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Salvemos las callecitas de Salta

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Escrito por Armando Caro Figueroa, el martes, 15 de mayo de 2007 (Ha sido leído 2521 veces)
A la espera de que nuestros poetas se decidan a cantar a las callecitas de Salta, emulando al rioplatense que honró a las del Barrio Norte porteño, me atrevo a algunas consideraciones de temática municipal y de pretensión comparativa.

Salvemos las callecitas de Salta
Salvemos las callecitas de Salta
Es seguro que, allá por los años 60, las callecitas de Buenos Aires tuvieron “ese que se yo, ¿viste?”. Y es probable que aun lo conserve la espléndida calle Arenales.

Sin embargo, el resto ha perdido irremediablemente su encanto por obra y gracia de los perros y palomas, de los albañiles ovetenses que no saben pegar baldosas, de los vecinos negligentes, de las compañías que soterran cables y cañerías, de los cartoneros desprolijos (que no lo son todos), de los quioscos que pululan en las esquinas, y de los fumadores empedernidos.

Me refiero, como puede advertirse, a las veredas y no a las calles propiamente dichas cuyo pobre señalamiento, estado de conservación deficiente e inhumano tráfico dejo intencionadamente al margen.

En la campaña electoral en curso, los candidatos suelen aludir, muy de pasada, al estado de calles y veredas, aunque al hacerlo parecen avergonzarse de la presunta nimiedad de un tema que sienten impropio de estadistas.

Pero quienes culminan el desaguisado urbano son los porteros de los edificios adyacentes, también llamados encargados de casas de renta.

Diariamente estos trabajadores (que son de los mejores pagados en Buenos Aires y que actúan con la particularidad de tener patrones difusos y absentistas), salen provistos de poderosas mangueras, escobas, haraganes y trapos de piso, a lavar la vereda que corresponde estrictamente, eso si, a la demarcación de su edificio.

Varias son las cosas que llaman mi atención en estas operaciones matutinas que observo en los amaneceres porteños mientras hago el trayecto cotidiano desde casa al trabajo.

En primer lugar, el enorme derroche de agua que promueven los porteros, dejando correr el escaso y precioso líquido mientras mantienen los inevitables diálogos altisonantes con sus colegas acerca de la marcha del campeonato de fútbol o, mas quedamente, sobre el último desliz del vecino del octavo.

El derroche continúa cuando el encargado, obviando la escoba, utiliza la fuerza del agua para liberar a las veredas de los restos despreciables depositados durante la jornada anterior.

La segunda costumbre que llama la atención es aquella que lleva a estos obreros de uniforme a arrojar desaprensivamente la basura a lo que en los pueblos de Salta llamamos “cordón cuneta”.

Lógicamente, cuando llueve sobre Buenos Aires, la basura así acumulada tapona las bocas de desagüe, provocando inundaciones y molestias que son atribuidas por los mismos vecinos negligentes a la mala calidad de los servicios públicos y, en última instancia, a la impericia del Jefe de Gobierno de turno.

He comprobado que muchos salteños residentes en la Reina del Plata, a quienes la cultura del Valle de Lerma hizo personas observadoras y ciudadanos desconfiados, eluden prolijamente pisar el cordón cuneta, sabiendo que allí se depositan diariamente las infames evacuaciones de vientre de los inocentes perros porteños.

Se echa en falta aquí, frente a un fenómeno similar, aquella buena costumbre de la Edad Media que imponía a los vecinos, antes de tirar el contenido de sus orinales a la calle, prevenir a los paseantes. El higiénico grito “¡Agua va!”, era parte de la buena educación hoy olvidada.

Por una suerte de ley inexorable, Salta ha dejado de ser una ciudad de casas bajas y los edificios de departamentos y oficinas invaden el paisaje urbano.

En lo que aquí interesa, este tránsito introduce la figura del portero o encargado en reemplazo de las antiguas amas de casa (o de sus mucamas, si la familia podía permitírsela) en la tarea matutina de barrer la vereda.

Una actividad que, dicho sea de paso, fomentaba las relaciones de buena vecindad y el diálogo, bien entre las señoras a quienes el barrido igualaba en rango, o bien entre las mucamas que aprovechaban el momento de relativa libertad para citarse el domingo próximo en el Parque San Martín con el repartidor de leche o con el marchante que servía pan cacho malteado a domicilio.

Pienso que la oportunidad bien pudiera resultar propicia para que los titulares de inmuebles en propiedad horizontal, el sindicato hereditario y los administradores de consorcios, adoptaran medidas para instruir al creciente gremio de porteros acerca del mejor modo de barrer la vereda ahorrando agua y sin ensuciar el cordón cuneta.

Hasta me atrevo a imaginar que, ni bien encuentre un diseño ceremonial que incluya el encendido de lámparas votivas, nuestro Lord Mayor (que sufrió este tipo de carencias urbanísticas en su Colonia natal) tomará cartas en el asunto.


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