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El gobernante doméstico

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Escrito por Ricardo Díaz Villalba *, el miércoles, 23 de mayo de 2007 (Ha sido leído 2260 veces)
El gobernante doméstico es aquel que no puede distinguir entre la vida doméstica y la vida pública, aquél que no tiene la capacidad de establecer la diferencia fundamental que existe entre los intereses públicos y los intereses particulares; aquél que no entiende el verdadero sentido de la palabra « república », « res- publica », la « cosa pública », la cual expresa la existencia de un espacio publico que, como tal, representa el interés común, esto es, el de todos los ciudadanos y no sólo el de una clase social determinada, o de un partido político , menos aun el de una sola persona.

Jean-Jacques Rousseau
Jean-Jacques Rousseau
El gobernante doméstico es el que confunde su vida privada con la función pública, excluyendo así toda posible objetividad en sus decisiones, puesto que le es imposible entender que el funcionario público tiene como sola misión velar por el interés general y que, por lo tanto, en el ejercicio de su función, encomenandado y subvencionado por el pueblo, no debe jamás mezclar sus cuestiones personales. Aun menos sus caprichos.

El gobernante doméstico es entonces un ignorante, pues desconoce los principios elementales de la vida republicana, por lo cual debería recomendársele, para su esclarecimiento, la lectura asidua de Platón, de Montesquieu y de Rousseau.

El gobernante doméstico es aquél que no posee la virtud política, que no consiste de ningún modo en empapelar la ciudad con la fotografía de su sonrisa; dado que la misión del político no consiste en sonreír al pueblo, sino en trabajar por él: es evidente que a este ultimo no le interesa el color de las corbatas del que los gobierna, sino su grado de eficacia y de responsabilidad cívica.

El gobernante doméstico es el que se queda siempre en casa, el que se encierra en residencias inaccesibles para escapar del pueblo, a quien tanto adula y poco escucha; desconociendo así una de las virtudes esenciales del político, esto es, el diálogo.

Enajenarse del pueblo, abandonar el diálogo constituye una alineación puesto que esto implica una renuncia explícita a lo que es su función propia: la de acomodar sus acciones, no al interés de sus deseos, sino al interés común de la gente para la que gobierna.

El gobernante doméstico es el que tiene miedo de caminar por las calles de la ciudad, el que mira el mundo solo a través de su ventanita campestre, el que se encierra en reuniones de escritorio, filtrando todo acceso con secretarias complacientes. Esto, porque es incapaz de admitir que todo hombre puede equivocarse, que el error es parte de la naturaleza humana, y que por lo tanto su deber de funcionario lo obliga a escuchar los reclamos de la gente que le permitió con su voto ejercer el poder.

Un gobernante sordo, que no presta oídos a la voz de la comunidad, mal puede dirigir sus acciones que, en principio, se orientan por el bienestar de la misma.

Dictar órdenes ciegamente, ignorando la voz de los que las reciben, constituye un acto absurdo, como el que consiste a seguir hablando cuando nadie nos escucha.

Por otra parte, por principio, el hombre de Estado no debería jamás refugiarse entre custodios, victima de un miedo sospechoso, ya que, por definición, el funcionario público se ocupa de los intereses del pueblo y se pone a su servicio: tener miedo del pueblo levanta dudas legítimas, puesto que eso significa ser consciente de no haber respondido correctamente a sus expectativas; o sea, no haber mantenido un justo equilibrio entre lo dicho y lo hecho.

El gobernante doméstico es el que cree que el poder es propiedad privada, y confundiendo la republica con la empresa, se adueña así de lo que no le pertenece. Esto, porque no entiende que el Estado es soberano y que su autoridad de ningún modo le pertenece, y no puede tampoco comprender que el poder del Estado no es propiedad de quien lo ejerce: razón por la cual no es hereditario.

Le debería entonces quedar claro que esa soberanía le es transferida a trabes del voto del pueblo no en calidad de don, sino en calidad de representación. Por lo tanto, su deber lo obliga a hacer un uso adecuado, esto es ejercer una autoridad representativa y no posesiva; y un uso moderado, esto es, sin abusar de aquello que se le ha concedido para un ejercicio temporario.

El gobernante doméstico cree que el poder es vitalicio y no acaba de entender que la vida republicana exige la renovación permanente y asidua de los cargos públicos. Precisamente por esta misma razón, la principal virtud del político es la del sacrificio.

