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La profesión política

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Escrito por Carlos Vázquez Iruzubieta, el sábado, 19 de mayo de 2007 (Ha sido leído 3425 veces)
Declaro a fin de que nadie se llame a engaño, que este breve artículo tiene un contenido contaminante y una propuesta utópica.

La igualdad ante la ley es la mentira más sonora del sistema democrático de gobierno porque la profesión política es la única que como colectivo profesional es inmune penal y civilmente respecto de sus actos dolosos y culposos. Sólo responden ante las leyes penales por los delitos comunes, pero al no estar prevenidos como delitos los actos reprobables, ni como responsabilidad civil por los daños que cometen en el ejercicio profesional, son impunes y consagran la falsedad de que todos somos iguales ante la ley. Ellos, los primeros.

Aristóteles
Aristóteles
En esta ocasión centraremos las reflexiones en Occidente y más propiamente en Europa, desde donde se extendió su civilización a las tres Américas.

En sus orígenes la tarea de velar por el bienestar de la población estaba destinada a los patricios de la Grecia clásica. Una democracia calificada por una clase social derivada del nacimiento. La Política de Aristóteles no está dedicada a una profesión sino al mejor modo de administrar la Ciudad-Estado griega, de educar a sus ciudadanos, de las diversas formas de Estado y de Gobierno y otros temas atinentes a la sociedad toda, pero en ningún caso se habla de política como actividad profesional; más bien, como un deber cívico que concierne a quienes, según sea la forma de Estado y la de Gobierno, están destinados a ejercer como una carga social ese deber, mejor o peor cumplido, como en todas las épocas.

Platón fue quien trata más extensamente el modo de llevar a cabo lo más saludablemente posible la tarea de gobernar en provecho del cuerpo social. Sus propuestas contenidas en La República tienen la virtud de ser teóricamente tan impecables como inaceptables para una vida social como la que se lleva en estos tiempos en Occidente. Después de tantos siglos de lucha para lograr la ansiada libertad e igualdad, no parece posible que las madres entreguen sus hijos para ser seleccionados y admitidos en escuelas de buenos gobernantes, apartados de todo vínculo personal y familiar a fin de que llegado el momento de gobernar, se eviten entre otros, el pecado cívico de prevaricación. Como todo lo que proviene de Platón (no en vano fue ardiente pitagórico), es tan sorprendente como inadmisible... hoy y en Occidente porque, si analizamos ciertas épocas históricas y civilizaciones actuales donde el sistema de castas es la columna vertebral de la sociedad, tal vez estaríamos más dispuestos a leer a Platón sin tantas reservas que no son en definitiva, más que prejuicios occidentales alentados desde la cuna, como suele decirse.

Más tarde sobrevino la era de los Imperios, culminando el estereotipo con Césares romanos, que eran los encargados del bienestar de la población, asistidos por sus asesores personales y algunas instituciones que según las épocas tenían una mayor o una menor incidencia en la vida pública. La masa social, seguía ausente en la toma de decisiones de asuntos que les afectaba. No obstante, los que estaban cerca de los Césares tenían sus propias ocupaciones y solamente ostentaban la cualidad de funcionarios quienes ocupaban los empleos de una administración siempre numerosa.

Por fin llegó la era del liberalismo, el capitalismo y la proclamación de la igualdad y la libertad; era que comenzó, hay que decirlo, pasando por la guillotina a todo el que pasaba cerca de la hoy plaza de la Concordia. Cuando los salvadores de la humanidad se hartaron de beber sangre, se incorporó al estado social la burguesía y como dijo Ortega y Gasset, a partir de entonces “se acabaron las revoluciones”. Ya estaba todo arreglado y bien arreglado: el pueblo era libre y todos los ciudadanos iguales ante la ley. Hubo necesidad de agruparse para que los que se creían aptos para encargarse del bienestar de los ciudadanos pudieran llevar adelante sus loables propósitos con menos dificultades. Y fue entonces cuando cercana en el tiempo la Independencia americana, colaboró en la tarea y se dio aliento a los incipientes partidos políticos.

En ellos estarían representados todos y cada uno de los ciudadanos, y puesto que la elección de los legisladores y gobernantes era directa aunque no su actividad que fue y es representativa, todo el problema quedaba resuelto. Lo que ocurrió verdaderamente es que la carga social de encargarse del bienestar social pasó de ser una actividad cívica a ser una profesión en toda regla. Los políticos suelen enfadarse cuando se les recuerda que ejercen una profesión no reglamentada; es decir, fuera de la legalidad. A esta profesión suelen catalogarla como entrega patriótica. El mal ya estaba hecho, aunque no del todo; faltaba el aspecto más desolador: la ideología.

