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Cuarenta años de 'Todo es Historia': un balcón a dos paisajes

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Escrito por Por Gregorio A. Caro Figueroa, el domingo, 06 de mayo de 2007 (Ha sido leído 2644 veces)
El 6 de mayo de 1967, hace cuarenta años, Félix Luna daba los últimos retoques a las pruebas de galera del primer número de la revista “Todo es Historia”. En aquella primera irreverente portada asomaba un Juan Manuel de Rosas, de imponente uniforme de brigadier general, cruzado por una banda en rojo punzó, laureles y condecoraciones. La aparición de la revista se anunció con miles carteles con esa misma llamativa imagen. El rostro de Rosas ilustraba, además, “Las tres mujeres de don Juan Manuel”, artículo de tapa de ese primer número, firmado por Felipe Cárdenas (hijo), que era en realidad el propio Luna.

Los cuarenta años de “Todo es Historia” la convierten en una de las revistas argentinas de más larga vida. El aniversario será celebrado el próximo lunes 28 de mayo, con un acto en el Salón Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional, en el que se presentará un número extraordinario de “Todo es Historia”, señalado con el número 478. Desde hace veinte años, nuestro colaborador Gregorio Caro Figueroa forma parte del equipo de esta revista, de la que fue secretario de Redacción durante ocho años y medio y de la que es ahora editorialista. Este recuerdo suyo de “Todo es Historia” se publica en esa entrega especial.

Provincianos y porteños


Félix Luna, fundador de Todo es Historia
Félix Luna, fundador de Todo es Historia
“Concebida pocos años antes de su aparición, Todo es Historia nació, creo, inspirada en un propósito condensado en una palabra en boga a finales de los años ’50 y comienzos de los ’60: integración. El 25 de mayo de 1964, tres años antes de la publicación del primer número de nuestra revista, Félix Luna señaló la necesidad de integrar las regiones del país “en una síntesis creadora y fecunda”. Para hacerlo, era necesario integrar el pasado provincial en el entramado de una visión histórica nacional, que estuviera más dotada de capacidad de incluir en ella la diversidad, que de vocación fragmentaria; que tuviera, además, más disposición a comprender que a juzgar.

Arnold Toynbee observó que en aquellos años los argentinos estábamos entregados a “una profunda introspección”. Las alusiones de Leopoldo Lugones a la “formación de la conciencia espiritual”, en los años ’30 reaparecieron entonces, retocadas con otros componentes ideológicos a la moda, como una exhortación a la “formación de la conciencia nacional”. Para Félix Luna, en esos años, los argentinos comenzamos a aproximarnos al redescubrimiento de nuestro propio país. Creo que lo intentábamos con intereses variados, por distintas vías, a diferente velocidad y de modo diverso.

Si los porteños se asomaban al país interior a través del folclore, los provincianos que aún no conocíamos Buenos Aires, intuíamos la capital argentina en el tango o a través de revistas, la radio, el cine y algunos libros que nos permitían un paseo imaginario por sus calles. Aquel estereotipo que se empeña en hacer un profundo corte entre ambas geografías, separando hasta el antagonismo “puerto” e “interior”, simplifica y se equivoca cuando sigue viendo en cada uno de ellos cuerpos inmóviles, inmodificables, incomunicados y también extraños y hostiles entre sí. Los tópicos no suelen advertir, y menos asumir, los cambios. Se especializan en hacer taxidermia de la vida social.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, porteños y provincianos se percibían mutuamente como habitantes de remotas y desconocidas comarcas. Porteños que viajaron a estas provincias, llegados a ellas, sintieron estar en otro país. Por los colores de la bandera argentina y por la música del himno nacional, Enrique Banchs, confirmó que estaba pisando suelo argentino, y que aún no había traspasado la frontera con Bolivia. Los universitarios porteños preguntaban a sus condiscípulos llegados de Salta si eran “salteños o argentinos”, se viajaba aquí en barco, y si esta ciudad pertenecía a Chile o al Perú.

