Escrito por Por Gregorio A. Caro Figueroa, el domingo, 06 de mayo de 2007 (Ha sido leído 3400 veces)
“Las aguas de Nimrim serán consumidas, y
secaráse la hierba, marchitaránse los retoños,
todo verdor perecerá”. Isaías – XV, 6
En diez años más la ciudad de Salta no contará con espacios verdes necesarios para la vida equilibrada de sus habitantes. El crecimiento urbano la habrá extendido como una mancha de aceite por el contorno rural, y el campo se habrá alejado de la ciudad. La imagen de ciudad pequeña confundida con el campo mismo y despreocupada por el problema de los espacios libres habrá dado lugar a los primeros conflictos derivados de su crecimiento desordenado y libre de toda elemental previsión.
 Parque San Martín en Salta Cuando el crecimiento vertiginoso tenga un respiro se advertirá que tal expansión no respetó las debidas proporciones entre espacios habitados y espacios libres. Y lo más sombrío de este panorama es que, mientras la ciudad crece, se destruyen sistemáticamente los fundamentos que pueden equilibrarla. No sólo no se extienden los espacios libres, sino que a los existentes hace casi un siglo se los destruye, se les amputa día a día sus partes vitales. La ciudad crece a expensas del desorden.
Especulación del suelo
Conspiran por igual a ese crecimiento espontáneo, la iniciativa particular que se guía por su propio interés, y las medidas oficiales escalonadas y contradictorias de una gestión a otra, que no sólo no contienen un gramo de rudimento planificador sino que van contra ese orden mínimo. Quien quiera mirar uno de esos productos más visibles lo tendrá en el Parque San Martín, que escogimos como una muestra de la imprevisión, a la que se debe poner freno.
Al Sudeste de la ciudad se extiende, con el pomposo nombre de Parque San Martín, un conjunto de plazas y plazoletas diseminadas en ocho manzanas, cuyo extremo inferior toca casi el centro de la ciudad y cuyo origen alguna vez estuvo en el acceso a la misma. Ese parque, que nació en verdad como plaza, vuelve a su origen, pues se está convirtiendo por acción de esa política de improvisación que lleva largos años, en una plaza más.
Árboles talados en manzanas íntegras, edificaciones de viviendas, locales comerciales, puestos transitorios, playa de estacionamiento, lugar de ensayo de penosas experiencias de ediles ambiciosos de alcanzar renombre con modificaciones desgraciadas estatuas desoladas y alguno de sus pocos valores condenados al olvido: tal la situación del Parque, que ha comenzado a ser atravesado por las obras de un canal de desagües que obligará a talar gran parte de su escasa pero valiosa arboleda.
El Parque San Martín tiene su sentencia firmada. Y no seamos de aquellos que culpan sólo a la administración oficial de los males, porque también somos nosotros los que lo destruimos día a día con una pasión digna de mejor ocupación.
El parque que agoniza
Del viejo parque va quedando una sombra. Ya no resuenan los compases de los bailables del sábado, que apiñaban en los locales de ocasión a los conscriptos en torno de una cerveza y una amistad furtiva. Van quedando recuerdos, casi, de los paseos por sus veredas sombreadas que invitaban a soñar a los enamoradizos, a incursionar a los solitarios familiarizados hasta con cada uno de sus árboles, Los viejos fotógrafos ambulantes permanecen como otra de las tantas cosas que quedan en el parque.
El Jardín Incaico, exportable en postales color sepia y atractivo de turistas, no existe, lo mismo que el zoológico y el Parque Infantil, que queda aún en recuerdo de los salteños memoriosos. Todo se esfuma y la mano de los hombres está empeñada en destruir lo que ellos mismos crearon, pensando en que alguna vez sería el orgullo de la ciudad que comenzaba a desperezarse del sueño colonial.
Una historia florida
Hacia 1880 el único pasea público de la ciudad era la plaza principal donde se cumplía puntualmente e1 ritual provinciano de la ‘vuelta del perro’ donde jóvenes casaderas concurrían, según un cronista, ’a ostentar sus gracias en las tibias y deliciosas tardes de verano’. Era un sitio exclusivo y excluyente y esa cerrazón era hasta física, pues una verde verja de madera y los naranjos en doble fila protegían el sitio central. Pero, como decía el mismo cronista, la ciudad por ese entonces ya senda la necesidad de ensanchar sus pulmones”.
