La revista 'Claves' de Salta y el papel de la palabra

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Escrito por Andres Gauffin, el martes, 01 de mayo de 2007 (Ha sido leído 3897 veces)
El 6 de febrero de 1992 apareció en Salta el primer número de la revista “Claves”, publicación que este mes de mayo editará su número 159. Las características de esta publicación mensual, la diversidad de temas y colaboradores y su continuidad en el tiempo, hacen de “Claves” un caso excepcional en una historia de 182 años de publicaciones periódicas de Salta.

Revista Claves
Revista Claves
De esa importancia y sus rasgos da cuenta “En-Claves político culturales en un periódico independiente”, ensayo de Marta Ofelia Ibáñez, que recibió el primer premio del Certamen Literario Benito Crivelli 2006 y que acaba de editar Pro Cultura Salta. El texto de 130 páginas fue presentado el miércoles 25 de abril de 2007, con la presencia del fundador y director de “Claves”, Pedro González. También habló en este acto comentando este libro, la escritora Gloria Lisé. Publicamos aquí el texto con el que Andrés Gauffin presentó este libro (Iruya.com).

De tiros y palabras


"La revista cultural “Ñ”, del diario Clarín, titulaba el año pasado en una edición en homenaje al periodista Rodolfo Walsh algo así como “Palabras como tiros”. La metáfora, a mi juicio, era desafortunada y sólo se justificaba por una especie de mitificación de la violencia en política. Si una metáfora descubre alguna relación entre dos objetos ¿Qué hay de común entre una palabra y un tiro?

Sabemos, sin embargo, que hay palabras que tienen el exclusivo objetivo de quitarle el uso de la palabra –la palabra pública- al adversario. La “amenaza” –argumento de la fuerza- y el argumento contra el hombre- son dos formas de coartar el uso la palabra de aquellos a quienes está dirigido el ataque.

Si la amenaza tiene efecto, entonces la sociedad –aunque no lo note, o no se escandalice por ello- retrocede siglos, se convierte en un campo de batalla en donde los objetivos políticos sólo se logran por medio de la fuerza o al menos por la exhibición de una fuerza real o ficticia. En su libro Marta Ibáñez nos describe una sociedad violenta, la salteña del momento de la dictadura.

“Es probable –dice la autora de “Enclaves político culturales en un periódico independiente”- que en Salta los debates entre los intelectuales no tomaran estado público ni trascendieran por restricciones de diversa índole –sociales, culturales, la falta de un medio para la difusión, la (auto)censura-, pero también porque el Proceso Militar sacude a un campo intelectual que estaba en expansión y donde se estaban consolidando abiertamente identidades políticas de signo diferente a las que habían dominado en una sociedad con residuos feudalistas y oligárquicos”.

Una sociedad enmudecida


No había debate durante el Proceso porque en Salta –como en el resto de la Argentina- la política se hacía fundamentalmente mediante el ejercicio de la violencia. Marta Ibáñez describe esa violencia: la expulsión o denuncia de docentes, la desaparición de libros de la Biblioteca de Humanidades, la explosión de una bomba que forzó la salida del entonces rector, Holver Martínez Borelli y, fuera del ámbito exclusivamente universitario, la desaparición de Miguel Ragone poco antes del golpe, la masacre de Palomitas, luego.

Cuando los tiros arrecian, se acaban las palabras, se cierran los debates.

No hay debates públicos en una sociedad en la que predominen los feudos, las estratificaciones inconmovibles, los intereses de facciones, grupos estos que ven, en la libre expresión del pensamiento y en el debate público de las ideas un primer e inaceptable cuestionamiento a la sociedad desigual de la que se benefician.

Hay debates públicos cuando en una sociedad predomina la idea de que hay intereses comunes, no los hay cuando una sociedad se percibe dividida en castas irreductiblemente diferentes entre sí. El debate público tiende a democratizar la sociedad: a hacer percibir a sus integrantes que son, fundamentalmente, iguales. La descripción de la violencia durante la dictadura militar sirve a Marta Ibáñez para resaltar la singularidad de una revista como "Claves" que, tras una década de gobiernos constitucionales, “forma y consolida una cultura política”.

Un horizonte cultural compartido


En su libro, el término política designa, según su propia definición “un espacio de intercambios discursivos donde los actores sociales que comparten un mismo horizonte de vivencias históricas, culturales pueden, transformar, influir, condicionar, ratificar a través del uso del lenguaje sus opiniones, expectativas, visiones”. Política no elude, según lo define Ibáñez, “el empleo del término como denominación de las ideologías partidistas o históricas”.