Recordó Luis Franco que, en la primera mitad del siglo XIX, Buenos Aires “llamaba provincias extranjeras a las otras” y que Córdoba devolvía atenciones llamando “país extranjero a Buenos Aires”. Durante décadas prevalecieron los localismos en una constante pugna y en un permanente cruce de reproches irritados entre cada uno de ellos. Con los años, se pasó de sentir y pensar las partes sin el todo a confundir y suplantar las partes por un todo más abstracto que real. De forma parecida a la tendencia española que criticó Ortega y Gasset, al localismo del interior sucedió el localismo porteño y un sector importante de la clase dirigente “confundió la Nación con su centro”.

Hasta comienzos del siglo XX, el interior evocaba un paisaje impreciso y exótico. También sugería los trazos gruesos de un pasado de nombres y batallas hundidos en estos suelos como las más antiguas raíces del país de los argentinos. En esas raíces estaban algunas claves para descifrar ciertos enigmas. Esa queja del país interior, cual memorial de agravios, acompañó el nacimiento de nuestra historiografía: al negar, mutilar, descalificar o subestimar los aportes del interior al pasado común, la ciudad del puerto no sólo se apoderaba de las rentas aduaneras, sino también de una historia escrita desde su excluyente perspectiva y en su propio beneficio.

Ese interior histórico, conformado por las regiones central, Cuyo, Noroeste y Noreste, estaba cargado de un pasado que se comenzó a almacenar en sus graneros de la historia escrita. Lo hizo de modo casi simultáneo con la historia acuñada, según sus críticos, con visión e interés portuarios. El interior tenía en su memoria un enorme capital cultural. Memoria que, documentada, elaborada y sistematizada, aspiraba a transformar en historia. Pocos dudaron de la importancia de ese capital y del valor de los aportes de sus primeros cronistas y sus primeros historiadores.

De lo que se dudaba era de la capacidad, y de la posibilidad, de aquellos para incorporar esa producción a los circuitos editoriales, accediendo a mercados de lectores más amplios que los tradicionales y limitados espacios de circulación local. Un público muy reducido se interesó por leer esos primeros y enormes inventarios que fueron las memorias descriptivas de provincias, las que “inventaron” sino que relevaron sus tangibles recursos y carencias. No corrieron mejor suerte las primeras historias provinciales, con tiradas reducidas y salidas de rudimentarias imprentas.

Lo provincial y lo regional eran sinónimos, generalmente cargados de sentido peyorativo. Literatura, teatro, plástica o historia, acompañadas del adjetivo regional, sugerían un producto de segunda selección. En el mejor de los casos, lo regional evocaba lo sencillo, lo natural y lo pintoresco. El carácter periférico, y hasta marginal, que se otorgaba al interior parecía impregnar todo producto cultural que llevara esa marca en el orillo de confecciones en percal. La ubicación del escritor o el artista en la geografía nacional determinaba la calidad de su obra y, con ella, la suerte de la misma.

Pero lo regional y el color local no remitían sólo a lo pintoresco. También podían llevar a lo grotesco. En algunos teatrillos porteños de comienzos del siglo XX, estuvieron de moda obras protagonizadas por provincianos, personajes de “tierra adentro” a los que se pintaba como “lisiados de cuerpo y de alma”. Hace noventa años, el escritor riojano César Carrizo (1888 – 1950), se quejó de los abusos de aquellos libretos en los que se abusaban de las historias de “pajueranos” llegados a la gran ciudad portando su mal castellano, anticuadas ropas y torpes modales. Paradójicamente, por “pajuerano” se entiende tanto al venido “de afuera”, como el hombre “de tierra adentro”. Siendo así, el interior argentino ¿estaba afuera o adentro?

Las provincias de las que provenían, añadió Carrizo en la revista “El Hogar” del 7 de septiembre de 1917, se presentaban “deformes, incomprendidas y calumniadas”. La galería de tipos humanos era un conjunto de esperpentos: borrachos, tilingos, mujeres de mala vida, opas y cursis. “Es un prejuicio creer que los provincianos son el vivero y el plantel de todo lo cursi y retardado del país”, protestó Carrizo. “Menos sorna contra el provinciano”, del que hace burla el llamado “teatro de tierra adentro”.

