Urtubey y el oro de los Jesuitas |
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Escrito por el sábado, 12 de mayo de 2007 (Ha sido leído 3012 veces) Tras sus primeros doscientos años en América, los jesuitas habían acumulado ingentes riquezas y enorme poderío. Disponían de tierras, oro y plata, mulas y vacas, esclavos y otra mano de obra subordinada, tropa armada, escuelas, universidades y casas de retiro. Comerciaban bienes, prestaban dinero, difundían ideas y mensajes, e influían sobre los más influyentes europeos e indios residentes en América. Como sucede casi siempre que alguien acumula tanto poder, la envidia, los temores y la maledicencia se unieron para abatir a los jesuitas allí donde se encontraran. Hacia 1767, Príncipes, Obispos, banqueros, pensadores e intrigantes lograron persuadir a S. M. Carlos III, Rey de España, de que era imprescindible expulsar a los discípulos del Santo de Loyola de la América hispana. La orden real se transmitió con la lentitud que imponía el traslado de los pliegos en sendos barcos de la Armada española. Su cumplimiento, como era de esperar, no resultó fácil. No ya porque el poder del Rey fuera insuficiente para este cometido, sino por las complejidades que acarreaba desmontar el intrincado imperio jesuítico sin desquiciar la economía de las colonias. En Salta, la expulsión se concretó en agosto de ese mismo año no sin antes un verdadero terremoto político que, visto lo sucedido en los tres últimos siglos, parece haber marcado a fuego nuestras prácticas políticas. Si bien el paso de los años ha moderado las furias, las ambiciones y los instintos que se expresaron descarnadamente en aquel agosto de 1767, hay más de un vaso comunicante entre aquellos acontecimientos y nuestra realidad contemporánea. Pero, estando esta nota centrada en un hecho histórico muy lejano en el tiempo, los probables paralelismos y el eventual reconocimiento de factores de identidad entre lo sucedido en 1767 y la vida política local, es algo que corre por cuenta y riesgo de los sagaces lectores de Iruya.com. La orden de expulsión acarreaba, naturalmente, el traspaso a la Corona de todos los derechos sobre las propiedades de los jesuitas, previo el preceptivo inventario. El buen fin de esta parte, llamémosla patrimonial, de la operación, exigía que los expulsos se enteraran de la medida en el mismo momento en que un Capitán de los Ejércitos de Su Majestad, tocara la puerta de las sedes jesuíticas. Los salteños sabemos que la discreción no forma parte de nuestras virtudes. De modo que nadie se sorprenderá al leer aquí que los ignacianos salteños se anoticiaron de la manda real con tiempo suficiente para poner en orden sus espíritus, acomodar sus papeles, preparar sus maletas y poner a buen recaudo su riqueza en metálico. Sin embargo, los historiadores no han logrado ponerse de acuerdo acerca de qué sucedió en los momentos preliminares y en los inmediatamente posteriores a la ejecución de tan polémica expulsión. La primera corriente científica sostiene que, en efecto, hubo alguien que avisó con tiempo y los jesuitas prepararon hasta 18 carretas cargadas de riquezas y lograron esconderlas en Valbuena, un paraje situado en las proximidades de Miraflores. Desde que, hacia comienzos del siglo XX, el Vicario Toscano certificara de alguna manera la tradición oral referida al oro de los jesuitas, miles de salteños (yo entre ellos), han soñado o sueñan con toparse con el Curu-Curu. Finalizando el siglo XX un sacerdote de origen valenciano, luego de traducir un texto cifrado atribuido a los expulsos, reavivó el entusiasmo de muchos de aquellos que, portadores de un sueño o cansados de trabajar, padecen el berretín de alzarse, legalmente eso si, con un tapao sustancioso que permita al descubridor y a dos generaciones de herederos, vivir de rentas. Pero hete