La Juana Figueroa (*) |
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Escrito por el domingo, 06 de mayo de 2007 (Ha sido leído 3565 veces) La Juana Figueroa nació a fines del siglo pasado en Salta y allí fue asesinada por su marido, hace más de cincuenta años **. De ella se dicen muchas cosas: que era hermosa, que una gran bondad habitaba en su alma, que no fue fiel a su hombre, que no pudo dejar de ser fiel a sí misma. En verdad, nada se sabe con certeza, salvo que vivió y murió como si cumpliera un extraño designio. El pueblo de Salta hizo de ella un mito. Le erigió un túmulo junto al cual acude, numeroso, a rezar. Los lunes, día, como se sabe, consagrado a las almas, la luz de muchísimas velas ilumina su nombre. Rinden estos tributos de fe, gentes de toda edad y condición: niños que anhelan aprobar sus exámenes, desolados amantes, enfermos sin remedio. Dicen que la Juana ha hecho muchos milagros, y que los hará. Impresionado por este personaje, el autor quiso escribir un poema interpretándolo. Hoy está más impresionado aún al comprobar que sin haberlo imaginado, el poema se convirtió en un diálogo con aquel. Porque las palabras que se leerán en boca de la Juana pertenecen —podría jurarlo— exclusivamente a ella. Respecto de las glosas debo decir que la primera de ellas aspira a describir, a expresar algo sobre la Juana y la segunda, conjetura lo que pensaba su marido en la cárcel donde permaneció hasta pocos años antes de su muerte. De Iruya.com * El poema de Calvetti acaba de ser reproducido en el número 39 de “Resquicios”, hoja de poesía que dirige por Mercedes Saravia hace cinco años. La versión original (1967) incluye solo la primera glosa y difiere de la aquí publicada. De la tirada en papel ingres se hicieron 47 ejemplares. Fue impresa artesanalmente por Raúl Veroni, autor de los grabados. Un ejemplar, dedicado por Calvetti, se conserva en la Biblioteca Privada J. Armando Caro de Cerrillos (Salta). La Juana FigueroaGlosa IAlma que pena y no pena.Alma que llora y no llora así dicen que es el alma de la Juana Figueroa. Así como pudo ser de tantos y tan ajena, así dicen que es la Juana alma que pena y no pena. Que se oye al atardecer y otras veces a deshora una voz diciendo que es alma que llora y no llora. Que encuentra en el fuego frío y en las tormentas la calma. (Lo mismo que era su cuerpo así dicen que es el alma). Mucha y poca, blanda y dura, cielo y tierra, santa y loca, así me han dado las señas de la Juana Figueroa. —Nadie buscaba aquí lo que encontraste: la certeza, por eso no estás muerta. La carne mendigaba también entonces y tú vivías en el destino de los hombres como el viento que se envuelve, apasionado, en los árboles y siempre cede y calla. Alma que eras un cuerpo, acompañada y sola te verían, como ahora que te nombro mientras el tiempo te hace reverencias. Cuando paseabas por el campo, ¿Fueron la fácil sed, el acto, los deseos, las anónimas flores que hoy crecen en tu tumba? ¿Eras una mujer, ¿O eras, como la vida, una dádiva loca que todos devolvían temerosos, porque enloquece, a quien, de veras, la recibe? ¿Eras la santidad, alegría de los otros, o la inocencia que se ignora? ¿O creerías, acaso, que era tu misión sobre la tierra devolver, como las rosas, la caricia del sol que les dio vida? —“Hombres igual que muertes me llevaron callados; como con una marca con placer me marcaron; y una noche de luna, de galopes y abrazos, destrozaron mi cuerpo como se quiebra un vaso”. —Oh tierra donde todos sembraron eras el todo-amor, toda-de-amor, por eso lucero de infortunios, la muerte recogió en los caminos, los esparcidos días de tu corazón. —“La muerte como un hombre se ha acostado conmigo; pesa sobre el silencio como un cuerpo dormido; yo voy con la memoria y los ojos perdidos, hundiéndome en las sombras de un país infinito”. —Porque amabas te amaron. Tu amor era una antorcha que los hombres alzaban para quemar tristeza. Con ella se hacían señas de cerro a cerro, de placer a placer, de pena a pena, y un día —oh menesterosa— de quietud te vistieron y tristes lunes para siempre. —“Voces color de olvido me han robado los sueños; nubes color de noche me escondieron el cielo; de todo lo vivido sólo me queda un eco que despiadadamente me repite que he muerto”. Glosa IIAndo ciego y vivo triste porque siempre estoy pensando que me sigue acompañando la sombra de lo que hiciste. Porque una vez me quisiste ya no te pude olvidar y hoy que te quiero mirar ando ciego y vivo triste. Yo te he de seguir amando —esa es la ley del amor— aunque crezca mi dolor porque siempre estoy pensando que hubo un cómo y hubo un cuándo que terminaron conmigo y hoy tu sombra es el testigo que me sigue acompañando Ando ciego y vivo triste, ya no tengo claridad, me nubló la humanidad la sombra de lo que hiciste. Jorge Calvetti (1966) El autor nació en Jujuy en el año1916 y murió en la Ciudad de Buenos Aires en el año 2002. Más artículos de la categoría Cultura |






