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sáb
04
jul 2009
| El Abierto de Cerrillos |
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Escrito por el sábado, 12 de mayo de 2007 (Ha sido leído 3642 veces) Aunque algunos malhablados atribuían el título de "El Abierto de Cerrillos" a un robusto vecino de Villa Los Tarcos, famoso por sus 'malas mañas', en realidad este augusto nombre se empleaba para designar a los que, probablemente, hayan sido los primeros torneos de tenis sobre hierba disputados en este pueblo del Valle de Lerma. Estos torneos comenzaron a disputarse en 1974, aunque no fue sino hasta 1977 que alcanzarían su máximo esplendor. Una primitiva cancha de vóleibol, construida sobre un generoso terreno adyacente a la casa de mi padre, dio paso luego a una estupenda cancha de tenis que comenzó siendo marcada con piolines y terminó como un 'court' en toda regla. En su mejor etapa, la cancha llegó a disponder de silla elevada para el umpire, área de descanso de los jugadores con sombrillas, heladera con bebidas frescas, vestuarios y hasta un sistema de vídeo con el que grabábamos los partidos. No disponíamos de Hawck-Eye porque aún no se conocía, pero hacía sus veces un tractorista tuerto que trabajaba en la finca La Falda. Los primeros partidos fueron encuentros familiares. De aquellas contiendas recuerdo no tanto la habilidad de los jugadores con la raqueta, sino la curiosidad que provocaba en los transeúntes -especialmente en los camioneros- ver a un grupo de gente practicando un deporte considerado -aun en aquella época- o bien elitista o bien no demasiado viril. Los más audaces y deshinibidos solían gritar "¡Eh! ¡Guillermo Vilas!", en tono despectivo y burlón. Pero lo que para el desprevenido paseante era un insulto, para los que allí intentábamos pulir nuestro 'top spin', era todo un halago. Algunas condiciones naturales dificultaban la práctica de un tenis ortodoxo, como por ejemplo la imperturbable presencia de un ciruelo muy cercano a una de las líneas de base, que a veces entorpecía las maniobras de servicio y, en otras, complicaba las devoluciones de las bolas profundas. Otra dificultad era la ausencia de un vallado que impidiera que las pelotas terminaran en un baldío vecino, entre churquis y maleza, o cruzaran la ruta por debajo de las ruedas de los camiones para terminar ocultas en los confines de la carpa de don Marcos Tames. Con el tiempo, ambos obstáculos fueron superados: el ciruelo (muy generoso en ramas pero bastante rácano en materia de frutos) desapareció de la escena después de que, con nocturnidad, un grupo de frustrados émulos de Andy Roddick lo extrajeran de raíz. Las pelotas perdidas -cuando menos las que se escapaban hacia el cerro- eran recogidas por Choschora, nuestro hermoso pastor alemán, que en su afán de cooperar con el juego, terminó 'enganchado' a la masticación de goma. Por aquel verdor pasaron jugadores muy interesantes. Su condición de amateurs no desmerecía en nada su juego. Sacadores brillantes como Carlos Rangeón, estilistas como Juan Ángel Liendro, potentes jugadores de fondo como Daniel Rangeón, deportistas completos como Quequene Álvarez y una pléyade de entusiastas de variada habilidad como Replo Martínez, Pipo Soler, Manolo García, Pierre Garcin, Michi Stephan o Alejandro Rangeón, para no citar sino a los que con más frecuencia pisaban aquella hierba. El tenis sobre hierba cerrillano, lejos del formalismo de Wimbledon, se convirtió en un importante espacio de socialización, especialmente con las féminas, que también empuñaban la raqueta con pasión. Alguna de ellas, como la famosa 'soprano' saltó un día a la cancha luciendo una minúscula faldita que provocó algunos comentarios subidos de tono entre los jugadores presentes y un cierto disgusto de los dueños de casa. Los partidos 'mixtos' llegaron a convertirse en un interesante pasatiempo, ya que era una buena oportunidad para entablar con las chicas diálogos bastante personales. En uno de esos intercambios, un amigo, despistado por los coqueteos de su ocasional adversaria, colocó sin venir a cuento un furibundo 'smash' que terminó con la pelota alojada a la altura de ciertas partes íntimas de la jugadora contraria. Con el tiempo, aparecieron otras canchas de césped en Cerrillos. Una de ellas la que construyó junto a su casa la señora Pepé Boetsch de Arias, una eximia jugadora, heredera de una larga tradición tenística centroeuropea. Aunque en la cancha de los Arias no llegó a disputarse formalmente el "Abierto de Cerrillos", por allí pasaron algunos de nuestros mejores jugadores. Fue precisamente en aquel terreno de la calle Sarmiento que Pipo Soler popularizó la expresión "¡Trenes a Tartagal!" que pronunciaba cuando algún jugador se encontraba 'match point' o, lo que es lo mismo, a punto de 'viajar'. Aquellas veladas tenísticas eran matizadas con torneos 'indoor' de ping pong, en la misma casa de los anfitriones en donde, por así decirlo, se respiraba un ambiente profundamente religioso. Lamentablemente, estas competencias se suspendieron porque uno de los jugadores se empeñó en cantar a los gritos aquel famoso bolero de Javier Solís que decía "es mejor que sigamos pecando, sin olvidarnos más". Nada del otro mundo, claro, excepto que entre los invitados a tomar el té se encontraba el mismísimo párroco de la localidad, el padre Egidio Bonato, enemigo frontal del pecado y, si acaso, también del bolero. |
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