El progreso de fines de siglo traía excentricidades de los grandes centros: luz, agua corriente, ferrocarril, teléfonos, teatros y clubes presuntuosamente ornamentados, tranvías, apertura de los afrancesados ‘bulevares”, adoquinado de las calles, etc. El primer antecedente que encontrarnos de la plaza pública ‘General San Martín” es la ordenanza promulgada el 30 de mayo de 1882, por el intendente José Hilario Tedín, disponiendo la autorización para la compra de terrenos destinados a la misma. Estos terrenos debían ubicarse entre el canal Sur y la calle Suipacha, “entre las de Córdoba y Lerma, al Naciente”.
Reñideros, velódromos y duelos
De acuerdo a las referencias del doctor Ernesto M. Aráoz, el actual Parque San Martín fue construido recién a principios de este siglo, durante la emprendedora intendencia de Abel Zerda. Dice Aráoz que aquellos terrenos eran los de una zona poblada de viejas y derruidas quintas insalubres, rodeadas de cercos de tunas y hornos de quemar material, que dejaban sobre el terreno cortes y depresiones propicios al desarrollo de toda clase de mosquitos.
Funcionaban allí reñideros de gallos, entremezclados con duelos de gente pendenciera o de apasionados por el juego. Hacia 1900 funcionaba el velódromo, donde extraños personajes de bigotes largos montaban en las “endiabladas” bicicletas que el gringo Ravizza había introducido para zozobra de la población. En 1901 la Exposición del Pabellón Argentino tuvo su sede en la plaza que seria luego parque.
En diciembre de 191l un decreto dispuso la expropiación de terrenos para “ensanche del Parque San Martín; fijando por límites las calles Mendoza, San Juan, San Luis, Santa Fe y la actual calle Alvarado, canal Este”, según la testamentaría de Juan Paulucci. Se puso en venta del criadero municipal, y su producido, de 250 mil pesos, permitiría el ensanche. El Parque comenzaba a vestir pantalones largos.
El Parque mayor de edad
El actual parque era un basural, que una patética foto conservada en el Archivo Histórico (Sección Iconográfica) lo recató del tiempo. Las tierras comienzan a rellenarse y los árboles seleccionados van a ir poblando esas tierras de extramuros, sitio donde la leyenda ganaba, por más fuerte, a la historia. En 1917 se dispone otro ensanche con la expropiación de tierras de la familia Gallegos y otras de Mansilla y Parodi. En 1921, por decreto, se dispone el estudio y planos para el ensanche del Parque San Martín. El 20 de febrero de 1923, el gobernador doctor Adolfo Güemes dejó inaugurada la estatua de Facundo de Zuviría, obra de Lola Mora, olvidada en un depósito de la Municipalidad de Buenos Aires y rescatada del olvido por el intendente Luis Langou. En la misma época se inauguraron el Rosedal y el ensanche terminado.
Anteriormente el que había recibido en 19l2, la visita del doctor Victorino de la Plaza, que durante su vicepresidencia doné el monumento al general José de San Martín. La donación correspondió también al ministro general Gregorio Vélez, y el propio presidente de la Nación, Roque Sáenz Pena. La estatua ecuestre es obra del escultor Alberto Ernesto Carrier Belleuse, nacido en Francia en 1824, quien esculpió también, por orden de Sarmiento, el monumento a Belgrano inaugurado en Plaza de Mayo y a quien se debe el Mausoleo del Libertador de la Catedral de Buenos Aires.
Ese impulso se renovó entre 1936 y 1940, durante la gestión del intendente Ceferino Velarde. Además de ampliarse el Parque, se construyó el Jardín Incaico, se habilitó el paseo botánico, se recuperó y rediseñó el rosedal, se mejoró la iluminación, se colocaron bancos de marmolina, se construyeron refugios y la primera fuente de piedra, se mejoraron el lago y los jardines y se inauguró el monumento a Florentino Ameghino, “representado por un pedestal de piedra coronado por un águila”.
Era la época de esplendor del Parque, que duró hasta los cincuenta, para dar luego comienzo al proceso inverso: el de aniquilación del proyecto ambicioso imaginado por intendentes imbuidos del espíritu de su tiempo.
Historia de la destrucción
Un gran sector del parque fue cortado para dar lugar a una obra importante y ponderable: la del Hogar Escuela. Pero aquel paso dejó la puerta abierta a los excesos posteriores. Se construyeron edificios de departamentos en una ciudad’ donde los huecos del centro son aún notables y no hay una ley de uso del suelo urbano que ampare el crecimiento de la urbe de las maniobras de una incipiente especulación del suelo urbano. Hemos dicho en otra parte que los baldíos son las caries de la ciudad.
