Eduardo Falú: "Tejí clásico con popular" |
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Músicos y poetas“Cuando cumplí 14 años mis padres decidieron trasladarse a la ciudad de Salta. Allí ingresé a la Escuela Normal. En 1944 hice el servicio militar en el Regimiento Quinto de Caballería. En esos años mi interés por la guitarra se transformó en una vocación que comenzó a sentir la necesidad de pulirse, de profesionalizarse”, explica Falú. “En ese tiempo los peluqueros solían tener guitarras. Entre corte y corte, la tocaban. Recuerdo a don Odilón Isidoro Rasguido, que en los últimos años de su vida tenía una mimbrería en calle Deán Funes al 300. Me acuerdo de Corvalán, que tocaba el mandolín; del maestro Díaz, pintor de brocha gorda. El Payo Solá y el Dúo Gauna García eran estrellas, entonces”. Por esos años Falú conoce a los hermanos Arturo y Jaime Dávalos, hijos del poeta y escritor Juan Carlos Dávalos. Luego, en torno a la hospitalidad de los Marrupe, se sumaron los poetas Manuel J. Castilla, José Ríos y Roberto Albeza. Es posible que ninguno de ellos imaginara que, con los años, esa amistad sellaría una alianza entre música y poesía con la que el folclore de Salta se abrió paso en Buenos Aires, conquistando el país, desde escenarios, radios y empresas discográficas. La palabra guitarra procede directamente del árabe. Tiene impronta morisca. Si este arabismo, como explica Joan Corominas, entró a Europa por la puerta de España, fue por los puertos españoles que salió a América. ¿Alguna cuerda íntima, secreta, de viejísimos ancestros, no se habrá movido en Falú cuando abrazó ese instrumento de por vida?
Un singular reloj, menos rígido y más permisivo, marcaba las lentas horas de la vida provinciana. En Salta, sesenta años atrás, la embriaguez del paisaje y la abundancia de tiempo compensaban la estrechez de recursos materiales. A las amplias y hospitalarias galerías de la “sala” de la finca La Candelaria de los Marrupe, se añadían las de César Pereyra Rosas en Tres Cerritos o “lo de Baitití”. * Versión actualizada de la entrevista realizada a Falú por el autor a mediados del año 1987. Se publicó con la firma de Rodrigo Alcorta, uno de los seudónimos del autor consignado en el registro oficial. |






Un día, aquellas guitarras colgadas en el almacén de su padre, entre serruchos y otras mercancías, comenzaron a vibrar por un movimiento telúrico... 
