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'O nosotros o el caos', amenaza el oficialismo de Salta

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Escrito por Matías Beltrán, el viernes, 11 de mayo de 2007 (Ha sido leído 2644 veces)
“El miedo: esa deformación del espíritu que dobla la voluntad”.
“El miedo: ese virus que corroe la razón y la conciencia”

(San Suu Kyi. Premio Nóbel de la Paz 1991)

“O nosotros o el caos” es, según el oficialismo, la opción de hierro que deberán enfrentar setecientos cuarenta mil ciudadanos salteños en condiciones de votar el 28 de octubre. La afirmación según la cual, hasta el cambio más moderado contiene un alto riesgo está en el núcleo de la campaña electoral del grupo que lidera el gobernador Juan Carlos Romero. Este mensaje reiterativo y amenazante, más que un argumento, aparece como la típica apelación autoritaria al miedo. El imperio del miedo es un reino sin ciudadanos, se ha dicho.

Amenaza el oficialismo
Amenaza el oficialismo
“No vamos a caer en el riesgo del vacío. Esta Provincia no puede volver al caos o a la quiebra de la economía hipotecando su futuro. La fórmula Walter Wayar – Javier David es la única que tiene la experiencia y la capacidad para mantener a Salta en el nivel que tiene”, dijo el gobernador Romero en el acto de lanzamiento de los candidatos del partido oficialista que gobierna esta Provincia desde hace doce años y que, de la mano del mismo Wayar, aspira a seguir gobernando hasta el año 2019. Según el oficialismo, Salta corre peligro de sacrificar “el progreso” de la última década en nombre de un nuevo e hipotético progreso.

De Partido Único a Voluntad Única


Romero volvió a utilizar su interpretación, poco rigurosa, de la historia política reciente de Salta para descalificar y deslegitimar a toda la oposición política local. En los últimos meses, el oficialismo de Salta está acentuando su tendencia a comportarse como Partido Único dentro de una sociedad cerrada, condenada a la inercia y a una vida política no competitiva.

A su vez, ese Partido Único está quedando reducido a una Voluntad Única: la del gobernador que sustituye en la toma de decisiones a todos los órganos del partido, confecciona listas de candidatos y decide por todos. La turbia gestación y el demorado parto de las listas de candidatos, se explica por este estilo de conducción que está provocando crecientes rechazos dentro del propio partido gobernante. También agrava su inclinación a presentarse como exclusivo depositario de la legitimidad, de la experiencia y de la capacidad de gobernar.

Retroceder desde la alternancia republicana a regímenes cortesanos y vitalicios es volver dos siglos atrás, cuando la legitimidad se trasmitía por vía de sucesión hereditaria. En democracia no se puede hablar de “delfines” señalados para la sucesión: hacerlo implica quebrar uno de los principios fundamentales de la democracia.

La pérdida de la alternancia tiene altos costos en el mediano y largo plazo. Los daños que se derivan de la falta de alternancia, dice Pasquino, son: el clientelismo, la corrupción sistemática, el dramático envejecimiento de las élites de gobierno y también de oposición. Ese envejecimiento no alude tanto a la edad, como a las concepciones y a la efectiva práctica de la democracia. Condenar como herejía la posibilidad y el deseo de cambio, es condenar a la democracia a su extinción o, cuando menos, a una tremenda distorsión.

A la sumisión por el miedo


Wayar, por su parte, insistió en atacar a Juan Manuel Urtubey, su principal oponente. Usando un lenguaje de periodismo deportivo, Wayar aseguró que va “apabullar” a sus adversarios en las urnas en las que se castigará “la traición” de Urtubey. Echando mano al Perón más intolerante, Wayar anunció que “el pueblo hará tronar el escarmiento”. En su impotencia, el paternalismo está acentuando sus rasgos autoritarios, imaginando a Salta como un Jardín de Infantes en el cual los indóciles están expuestos a ser sancionados por desobediencia.

Los dirigentes y candidatos del oficialismo no saben, ni quieren saber, que “los poderes configurados para atender las demandas sociales, deberían ser suministradores de seguridad en lugar de inoculadores del miedo, administradores de concordia y no de antagonismos, promotores de convivencia y no de rencores”. En nuestro caso, ante la falta de ideas y el agotamiento de un régimen, el recurso es sembrar agravios, agitar espantajos y meter miedo.

Lo que si saben bien, pues utilizan este recurso sin escrúpulos, es que “la difusión del miedo es un valioso instrumento en sus manos para lograr más docilidad y sumisión del público y manipularle mejor”, dice Miguel Ángel Aguilar. Esta idea está en la misma línea de la que expone Benjamín Barber. El miedo coloniza la imaginación. “Porque el imperio del miedo es un reino sin ciudadanos, un dominio de espectadores, súbditos y víctimas cuya pasividad significa inutilidad y cuya inutilidad define e intensifica el terror”.