Posteriormente se erigió la Terminal de Ómnibus, en un sitio donde, si somos fieles a la memoria, a comienzos del año 1955, se proyectó levantar el predio para la “Exposición Argentina en Marcha”. El avance del cemento sobre el verde comenzó a ser una amenaza. En 1970 la intendencia permitió perpetrar el primer atropello a gran escala: mandó a talar más de seis mil metros cuadrados de bosques para dar lugar a la instalación de un “tobogán gigante” que poco llegó a usarse y que fue prohibido al tiempo por sus peligros, comprobados en otras provincias. El espacio blanco sirvió, desde entonces para cualquier experimento municipal.
Sobre las ruinas, ahora
Casi todas las gestiones municipales son las principales responsables de esta depredación. Propietaria de precarias construcciones en medio del Parque, comenzó a otorgarlas en concesión hasta llegar a instalar cinco lugares de venta de comidas, que no se reducen a su sitio de cemento sino que extienden alrededor del mismo, y que abrieron las puertas a los festivales de comidas. No se trata de decir que deba negarse el derecho a trabajar, pero ha hecho mal la Municipalidad en ser la activa gestora de semejante error.
A ello se agregan otros sitios de ventas que quitan aún más el poco espacio verde. Pero también los ciudadanos comunes son culpables. Pues Plaza Francia, por ejemplo, es ya una playa de estacionamiento gratuito de empleados públicos, de comercio y de cualquier automovilista que padece por la falta de estacionamiento en la ciudad, atiborrada de autos. El cuadro es más deprimente aún si paseamos por el sector “Botánico”; allí las obras de perforación para construir el canal de desagüe que aliviará al canal Alvear provocaron la destrucción total de una plaza.
Restos de las valiosas especies se apilan en medio de latas de combustible, desechos de toda índole, mientras se queman maderas en un rincón. El director de Servicios de la Municipalidad, Félix Ernesto Vilá y Fernando Allemand dijeron a “El Tribuno” que las obras del canal “son un mal necesario”. El Parque es ya un despojo de aquel otro que brillo como estrella fugaz.
Que hacen las autoridades
En cada uno de los cambios de funcionarios municipales, los que llegan trasladan las culpas a las anteriores gestiones. Aquella otra fue responsable y la que viene no puede hacer ya nada, a no ser cometer más desatinos en el Parque. Los funcionarios de responsabilidad directa, es cierto, están atados por las órdenes superiores. Muchos de ellos son agrimensores o peritos agrónomos, pero no pueden remar contra la corriente. El presupuesto para atender las plazas de la ciudad surge de las disponibilidades de las obras públicas municipales, el que no puede decirse que sea abundante. Hay muchas urgencias.
La Dirección de Servicios tiene un sector de limpieza y otro de paseos públicos. Esta última sección es la que atiende todo lo referente a parques y plazas, debiendo tener sus ojos y oídos en los problemas de no menos de treinta plazas y plazoletas de la ciudad. Esa cantidad de paseos es atendida por la tarea de 137 empleados municipales que son, como se supone, insuficientes para tanta labor, a la que se añade la del Vivero Municipal. Todas esas plazas requieren inversiones en mantenimiento; algunos no pueden atenderse: los juegos infantiles están rotos y son ya inservibles.
Los canteros necesitan por temporada más de 60 mil plantas. Pero Salta no es un jardín, porque esas 60 mil plantas no lucen. Hay quienes las roban hasta no dejar ni una sola, aunque saben que un segundo trasplante las inutiliza para siempre. El daño está consumado. Hay árboles quemados en el Parque. Pocos conocen y casi y nadie valora las especies de alcornoque, palo borracho, cebil, cedro orán, eucalipto, quebracho blanco y colorado, tipa, Jacaranda, palmera, pino, araucaria, etc.
Cómo se organiza el Parque
En medio de tales estrecheces económicas, la improvisación de los funcionarios, la depredación del público, el pobre Parque está condenado a desaparecer. Y con él un elemento necesario a la ciudad, que está creciendo sin cuidar de reservar espacios libres para pulmones de la ciudad. El Parque es, en verdad, sólo un conjunto de plazas. Cada uno de los sectores es una de ellas, y lleva un nombre de antigua data.
El sector en el que está el monumento a San Martín es El Rosedal, uno de los mejor conservados, quizá porque es centro de actos oficiales. La plaza donde está el lago es llamada Mar del Plata, en uno de cuyos sectores están el Velódromo Infantil y el local del Centro de Estudiantes de Bellas Artes de Salta (CEBAS); luego, Plaza de las Américas, en donde se proyectaba poner un mástil con una bandera de cada país latinoamericano; la Plaza Italia, donde está el monolito donado por la Sociedad Italiana en 1933; la Plaza Francia, hoy playa de estacionamiento forzosa. Para el extremo que da a calle Urquiza están las de El Botánico y Mariano Moreno, en cuyo monolito los periodistas recordamos a comienzos de junio al fundador de “La Gaceta de Buenos Aires”.
