrajo lecciones de la reciente historia política salteña bajo los Gobiernos del señor Roberto Romero y del Capitán Roberto Ulloa, leyó detenidamente las encuestas que expresan las esencias de la Salta Dual (con una mayoría sumergida en la pobreza), y aplicó talentos dignos de mejor causa a erigir el sólido edificio del Estado Asistencial – Clientelar. Utilizó, para sus fines, una de las ideas de la moderna política social: la segmentación de las ayudas. El Régimen advirtió que las rudimentarias herramientas anteriores (distribución de zapatillas y chapas antes de los comicios; entrega periódica de bolsones de alimentos; asignación de pensiones graciables; entrega personalizada de leche o medicamentos, etc.) no garantizaban resultados perdurables. En consecuencia, multiplicó el número de programas, de oficinas y de redes. Así fue como el clásico Plan de Ayuda a Mayores Carenciados, entre otros, se dividió en razón de determinadas características de la “población objetivo”, dando origen, por ejemplo, a una oficina dedicada a atender a los mayores carenciados que son miembros de las etnias aborígenes (colla, wichi, etc.). La apelación a este criterio moderno no alcanza, ni de lejos, para absolver a las prácticas del Segundo Romerismo del calificativo de clientelares, ni para hacerlas compatibles con una política social democrática. En primer lugar, porque ninguna de esas políticas se propone integrar a las personas con dificultades (pobreza, violencia familiar, embarazos infanto-juveniles, desempleo, adicciones, marginalidad, dependencia, minusvalías), sino simplemente acercarles lo imprescindible para que subsistan en condiciones de precariedad abierta y permanente. Por la sencilla y cruel razón de que el Régimen sabe que la integración social de los pobres y marginados acarrearía su desaparición como masa de maniobras electorales. La extinción de los clientes daría paso, mecánicamente, a la emergencia de ciudadanos autónomos, enemigos mortales del autoritarismo, de la corrupción, de la mentira, de los abusos de poder y del boato principesco. En segundo lugar, porque en la ejecución de cada uno de estos programas asistenciales el Régimen ha incorporado los resortes que le garantizan contar con la voluntad política de los asistidos. Nadie que conozca su despliegue en barrios y villas ignora que el Estado Asistencial Clientelar salteño está íntimamente vinculado a la enorme estructura movilizadora con que cuenta el Régimen Hegemónico. (Continuará) Más artículos de la categoría Política |