Aquel infierno que atizaron


Por su parte, Romero sacó del desván del pasado una de sus imágenes preferidas: aquella que muestra una Provincia de Salta, no sólo quebrada y en ruinas, sino también envuelta en las llamas de un “infierno”en la que ardió, hasta diciembre de 1995, cuando él comenzó el primero de sus tres mandatos de gobierno. Según la clásica retórica reaccionaria, cualquier cambio es exponerse, imprudentemente, a regresar a un infierno pasado. El cambio no es, entonces, una esperanza: es una amenaza, un peligro. En nombre de supuestos procesos de cambio pasados, se impugna todo cambio futuro. “Todos los salteños tenemos memoria” dijo, con mucha razón, Romero.

Pero esa memoria no es la memoria segada del oficialismo local que prefiere olvidar que entre 1987 y 1995, las llamas de ese “infierno” fueron atizadas por el mismo grupo que hoy gobierna Salta. Los dos únicos gobiernos que este grupo no pudo controlar, los del justicialista Hernán Cornejo y el del renovador Roberto Augusto Ulloa, fueron sometidos a implacables operaciones de acoso y derribo.

“No podemos permitir que vuelva el fantasma del espanto económico y social a la Provincia”, dijo reproduciendo la misma imagen catastrófica de la que viene abusando desde 1995. En esa imagen están suprimidos los peores indicadores de deterioro social, el acentuado deterioro de la calidad institucional, los altos niveles de corrupción y los graves e inéditos episodios de violencia desatados en Salta en estos años: desde las protestas en el Norte de la Provincia con muertos hasta las mayores y más prolongadas huelgas. Salta y Cutral Co fueron cunas del movimiento “piquetero”.

¡Que viene el lobo!


Dirigiendo el jardín de infantes
Dirigiendo el jardín de infantes
Las afirmaciones de Wayar y de Romero no son meramente retóricas. No sólo forman parte del previsible, y legítimo, arsenal polémico que se suele utilizar en una campaña electoral. Pero una cosa es la simplificación de una idea con fines propagandísticos y otra, muy distinta, son el simplismo y el vacío de ideas. “O nosotros o el caos” es el núcleo de toda retórica reaccionaria. Es la explícita negación de la alternancia republicana, además de un modo de deslegitimar cualquier opción opositora. “Nosotros o el caos” es el nuevo modo de gritar: “¡Que viene el lobo!”.

Todos los regímenes totalitarios del siglo XX se presentaron como los únicos garantes del orden, los únicos intérpretes de la voluntad popular y los exclusivos constructores del futuro. “Sólo nosotros estamos en condiciones de hacerlo”, dijeron. Al grupo que gobierna Salta no le alcanza con controlar las palancas de la administración del Estado: pretende ejercer un control, abierto o encubierto, sobre el conjunto de la sociedad. Al hacerlo buscan imponer su tutela a la sociedad, negando capacidad de los ciudadanos: no sólo la idoneidad para gobernar, sino aquella que les permite gobernarse a sí mismos.

Es la Constitución es la que define las condiciones de idoneidad para el ejercicio de cargos electivos. No son los intereses privados, ni los arbitrarios criterios de selección de un grupo o facción política, quienes deben imponerlos. El régimen de tutela no sólo es ajeno a la democracia: es su misma negación.

Desde algo más de tres siglos se sabe en Occidente, que todo poder político es delegado, limitado en el tiempo, condicionado al orden jurídico y al cumplimiento de la voluntad de los mandantes. Por el contrario, el régimen de la tutela es auto conferido, no reconoce límites jurídicos ni temporales y busca sólo su propio beneficio y el reaseguro de su perpetuación.

Tutelar a “la gente”


Con mucho esfuerzo tal vez podrían admitirse los argumentos de los partidarios del régimen de tutela, sobre todo cuando éste parece solucionar problemas inmediatos. Pero no es prudente ni razonable admitir esa posibilidad y, menos aún, echar mano a ese recurso, anota Robert Dahl. Entre adultos, añade, nadie está mejor cualificado como para gobernar sobre las demás personas con una autoridad ilimitada.

El mismo régimen que, durante años, rompió todas las reglas de juego de la competencia política para impedir el fortalecimiento de la oposición es el que ahora acusa a la oposición de incapacidad para constituirse como tal. Esa hipocresía recuerda la que reprochó Bernard Shaw a los poderosos: “Ustedes les obligan a lustrar zapatos, y deducen que no sirven más que para lustrar zapatos”. Ustedes sobornan, arrinconan, sofocan a la oposición y luego fingen lamentar que no haya oposición. Y si esa oposición aparece, la llaman traición.