Hacia un nuevo Parque
Los entrevistados recuerdan la historia de las últimas décadas del parque y coinciden en rescatar algunos nombres: todas las obras en piedra tallada, muchas de ellas de gran valor, se deben a la labor de don Víctor Pasamai, picapedrero de origen italiano que trabajó en los años de 1930 en los detalles del Parque, tallando fuentes íntegras y estatuas que el mismo olvido se ha encargado injustamente de desdeñar. Lo mismo que la labor de don Antonio Moya eficiente director de Paseos Públicos, cuya memoria se llevó los mejores recuerdos del Parque de Salta.
Pero la nostalgia no da toda la luz para solucionar un problema que es actual y que tiene proyecciones futuras. Salta no es una “gran ciudad”, es evidente. Pero su ritmo de crecimiento le está creando problemas que van haciéndose más graves y profundos. Los parques no son una necesidad sólo para las grandes urbes. Los urbanistas estiman que una ciudad debe disponer de 7 a 10 metros cuadrados de superficie - libre por habitante, lo que para la Ciudad de Salta significa disponer de 140 a 200 hectáreas.
El Parque 9 de Julio, en Tucumán, es un ejemplo de esa mentalidad previsora de una ciudad que no sólo conserva esa joya del país sino que ha creado el Parque Guillermina como reserva de una ciudad que se piensa en función de futuro.
El gobierno tiene la palabra
Los londinenses de pura cepa dicen que los parques no sólo representan la naturaleza, sino que la superan. Un parque es una construcción social y una de las más elocuentes expresiones de la cultura de la ciudad que le dio vida. Un parque, un gran espacio verde, vale millones de pesos para una inmobiliaria, pero el suelo urbano debe ser usado racionalmente y en función del desarrollo humano, no sólo de la especulación inmobiliaria. En todo el mundo, incluso en los países africanos con ciudades surgidas en un ámbito muy próximo al campo, los parques tienen su sitial en la ocupación de los gobernantes.
En esos parques, es cierto, uno no sólo puede ir a mirar la naturaleza escogida como un muestrario maravilloso, comer, practicar deportes, remar, asistir a una función de teatro como dice el humor inglés, ’hacer de todo menos robar flores”. Nuestro vapuleado parque está perdiendo el último atractivo: el lago y sus lanchas. Actualmente
-desde marzo pasado- el lago ha sido desagotado, tarea que se repite cada tres años. Quien pasea por ah ahora verá su fondo cubierto de latas, botellas, cercas rotas y un lento trabajo de la Municipalidad, que debe recurrir a moto niveladora para limpiar esa capa de basura depositada al fondo del lago.
El Zoológico tampoco existe y el intento de reanimarlo con especies de nuestro interior tropical, de hace varios ajos, no prosperó. El anfiteatro infantil que ocupa el sitial del hermoso Jardín Incaico destruido, sólo sirvió un par de veces. La ciudad necesita preservar su viejo Parque, restituirle lo que ella misma le ha quitado y pensar en dotar a Salta de otro gran parque que nos permita tener ese nuevo pulmón otros cien años.
Es cierto: éste no es el único problema que afrontamos; es apenas uno de los múltiples en el pequeño microclima de la ciudad. Pero comencemos por él, para tener un punto de arranque para mejorar las condiciones de habitabilidad, para tornar más humanas sus condiciones de vida en este espacio de coexistencia que es la ciudad. Esta será una condición para comenzar a ordenar, de modo más racional y humano, sus necesidades. Está en nuestras manos decirlo; debe estar en nuestra decisión hacerlo.
[1] Publicado en El Tribuno, Salta, domingo 25 de mayo de 1975. Páginas 22 y 23. “Todo verdor perecerá” es el título de una novela de Eduardo Mallea, editada en 1941. El tema fue sugerido por Luciano Tanto y con su publicación debía comenzar una serie de notas dedicadas a los problemas urbanos de la Ciudad de Salta. Esta versión reproduce la original. En la actual se incluye una mención a la gestión de Ceferino Velarde, se corrigen algunas expresiones y se añaden datos, omitidos en el texto de 1975. El epígrafe de Isaías, no incluido en el texto de 1975, está tomado del libro de Mallea.
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