La actividad cívica convertida en profesión liberal se tiñó de ideologías, o lo que es lo mismo, de propuestas sociales que tienen la virtud teórica o práctica, según sea la ideología, de proponer soluciones edénicas a los feligreses de tales religiones políticas. A los demás, que son “los otros”, ni agua. La ideología ha convertido a la profesión política, que como profesión era ya una perversión, en un instrumento de persecución. La carga social consistente en procurar el bienestar de la población queda convertida gracias a las ideologías, en un instrumento de persecución social que no tiene el rostro de lo personal, como siempre fue en todas las épocas, cuando los que mandaban perseguían por venganza a sus enemigos personales, porque en la actualidad la persecución se lleva a cabo contra el rostro indefinido de los que piensan diferente. El resultado es siempre el mismo: la persecución mas, si lo inmoral tuviera grados, parecería menos inmundo perseguir por instinto visceral que fríamente a quienes ni siquiera se conoce.

El quehacer de las ideologías fue eficaz por lo persistente, unidireccional y obsesivo. Las diferencias sociales que no pudieron ser curadas mediantes las sociedades pías y de beneficencia creadas y administradas por los dueños de la riqueza social, se mantuvieron como siempre a causa de su fracaso, haya sido por una falta verdadera de interés de las damas pías, haya sido por “imposibilidad técnica” mas, lo único cierto es que las ideologías fomentaron el odio de clases y su diferenciación, situación que con matices perdura hasta la fecha, ahora que los retos de la humanidad son otros muy distintos a los del siglo XIX y principios del XX. Es lamentable observar que la guerra fomentada por las ideologías ha terminado, pero el hábito de odiar se mantiene insepulto y carece de razón de ser mientras el planeta se degrada sin remedio.

Hoy, cuando llega la época breve de besar niños y visitar hospitales, los políticos se enardecen a tal punto que comienzan a verter promesas llamadas electorales. Como solía decir un conocido político español: las promesas electorales se hacen para no ser cumplidas”. A este famoso personaje, que Dios lo mantenga en su gloria. Lo cierto es que esta profesión que carece de reglamento legal y que está siempre sumida en la más insolidaria impunidad, debiera ser “castigada” como el resto de las profesiones y ser sometida a un catálogo de delitos profesionales y responsabilidades civiles derivadas del ejercicio de su cargo.

Todos hemos creído durante demasiado tiempo que tras cada elección los que vendrían serían capaces de eliminar estas irritantes desigualdades; sin embargo, una y otra vez las promesas quedaron sin ser cumplidas. También creímos, y para ello fuimos jóvenes, que en cada último proceso electoral las cosas cambiarían. El fenómeno que atraviesan no pocos países europeos en los que el voto no es obligatorio, es una abstención tan preocupante que los políticos no saben cómo evitar esa vergüenza que constituye el desdén de su clientela. Una buena solución sería cuantificar la totalidad del censo electoral para la distribución equitativa de los escaños del Parlamento, de modo que si conforme al censo electoral corresponde un número concreto de votos escrutados, 300 por ejemplo, los votos nulos más el porcentaje de abstención, si sumados llegaran por ejemplo al 50 % del censo, que según la ley se otorgaran escaños sólo por la mitad de la totalidad, que es la realidad política más cruda y verdadera. Nos preguntamos: ¿qué razón asiste a los políticos para apropiarse de la voluntad de los electores activos que dan su opinión política callando u omitiendo su voto? Ninguna razón. Sólo la de siempre: simple prepotencia.

La razón por la que los políticos mantienen su status de privilegios radica casi de manera exclusiva en el hecho de que la actividad social en que debiera consistir la política se ha profesionalizado y debe satisfacer los requerimientos ideológicos cualquiera sea el resultado que se logre, incluyendo la ruina social de un país. Porque esa carga social una vez profesionalizada, no tiene opción: o se envenena con los rencores que desata la ideología, o será tildada de traidora a los intereses generales que nunca son tales, obviamente, sino particulares de quienes enarbolan la misma bandera en los mítines políticos.

Quién sabe las cosas mejorarían un poco si los políticos profesionales tuvieran a bien limar sus asperezas con la dignidad y recortaran sus privilegios sometiéndose a una regulación legal de su profesión y a una renuncia de las rancias ideologías a favor de propuestas realistas que de verdad intenten dar solución a los problemas reales sin definirse ideológicamente.

Las ideologías, nutrientes de la profesión política, han establecido una sociedad de castas. Tal vez fuera menos doloroso para el pueblo, si al menos comenzaran por reconocerlo.


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