No se los puede dejar solos


Ese “nosotros o el abismo” ha sido siempre uno de los argumentos de las dictaduras. En la Argentina de los años ’60 fue el pretexto que esgrimió el general Juan Carlos Onganía para imponer una dictadura para tutelar a una sociedad que consideraba en minoría de edad. Es el mismo el que, de modo agravado, usaron los generales de la última dictadura militar. Las dictaduras equiparaban apertura democrática con “salto al vacío”. Al dictador Francisco Franco se atribuye aquello de: "A vosotros no se os puede dejar solos". Soltados de la mano del Generalísimo, los españoles son hoy la sexta economía del mundo.

Del mismo modo que las dictaduras abolieron los derechos de los ciudadanos, suprimieron el concepto de ciudadanía y lo reemplazaron por el de “población” que, en el contexto militar, es un mero dato demográfico-estratégico, totalmente despersonalizado. Romero, Wayar y sus seguidores tampoco hablan jamás de “ciudadanos”, categoría que reemplazan, sistemáticamente, por el de “la gente”, que es una referencia vaga, que convierte a las personas en cosas, las inferioriza, las subestima y las despoja de su condición de mandantes.


Hay “gente”, no ciudadanos


En una concepción democrática existen ciudadanos libres y activos, no “la gente”, como objetos pasivos de un poder sin límites, contrapesos ni responsabilidad. Tanto el concepto de “población” como el de “la gente” ignoran la dignidad propia de cada ciudadano, ciudadana y sus familias. “La gente” es lo que está por debajo del grupo dirigente; es el vasto conglomerado de clientes subordinados a los que el grupo otorga favores y dádivas.

Lo que subyace en todo esto, y lo que también sin pudor está en la superficie, es una concepción no ya paternalista, sino un profundo autoritarismo plutocrático disfrazado de populismo erigido en tutor y curador de ciudadanos a los que imagina, y también condena, a minoría de edad. Los ataques a la oposición van más allá de las fronteras políticas: alcanzan todo el campo social. Si en veinticuatro años, la sociedad de Salta no pudo generar alternativas, la responsabilidad de tal fracaso no es sólo de los dirigentes de oposición sino la sociedad toda, con el propio oficialismo a la cabeza.

Se sabe que la calidad de un gobierno se mide por la calidad de su oposición. Si un gobierno, en bloque y de forma sistemática, se empeña en negar capacidad y legitimidad a los partidos de oposición, lo que en realidad está haciendo es negar la posibilidad una alternancia, principio básico de toda democracia. Pero está negando, además, legitimidad a  opiniones y propuestas distintas. Esta negando, en suma, la posibilidad de cambio y la libertad que tienen los ciudadanos de cambiar, de demandar el cambio y de elegir cambiar.

Destruir la oposición


Ha dicho Lord Acton que “la prueba más segura para juzgar si un país es verdaderamente libre, es la cantidad de seguridad de la que gozan las minorías”. En 1947, Guglielmo Ferrero, observó que “en las democracias la oposición es un órgano de la soberanía popular tan vital como el gobierno. Cancelar la oposición significa cancelar la soberanía del pueblo”.

En Salta el oficialismo está convencido que la democracia se agota en una simple, y cada vez más tortuosa, ingeniería electoral, carente de límites, de reglas y de principios. Cree que la democracia es la imposición despiadada de la mayoría en detrimento de los derechos de la minoría. Está segura que ella se reduce a un procedimiento de gobierno. “Dado que los derechos son elementos necesarios de las instituciones políticas democráticas, la democracia es también intrínsecamente un sistema de derechos”, anota Dahl.


El disenso como patología


La oposición, el disenso, la discrepancia, el debate político y las demandas de cambio, no pueden seguir siendo considerado como cuasi delitos, como patologías a erradicar o desviaciones a castigar, como cree el oficialismo en Salta. El discurso de Wayar y de Romero, confeccionado a medida de una Provincia Jardín de Infantes, ofende el sentido común, erosiona las instituciones y agravia a los ciudadanos.

“La libertad de disenso tiene necesidad de una sociedad pluralista, una sociedad pluralista permite una mayor distribución del poder, una mayor distribución del poder abre las puertas a la democratización de la sociedad civil y, finalmente, la democratización de la sociedad civil amplía e integra la democracia política”, explica Norberto Bobbio.


Cruzada contra herejes


Meter miedo a esa posibilidad sólo puede caber dentro de mentalidades autoritarias que se obstinan en reducir la realidad a lo bueno y a lo malo, adjudicándose ellos mismos el monopolio de la verdad y lo bueno y condenando a los disidentes al error y al mal. Una campaña electoral no debe transformarse en una cruzada para extirpar herejías. Tampoco en campo de batalla para destruir enemigos.

Nuestra aún pequeña, pero ahora compleja, sociedad de Salta no da para inventar telúricos y disparatados “ejes del mal” y para imponer la lógica del enfrentamiento entre amigos y enemigos. “O nosotros o el caos” suena a una de esas trágicas opciones de hierro que, en el pasado, condujeron a una Argentina de réprobos y elegidos, antesala del fracaso de la democracia y segura puerta de entrada al autoritarismo.


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