aquí que lecturas recientes han echado por tierra mis ilusiones. En efecto. La segunda de las corrientes históricas antes aludidas, revela que el tesoro de los jesuitas fue expoliado por el Gobernador de Salta. Me refiero, naturalmente, a don Juan Manuel Fernández Campero a cuyo cargo corrió la responsabilidad de inventariar las riquezas y asegurarse de que los padres jesuitas y sus jerarcas partieran sin dilaciones a Roma o Madrid, vía Buenos Aires. Ahora, cuando el concepto de Lealtad está en el centro del debate político salteño, puede resultar de interés saber que, antes del expolio, el Gobernador de Salta pasaba por ser un hombre afín a los jesuitas. El caso es que fueron varios vecinos los que vieron al Gobernador en persona invadir una de las sedes de la orden expulsada y, tras exhibir sus credenciales ante mi antepasado Juan de la Cantoya (hombre de poco carácter), registrar hasta los lugares consagrados y salir con bolsas llenas de objetos de valor y de polvillo sevillano. Para cubrir su conducta sacrílega o, más precisamente, para ponerse a cubierto de las responsabilidades terrenales de su fea conducta, el Gobernador urdió una patraña. Hizo detener al rico vecino Miguel de Learte y Ladrón de Zegama, bajo la acusación de que había sido él quien dio la alerta a los Jesuitas, con quienes Learte mantenía sustancioso comercio. Pese a someterlo a gravísimas vejaciones, el Gobernador no logró doblegar la voluntad de este navarro perteneciente a una etnia de empecinados. Cárcel, torturas y amenazas se estrellaron contra el valor de Learte quién, mas tarde, tomó doble desquite contra el feroz Gobernador Fernández Campero: Primero, derribo la puerta del dormitorio de la Gobernadora, valiéndose de una enorme piedra; y segundo, escribió un libro de memorias donde narra sus desventuras y denuncia los latrocinios y patrañas del Gobernador. Lo que equivale tanto como decir que el Curu-Curu no es nada más que una leyenda creada, para ocultar innobles maniobras, por lo que hoy llamaríamos la Oficina de Prensa de la Casa de Gobierno. Antes de finalizar este artículo, una curiosidad que vincula a las anatemas religiosas con el tango. Veamos. Quienes encubrieran a los jesuitas (o se quedaran con sus bienes) recibirían la siguiente maldición redactada por monseñor Abad Illana, de la saga de los curas contestatarios cuya descendencia puede verse hoy en Misiones, en Salta o en Santa Cruz: “Malditos sean los dichos tales excomulgados de Dios y de su bendita Madre, Amen. Huérfanos se vean sus hijos, Amen. Mendigando anden de puerta en puerta y no hallen quien les abra, Amen. El sol se les oscurezca de día y la luna de noche, Amen. Las plagas que envío Dios sobre los Egipcios vengan sobre ellos, Amen. Con las demás maldiciones del Salmo CVIII. Y dichas las maldiciones lanzando las candelas en el agua, así mueran las almas de los tales excomulgados y desciendan al infierno con el Judas apóstata, Amen” El texto reconoce grandes analogías musicales y poéticas con el bellísimo tango “Que camine sola”, de Francisco De Val y Cristóbal Ramos. Es fácil imaginar el efecto que tamaña maldición produjo sobre los salteños y jujeños del siglo XVIII. Tan fácil como deducir que muchos de sus descendientes tiemblan ante las menos poéticas pero contundentes listas negras de los gobiernos. En tiempos paganos, caerse de la lista de "amigos del gobierno" provoca un terror mayor que aquel tipo de advertencias de fuente divina. A estas alturas, el lector que recuerde el título de esta nota se preguntará: ¿Y que tiene que ver Urtubey con todo esto? Pues muy sencillo: el Vicario y Juez Eclesiástico don Pedro José Urtubey, hombre de abiertas simpatías ignacianas, fue el encargado de recibir en Jujuy las abrumadoras denuncias contra el Gobernador de Salta. Más artículos de la categoría Sociedad |