En realidad, además de definir el término política, lo que Ibáñez está haciendo allí es la descripción de lo que, a su juicio, hizo "Claves" durante el período que estudió. Para Marta Ibáñez, la revista fue un espacio en donde escritores, académicos, periodistas, que compartían un mismo horizonte cultural, buscaron, mediante el ejercicio de la palabra, cambiar opiniones, expectativas de los miembros de la sociedad en que vivían.

Si, como acertadamente Marta dice, "Claves" formó una cultura política en Salta, no fue primeramente gracias a los contenidos de los artículos que publicaba, sino al hecho de haber generado un espacio y haber dado a muchos “interesados” en las cuestiones comunes la oportunidad de pensar y expresar su palabra. Me cuento, ocasionalmente, entre uno de ellos.

Desinterés por pensar y debatir


Incentivado por la lectura del libro uno se pregunta ¿cómo puede funcionar una sociedad si sus miembros no tienen el más mínimo deseo de pensar y debatir sobre cuestiones comunes? En tiempos democráticos como el que vivimos, lo más grave no son tanto las ocasionales censuras que puede ejercer un poder, sino el desinterés de los ciudadanos por pensar y debatir.

En palabras de Marta Ibáñez, “la historia nos ha enseñado que el monocultivo empobrece hombres y tierras: la expoliación del pensamiento estrecha los horizontes de la cultura y despoja a los sujetos que la habitan de la capacidad más preciada: la libertad de pensar y de elegir, el desarrollo de una conciencia de su tiempo”.

Agrego personalmente algo más: si bien es cierto que una sociedad desigual y estratificada puede ver en la libertad de pensamiento y en el debate público de ideas una amenaza a los privilegios, también es cierto que en una sociedad hipotéticamente igual la libertad de pensamiento y de debate no son lujos prescindibles. No es lo mismo sociedad igual que despotismo. Tocqueville decía: la prensa es el instrumento democrático de la libertad.

Pluralidad de textos


Dice también la autora de “En-claves políticos culturales de un periódico independiente”, que la cultura política de la revista no excluye una postura ideológica partidaria o histórica. Creo que también Pedro González diría que aún no está del todo claro si la orientación peronista de la revista es una virtud o…un defecto.

Pero, a pesar de una orientación tan explícita, Marta Ibáñez afirma que “una de las apuestas fundamentales del periódico consiste en la polifonía ideológica de los actores sociales que, desde diferentes prácticas sociales, fueron dibujando el rostro o los rostros de la Salta de los ´90, y en la pluralidad textual que apunta a la formación de una conciencia histórica”.

Algún comentario al respecto. Por un lado una orientación política explícita es cosa que hay que reconocer: no es primariamente ni una virtud ni un defecto. Es algo necesario. Ya algunos estamos prescindiendo de los partidos para hacer política, no podemos cometer la locura de prescindir también, en nombre del pragmatismo, de las ideas políticas.

Por una cultura política abierta


Una revista que dice cuáles son sus ideas políticas, pero que no se circunscribe a un exclusivo círculo de lectores partidarios está, efectivamente, fomentando una cultura política abierta, no facciosa, que ve en la diversidad –en este caso diversidad política, diversidad de ideas- no un peligro, sino una riqueza.

Por otro lado, tomada una posición política, una revista como "Claves", puede y creo que debe, abrirse a ideas y perspectivas diferentes que las propias. Esto no debería ser una adhesión abstracta a la apertura, sino un convencimiento de que incluso las posturas más firmes, más profundas de un medio, son estériles e insignificantes si no se contrastan, si no se comparan, con otras que circulen en la sociedad en la que se publica esa revista.

Debe haber pocas cosas tan desalentadoras que un predicador solitario en una plaza pública. O un candidato echando su discurso ante un auditorio contratado para responder sólo con aclamaciones. Como cuando para hacer un fuego el hombre primitivo hacía rozar dos piedras, para que una idea tenga chispa, para que sea efectiva –y que no sea la exposición vana de un intelectual ni el monólogo de un político-, necesita rozarse con otras.