Aunque sin desconocer lo que tenía de específico aquella montaña de estigmas, conviene recordar que el desprecio al aldeano y al provinciano fue, y en algunos casos es, universal. Adornado con los peores defectos, se desprecia al palurdo, al patán, al paleto, al aldeano, al “pajuerano”, a los que los citadinos adjudican rusticidad, ignorancia, falta de cultivo intelectual, tosquedad, torpeza, grosería, cuando no cretinismo y brutalidad. Tomando una semejanza con ciertos animales, al palurdo se le llama “de media casta” o, con desdén señorial, “de medio pelo”.

Entre nosotros, los vecinos del puerto llamaron “arribeños” a aquellos venidos de las “tierras altas”, o sea, de las actuales provincias del Noroeste argentino y del antiguo Alto Perú, hoy Bolivia. Mientras que se conocía a los pobladores de las costas rioplatenses como “abajeños”. Con el tiempo, esas categorías quedaron en desuso y fueron reemplazadas en su primitivo encanto con un rigor institucional que, despojándola de sus alusiones al paisaje, las redujo a las de “provincianos” y “porteños”.

La cuestión de “provincianos” y “porteños” aparece a finales del siglo XVIII y es, pues, anterior a las pugnas entre “federales” y “unitarios”, dice Carlos Segretti. Tiene razón cuando observa que aún con toda su importancia, este tema no mereció todavía “un estudio en profundidad que lo exponga en detalle abarcando todas sus aristas”. Cuando se alude a él, se tiende a las contraposiciones resaltando los antagonismos antes que las interrelaciones pacíficas, creativas y fecundas. “Porteño en las provincias y provinciano en Buenos Aires” es mucho más que una ingeniosa frase de Sarmiento: es casi una sabia y equidistante fórmula de superación de esa antinomia. Con esto vino a decir que provincial y lo nacional no se contraponen y están necesariamente enemistados sino que pueden y deben complementarse.

A partir de los años ’30, el goteo de provincianos emigrados a Buenos Aires adquirió rasgos de aluvión. Décadas después, la mayor comunicación, los mejores transportes y las nuevas tecnologías no sólo facilitaron e incrementaron la llegada de provincianos a la ciudad Buenos Aires y, sobre todo al conurbano bonaerense, sino que favorecieron el interés de los porteños por el interior. La capital del país adquirió algo más que aires provincianos, mientras las provincias fueron menos refractarias a las influencias de ese centro. Eso, por fortuna, nos priva de purezas.

Aún con enormes dificultades, carencias y asimetrías, ese todo comenzó a nutrirse de las partes y esas partes a identificarse con un todo, ahora menos abstracto y más tangible. Con grandes dificultades, con formidables contradicciones y dolorosos desgarros, la Argentina fue atemperando los contrastes entre este centro y aquella periferia. Comenzó a admitirse que allí donde hubo pugnas y enconos podía haber complementación y sinergia. Esa “conciencia nacional” teñida de ideología, aún debe abrir paso a esa sugerencia, más abierta, de tener “una cierta idea de país”, reconociendo estilos diversos más que una identidad cerrada, petrificada y excluyente.

“Pensar nacionalmente es pensar desde un punto de vista central; pero el punto de vista central no se puede hallar y mantener si no se mira en derredor”, observa Ortega y Gasset. Ese derredor no se reduce al contorno más próximo, aunque lo incluye. No se comprenderá ese derredor fuera del mundo, de su complejidad, de sus cambios, de su dinamismo, de sus obstáculos y de sus posibilidades.

A cuarenta años del nacimiento de Todo es Historia, ahora la imagino como sobrio pero amplio balcón abierto a dos paisajes. Ubicada en Buenos Aires, fundada y dirigida por un porteño de ancestros provincianos, Todo es Historia permitió que muchos provincianos nos asomáramos a ese balcón, no sólo para publicar nuestros trabajos de cara a Buenos Aires, sino para tener lectores, amigos y diálogo con muchos porteños y otros tantos provincianos.

Desde el primer número, Félix Luna abrió con generosidad este espacio para los temas y los historiadores de provincia. Esa amplitud no fue sólo geográfica: fue de también de ideas e ideologías intensamente contrapuestas. Como siempre, nuestra memoria es más corta que la cantidad de nombres que hicieron historia desde Todo es Historia.

