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¿Qué fue de la vida de aquellas damas?

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Escrito por Armando Caro Figueroa, el sábado, 19 de mayo de 2007 (Ha sido leído 2488 veces)
Me desvela, desde hace un par de años, la preocupación por saber qué habrá sido, qué será de ellas.

De aquel medio centenar de niñas de bailar pensativo que, en los hoy denostados sesenta, se desmelenaron y quebraron ancestrales códigos salteños, en compañía, como no, de un grupo de jóvenes afrancesados.

¿Qué fue de ellas?
¿Qué fue de ellas?
Se equivocan quienes piensen que se trataba de las clásicas mujeres de mala vida (dicho esto con todos los respetos y sin compartir la etiqueta descalificante) que recalaban en el lujoso cabaret de la calle Córdoba antes de llegar al río.

Tampoco eran cándidas campesinas, ni costureritas de esas que daban el mal paso.

Eran jóvenes de todas las clases, románticas, generalmente bellas, rebeldes, intelectuales amantes de la lectura, del teatro, del cine y de la música, que sucumbieron a las novedades de su tiempo y al clima de época. Una época en donde se produjo la última de las mutaciones metafísicas (HOUELLEBECQ) transcurridas hasta ahora.

Seguramente antes de entonces existieron en Salta personalidades femeninas de esta estirpe, pero no llegaron a constituir esa especie de movimiento cultural que, cargado de erotismo, se abatió sobre la Salta remilgada y pacata de los cincuenta y las tuvo por protagonistas.

La audacia de quienes montaban a caballo como varones, fumaban a ojos vista, se bañaban en los ríos sin albornoz, usaban medias caladas, bailaban escandalosos boleros, o inauguraron la usurpación del pantalón, quedó eclipsada por esta fiebre libertaria que irrumpió en el recinto otrora sagrado del pudor y del sexo.

Forzado a buscar antecedentes en la historia local, me atrevería a emparentarlas con aquellas mujeres audaces que en 1813 y en vísperas de la trascendental batalla, desorientaron y privaron a los oficiales españoles de su vigor y de su convicción de triunfo.

Como ciertas cosas han vuelto, afortunadamente, a su antiguo cauce nadie se atreve a hablar, no ya de las personas singulares que se movieron al ritmo de las ideas que popularizó el Mayo francés de 1968, sino de las características o del anecdotario de aquel movimiento que en Salta, y contra lo que pueda suponerse, alcanzó singular intensidad y vitalidad.

Ningún caballero, ninguna dama que se precien de tales se atreverían a entrar en detalles. Y está bien que así sea.

Sin embargo, no deja de sorprender que la reserva y el recato se extiendan a los aspectos, llamémosle así, históricos y sociológicos de una época signada por la curiosidad perpetua, los desafíos radicales y la creatividad que hacía sentirse a muchas de ellas verdaderas Evas fundadoras de teorías, de escuelas o de estirpes.

En varias de mis notas me he referido tangencialmente al fenómeno. Pero ha sido el inesperado encuentro con uno de los máximos Casanovas de la época, la casualidad que me ha hecho volver sobre aquel tiempo y aquellas salteñas audaces, la mayoría de ellas hoy serenas abuelas.

Influyeron también en este recorrido evocador, unas sesudas reflexiones del nuevo líder de la derecha francesa Nicolas SARKOZY, que ha creído ver en el ideario de los sesenta la raíz de los males presentes.

En su vibrante arenga, dicha en BERCY, el ahora Presidente de la Francia castigó aquellos acontecimientos y a su herencia cultural señalando que “Mayo del 68 nos había impuesto el relativismo intelectual y moral. Los herederos del 68 habían impuesto la idea de que todo vale, de que no hay ninguna diferencia entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso, entre lo bello y lo feo. Habían proclamado que todo está permitido, que la autoridad había terminado, que las buenas maneras habían terminado, que el respeto había terminado, que ya no había nada que fuera grande, nada que fuera sagrado, nada admirable, y tampoco ya ninguna regla, ninguna norma, nada que estuviera prohibido”.

Pero abandonemos estas peligrosas alturas y regresemos al selecto club de salteñas sesentistas.

Aquel amigo, a quién citaré con el alias de Néstor, fue quizá el número uno de la noche salteña en los años sesenta. De las noches y, como no, de las siestas, que por razones casi evidentes adquirieron entonces un nuevo significado y se poblaron de amores, de promesas y de búsquedas no siempre infructuosas.

Néstor fue categórico: “Debo decirte que solamente dos de ellas mantienen sus convicciones y, con casi setenta años de edad, su desenfreno y su encanto, pese a que ninguna de ambas pasó por el quirófano”.