Por otro lado, es utópico pensar en la apertura total de un medio. Lo veamos desde el punto de vista de un lector. Los textos que lee en "Claves" son significativos en la medida en que, por un lado, expresan una posición política, y por otro están abiertos a otras ideas no necesariamente subordinadas a ese ideario político. Sin embargo, ese lector encontraría ininteligible un medio que publique todos los artículos que le llegan, sin aplicar algún criterio de selección, tarea que, obviamente, significa exclusiones.

El hecho de que "Claves" continúe siendo leída por muchísimos salteños después de más de una década de su aparición significa que la revista ha hecho una fructífera combinación de ideas políticas propias y de apertura.

Uso político de la tradición


Por otro lado es significativo que Marta Ibáñez haya encontrado el tema polémico de la tradición uno de los núcleos que el periódico pone al descubierto no sólo en el ámbito literario. No sólo en el ámbito literario, sino también en el ámbito político, agregaría yo.

La tradición se ha transformado en un concepto político, en una provincia donde, como describe muy bien la autora, “el gaucho salteño ha sido investido de un carácter ejemplar y se erige en modelo de identificación, depositario de la quintaesencia de lo salteño”. No se puede formar una cultura política en Salta, si no se toma a la tradición y a las tradiciones como objeto de pensamiento, de reflexión, de debate.

Un concepto restringido de la tradición tiende a hacer pensar a los salteños que “su” cultura tiene una raíz local, provinciana, y que lo que viene de un hipotético “afuera” es un añadido prescindible. La lectura de "Claves" tiende a hacer pensar al salteño, por el contrario, que “su” cultura es una herencia universal, que incluye, obviamente la tradición regional. No hay en "Claves", como lo sugiere Marta Ibáñez, una separación entre cultura salteña y una cultura universal.

Acallar la actitud crítica


Por otro lado, el culto a la tradición ha sobre dimensionado el sentimiento del orgullo y la actitud de la lealtad, con lo que se tiende a acallar la actitud crítica. ¿Y qué cultura política puede formarse sin distanciamiento, sin crítica?

Este culto a la Tradición asoció en Salta la idea de obras culturales con la de monumento. Muchos salteños, por ejemplo, aspiramos a escribir un libro monumento, para “la memoria y el tiempo” como diría el personaje de un cuento de Borges. La “obra monumento” es aquella que sólo recibe culto, y que no está sometida a la crítica.

El hecho de que Marta Ibáñez haya elegido como objeto de su reflexión una revista publicada en papel cada mes, nos está diciendo que la cultura no se construye tanto con libros monumento, con sonetos cincelados sobre el mármol, como quería ese personaje borgiano, sino con periódicos que, además de ejercer la crítica, están a si vez sometidos a la crítica.

No es el elogio, la alabanza, lo que hace que un artículo, o una selección de artículos perduren en el tiempo, sino el hecho de ser leídos, pensados, juzgados, incluso descartados: esa tarea cotidiana que no tiene escenarios es fundamental para hacer cultura.

Pobreza de los discursos


Una ciudad crece cuando aumenta el número de sus voces, cuanto más se intercambian esas voces. Con esta “literatura menor” como se le ha llamado a los textos periodísticos, no destinada a una consagración canónica, sino a la mundana lectura y crítica, se construye una sociedad democrática. No tanto con las obras de grandes sabios destinadas a la veneración: este es el espacio que Marta Ibáñez ha visto en "Claves".

Este libro se publica en momentos en que en la provincia se ha largado una campaña electoral en la que, otra vez, parece que asistiremos al pobre espectáculo de discursos lanzados por parte de candidatos que no tienen tanto la intención de expresar ideas, ni mucho menos de debatirlas, sino la explícita intención de demonizar, descalificar a un enemigo.

La constancia, la persistencia de un medio cultural como "Claves" nos dice que, más acá de esos discursos de barricada, existe un incipiente debate en Salta sobre las cuestiones públicas que no está determinado por las urgencias electorales y que, por tanto, utiliza la palabra no para destruir a un tercero, sino para incluirlo en un debate que no puede cerrarse nunca.

“En-Claves políticos culturales en un periódico independiente” nos dice que nos hizo falta "Claves" y nos seguirá haciendo falta. Pero nos dice también que nos hacen falta más revistas que, aunque tengan explícitas y distintas posturas políticas, sean lo suficientemente abiertas para hacer rozar sus palabras con la de otros.

Nos hacen falta también libros como “Enclaves políticos culturales” para seguir dándonos cuenta que una sociedad democrática sólo se construye con esa tarea de leer, pensar, opinar, escribir y debatir", concluyó Andrés Gauffin.


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