Nada mas ajeno a esta virtud que la acumulación progresiva y obstinada del poder, mostrando ese egoísmo inmaduro que todo lo acapara y nada deja a los demás; esa vergonzosa debilidad de carácter que no controla la ambición y el deseo personal, tan lejanos de la misión publica, y se lanza en ilícitas reformas constitucionales para, a todas costas, perpetuarse en el poder.

El gobernante doméstico es siempre rico, porque le gusta acumular dinero y posesiones. El que acumula riquezas en exceso, esto es, innecesarias para una vida decente de él y de su familia, es el que confunde prosperidad material con felicidad y éxito con virtud y que, por lo tanto, no otorga ninguna importancia al cultivo de las facultades esenciales del ser humano, esto es, el ejercicio de la voluntad, imponiéndose a si mismo, por ejemplo, el sacrificio; ni el desarrollo de la inteligencia, con una lectura apropiada a sus acciones, seguida de una reflexión pertinente.

El que acumula riquezas tiene su cabeza ocupada en los negocios y no tiene tiempo para otra cosa. Es por eso que un hombre tal, no se ocupa de la suerte de sus vecinos, esto es, no se ejercita en ningún tipo de altruismo, puesto que solo puede concentrarse en la prosperidad personal. De este modo, se puede concluir que el que acumula riquezas es poco apto a ejercer la función pública: puesto que no posee espíritu de sacrificio, no controla su ambición, solo persigue su interés personal, y, por ultimo, no tiene tiempo para cultivar los conocimientos necesarios para gobernar.

El gobernante doméstico es el que confunde la administración de la “cosa pública”, la del Estado, de los bienes y de las riquezas de la comunidad, con la simple administración de una empresa privada, o los de su familia.

El que se ocupa de los bienes de una familia no puede evidentemente utilizar ninguna estrategia que contemple el interés de sus vecinos; puesto que sólo debe tener en cuenta el de los miembros del clan y ocuparse de que éstos gocen de buena salud, ocupen buenos cargos, ganen buenos salarios y mantengan su prosperidad, incluso si esa prosperidad vistosa contrasta con la miseria de sus conciudadanos. Para este tipo de administración no se requieren conocimientos específicos; sólo una habilidad, saber trabajar para sí mismo.

El que administra una empresa, persigue solo el interés particular y posee como estrategia la acumulación de los medios de producción y el sometimiento voluntario de sus obreros. Los conocimientos requeridos para este tipo de tarea administrativa están ligados al funcionamiento de los mercados y a la contabilidad.

En cambio, el gobernante doméstico no entiende que para gobernar, para administrar los bienes del Estado, se requieren grandes conocimientos, no sólo en el campo de la economía y de la sociología, sino también en los de la historia, el derecho, la filosofía y la teoría política. Axial por ejemplo, difícilmente se puede elaborar una ley y aplicarla correctamente si se desconoce lo qué es una ley y la ciencia que trata de las mismas. ¿Cómo podría un gobernante ignorar los fundamentos teóricos de las instituciones políticas y los de la organización social, o no poder establecer una definición correcta de la justicia? Como se puede gobernar si se desconocen los Tratados de Locke o la Ética a Nicomaco?

Parecería ser que el político es el único profesional que puede ejercer su profesión sin adquirir conocimientos previos, como si alguien pudiese realizar operaciones quirúrgicas sin haber estudiado la medicina; o construir puentes sin la técnica del ingeniero. Claro está que toda la buena voluntad y toda la experiencia del noble enfermero no son suficientes para tomar las decisiones de un médico y que todo el coraje y la maestría del albañil no bastan para construir un edificio.

La ciencia política no es una ciencia totalmente empírica, como lo puede ser el oficio del panadero o el del jardinero.

Si los políticos dicen que gobiernan para el pueblo y el pueblo se muere de hambre, eso quiere decir que los políticos o son ignorantes, porque no poseen los conocimientos necesarios para hacerlo correctamente; o son incapaces, porque no poseen la virtud necesaria para evitar esa miseria.

* Ricardo Díaz Villalba nació en la Ciudad de Salta en el año 1958. Egresó del Bachillerato Humanista Moderno de esta Ciudad.

Es Licenciado en Filosofía por La Sorbona, donde también obtuvo el título de Magíster. Fue profesor en la Universidad Nacional de Salta. Fundó y dirigió la revista “Diálogos. Letras. Artes y Ciencias del Norte argentino” que se editó entre mayo de 1993 y septiembre de 2003. En el año 1996, “Diálogos” fue premiada por la Secretaría de Cultura de la Nación como la mejor revista cultural de la Argentina. Reside en Francia donde ejerce la docencia en Filosofía Antigua y en Estética. Con este texto Iruya.com lo cuenta como columnista.




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