Según mi ocasional interlocutor, una de ellas alimenta intelectuales fuegos (de llamas ya decadentes), que traslada a cuatro de nuestros más representativos pensadores, inspirándoles lecturas y avivando la sorda competencia política y metafísica que los encona desde que la dictadura de Onganía y los manejos del Genearca los separaran de una vez para siempre.

La segunda, cansada del estrecho elenco de comprovincianos y turistas, emigró a Ibiza y desde allí continúa explorando las honduras del placer, sin olvidar su pasión por el turismo ecológico que adquirió en las bellas quebradas de Chicoana.

El panorama de las retiradas es más variado.

Aquella musa que deslumbrara bailando sobre las mesas danzas tomadas de “Las mil y una noches”, envejece sola y triste en una casona semiderruida situada allí donde no llega la vacunación obligatoria de perros y gatos. Casóse con quién no debía, lo intentó todo en Birimbaun y otros centros que reunían a la dispersa tropa y, presa de los fantasmas del arrepentimiento, renunció a Satanás y a sus pompas. 

No faltó quien descubriera sus dotes empresariales. Liquidó su también erróneo matrimonio, rebuscó entre las entonces cuarentonas de su camada; seleccionó las mas bellas de modales distinguidos (bilingües encontró cuatro), y habilitó una discreta casona para atender a turistas europeos (americanos, abstenerse) y a hacendados del sur. Todos seis ceros. El éxito y la maledicencia coronaron su esfuerzo.

Otra, víctima de la concupiscencia y de la promiscuidad, se trasladó a California tras la huella de los herederos de Francesco DI MEOLA, quién supo liderar una de las iglesias mas concurridas por los hippies de todo el mundo. En realidad, marchó de Salta atendiendo al ruego de sus beatas tías. Cuando con los años encontró la serenidad, terminó aferrada a la metafísica y a diversas prácticas orientales.

La mayoría de las integrantes de aquel Parnaso vallisto logró insertarse dentro de la normalidad. Construyeron una nueva identidad, borraron huellas, mutaron lecturas y amistades, y hoy ennoblecen la profesión de abuelas regalonas.

En nuestra luminosa y nostálgica charla, mi buen amigo, que siempre se caracterizó por ser un hombre que bordeaba la indiscreción, se apegó felizmente a los cánones de la caballería y, omitiendo todo detalle que pudiera facilitar identidades, hizo gala de la ambigüedad y de los sobreentendidos piadosos.

Terminó revelándome la existencia de un tercer género. Un conjunto de damas muy bien conservadas que, pese a los años, persisten en la espera pasiva de un esposo sesentón, fiel, veraz, generoso, alegre y adicto a los cruceros por el Caribe y a los viajes por Europa.

Como han llegado a la conclusión de que esta raza no habita en Salta, buscan -a través de Internet- a los raros ejemplares que pudieran sobrevivir en el ancho mundo.

Es poco probable que los nuevos tiempos hagan nacer en Salta al novelista que, siguiendo la huella de “Las partículas elementales” (M. HOUELLEBECQ), refiera el esplendor y la derrota de estas damas, admirables por audaces y distintas.

Pero, siendo Salta tierra dada al lirismo, pronto vendrá el día donde un poeta, heredero quizá de Miguel SARAVIA, las celebre con un homenaje parecido al que PIAZZOLA y FERRER rindieron a La Última de las Grelas.

Del fondo de las cosas y envuelta en una estola
de frío, con el gesto de quien se ha muerto mucho,
vendrá la última grela, fatal, canyengue y sola,
taqueando entre la pampa tiniebla de los puchos.

Con vino y pan del tango tristísimo que Arolas
callara junto al barro cansado de su frente,
le harán su misa rea los fueyes y las violas,
zapando a la sordina, tan misteriosamente

Despedirán su hastío, su tos, su melodrama,
las pálidas rubionas de un cuento de Tuñón,
y atrás de los portales sin sueño, las madamas
de trágicas melenas dirán su extremaunción. 

Y un sordo carraspeo de esplín y de macanas,
tangueándole en el alma le quemará la voz,
y muda y de rodillas se venderá sin ganas,
sin vida, y por dos pesos, a la bondad de Dios.

Traerá el olvido puesto; y allá en los trascartones
del alba el mal, de luto, con cuatro besos pardos,
le hará una cruz de risas y un coro de ladrones
muy viejos sus extrañas novelas en lunfardo.

Qué sola irá la grela, tan última y tan rara,
sus grandes ojos tristes trampeados por la suerte,
serán sobre el tapete raído de su cara,
los dos fúnebres ases cargados de la muerte




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