Entre ellos recordar a Edmundo Correas, Carlos Segretti, Beatriz Bosch, Armando Raúl Bazán, Pedro Santos Martínez, Ernesto Maeder, Luis Alen Lascano, Efraín Bischoff, Carlos Gregorio Romero Sosa, Carlos Luque Colombres, Ramón Leoni Pinto, Carlos Páez de la Torre, Elena Perilli, Miguel Bravo Tedín, Alberto Tasso y Ricardo Mercado Luna.

También los aportes de Alfredo Terzaga, Juan M. Vigo, Ramón Tissera, Plácido Grela, Néstor Cazzaniga, Arnoldo Canclini, Aurora Alonso de Rocha, Bernardino Calvo, Teresa Piossek Prebisch, César Perdiguero, Myriam Corbacho, Lucía Solís Tolosa, Roberto Vitry, Roberto Ferrero o a don Atilio Cornejo que no publicó en la revista pero que recibió de ésta un premio por sus valiosos aportes a la historia de Salta y de la Argentina.

No soy, pues, de los que creen que eso que se llama “el puerto” sea una unidad guiada por concientes, perversas y permanentes intenciones de ignorar, marginar y humillar a las provincias y a los provincianos. Las mismas páginas en las que César Carrizo se quejaba del maltrato al provinciano en esos teatrillos porteños de comienzos de siglo XX, estaban también abiertas a su queja y a muchos escritores de provincias. No sólo eso: en provincias se leían en esos periódicos los últimos textos de Anatole France, Pío Baroja, Bernard Shaw, Chesterton o de escritores católicos, agnósticos y anarquistas.

Recorrer la colección de “Caras y Caretas”, “El Hogar” y los textos de lectura para escuelas primarias y colegios secundarios donde la mayor parte de nuestros escritores de provincia tuvieron un lugar muchas veces más generoso del que le daban sus periódicos locales, es una refutación de ese lugar común que presenta al puerto como un ser invariablemente hostil al interior y de espaldas a él.

Hace noventa años, César Carrizo recordó a esos malos libretistas parte de lo que los provincianos habían dado al país. Mencionó a algunos de las más importantes figuras del siglo XIX y algunos del XX: Sarmiento, Alberdi, Nicolás Avellaneda, Olegario Andrade, Urquiza, Vélez Sársfield, José María Paz, Facundo Quiroga, Julio Argentino Roca, Ricardo Rojas y Arturo Capdevila. Aún con toda la fuerza de sus personalidades y toda la importancia de sus obras, estas individualidades no pudieron por sí mismas cerrar las brechas entre Buenos Aires y el interior.

Lo que sí lograron es reducirlas y atenuarlas, tendiendo puentes entre ambas imaginarias orillas. Y, sobre todo, nos dejaron valiosas ideas y útiles instrumentos para proseguir esa empresa. Sin concesiones al ditirambo, creo que Todo es Historia ocupa y ocupará un lugar relevante en esa tarea de integrar al país. No de construir un país homogéneo, eterno sueño de las hegemonías políticas, sino capaz de convivir en y con la diversidad. Lo local no debe contraponerse a lo nacional y viceversa, pues ambos son dos caras de la realidad y “dos dimensiones de la vida pública”.

Se me antoja que Todo es Historia es un raro balcón asomado a dos paisajes. Digo raro porque en la Argentina atravesada por simplificaciones y antagonismos irreductibles, lo que prevaleció fue la mirada fija, la idea única, la uniformidad, la visión sesgada, la certeza sin la duda y esos empecinamientos en el error que se suelen confundir con coherencia. Todo es Historia no “duró” estos cuarenta borrascosos años. Cada número fue el primero, poniendo un enorme esfuerzo para que no sea el último.

Provinciano, al fin, estoy agradecido a Félix Luna, a Emilio Perina y a María Sáenz Quesada por haberme dejado asomar a este balcón, no sólo ocho años dentro de la redacción de la calle Viamonte sino, desde 1996, seguir desde Salta vinculado a la revista. Sin estas páginas y sin los plazos impuestos por los cierres de edición, y por el amable rigor de Felicitas, no hubiera intentado estar a caballo entre la historia y el periodismo. La nuestra no es sólo una revista de historia. Es también, una revista que escribió, y sigue escribiendo, una importante página de nuestra historia cultural y social contribuyendo a la silenciosa, pero efectiva, integración de su diversidad”.


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