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Elogio de Poma - Gerstenfeld

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Escrito por Luis Caro Figueroa, el jueves, 24 de mayo de 2007 (Ha sido leído 3323 veces)
Porque la incredulidad y la predisposición a la crítica despiadada son dos de los vicios que mejor atornillan la cabeza de muchos comprovincianos, a veces nos resulta imposible valorar, en su justa medida, los logros y las conquistas del prójimo.

El autor de estas líneas actuando en el Café Concert de Poma Gerstenfeld
El autor de estas líneas actuando en el Café Concert de Poma Gerstenfeld
Pocas cosas me desilusionan tanto de Salta como el chisporroteante carrousel mediático puesto en marcha para convencer obsesivamente a los salteños de que "todo lo bueno" principia con el aterrizaje en la azotea del poder de esa nave intergaláctica que gobierna la Provincia desde hace un cuarto de siglo.

Sólo una borrachera de obsecuencia -que suelen ser más frecuentes y perturbadoras que las que consigue el vino blanco de mesa- puede conducir a ciertos individuos a afirmar que "la cultura" y "la modernidad" son productos enlazados estrechamente por una cadena helicoidal con el régimen de turno.

Pero precisamente son espacios como Iruya.com los que existen para recordarnos que el ego es, frecuentemente, el asesino de la razón y que en su alocada carrera por adueñarse del mundo, los actuales inquilinos del poder pretenden matar, también, a la historia de Salta.

Sirvan estos párrafos de introducción al elogio de una de las experiencias culturales más enriquecedoras que conoció Salta en la segunda mitad del siglo XX: los Café-Concert de Poma-Gerstenfeld.

Al comienzo de los 80


En los primeros años 80 se recogieron los frutos de esa profunda revolución ocurrida en el campo de la música popular durante los 70. Una transformación que modificó estructuras, introdujo nuevos sonidos, promovió nuevos estilos y derribó barreras jurisdiccionales entre diferentes géneros.

Y en Salta, donde aún no había emergido del todo el monstruo narcisista que alcanzaría la hegemonía años más tarde, todo este movimiento cultural universal tuvo un eco casi inmediato. Negarlo, sería como negar ahora el auge de los llamados 'screen-agers' (la generación de los que viven enganchados a una pantalla).

Eran tiempos de dictadura y de falta de libertades, pero en su infinita capacidad para contradecirse, los enemigos declarados de las libertades públicas dejaban, de tanto en tanto, algunos huecos para el ejercicio de ciertas libertades económicas.

Este bug de la dictadura favoreció la importación, a precio de ganga, de discos de vinilo de gran calidad y una enorme variedad de géneros. Los que juntábamos monedas pudimos aprovechar este resquicio para enriquecer nuestras discotecas, pero no está demás recordar que otros, menos sensibles y más ostentosos, aprovecharon las mismas facilidades para poblar las calles de Salta de fastuosos vehículos japoneses.

Dos tipos audaces


Sergio Poma tenía por entonces 37 años. Junto a Noemí Solé, su mujer, regenteaba una exitosa boutique y una revolucionaria -para la época- escuela de modelos. Jorge Gerstenfeld, con 26, era el propietario de una no menos exitosa tienda de artículos deportivos en la avenida San Martín. Poco tiempo pasó para que este dúo de apasionados emprendedores sorprendiera a Salta con la organización de espectáculos que combinaban tres atractivos casi irresistibles: la moda, la belleza y la música.

Sergio se destacaba por sus cualidades como presentador y maestro de ceremonias; Jorge lo hacía como musicalizador e ingeniero de sonido. Ambos eran, además, excelentes organizadores y hábiles directores de grupos humanos.

Con el lema de "Bienvenidos a bordo", Poma-Gerstenfeld lanzaron a los salteños de la época un desafío singular: el de asomar al universo de la música popular de los ochenta, de la mano de una generación de salteños "post-folklóricos", es decir, nacidos una década después de la "edad de oro" del folklore de Salta.

¡Y vaya si acertaron!

Un éxito sostenido


Sergio Poma y Luis Caro en el programa De Persona a Persona
Sergio Poma y Luis Caro en el programa De Persona a Persona
Aquellos espectáculos se produjeron, al más alto nivel, cuando menos durante un lustro (1981-1986) y lo que comenzó siendo una experiencia local, pronto se propagó a otros lugares de nuestra geografía y tuvo hasta su propio programa de televisión.

Poma-Gerstenfeld rompieron con el estereotipo de las peñas, los festivales y las serenatas. Y aunque la música folklórica tenía en sus presentaciones un espacio muy importante, ellos supieron imprimir a sus espectáculos un toque de sofisticación y buen gusto que trajo un aire de renovación saludable tanto para el público como para los artistas.

Muchos de ellos, acostumbrados como estaban a un estatus casi servil, se sorprendían de que quienes trabajaban para Poma-Gerstenfeld se alojaran en hoteles de primera y que cenaran en la mesa de las modelos y no con los mozos en la cocina. Deslumbrados por este trato de príncipes, algunos viejos folkloristas no dejaban de recordaban a aquel empresario que en 1973 trajo a un importante conjunto del oriente boliviano al que hacía dormir debajo del escenario, junto a sus perros.

Mi incorporación a la troupe se produjo con cierto retraso y por una casualidad. Había estallado la guerra en las Islas Malvinas y a la idea -ya de por sí discutible- de lanzarnos a semejante empresa sin el más mínimo apoyo internacional, se sumó la brillante idea de declararle también la guerra a la lengua de Shakespeare, que ninguna culpa tenía en el conflicto.

Poma-Gerstenfeld se encontraban organizando un espectáculo para apoyar a nuestros soldados y a través de mi hermana -a la sazón, clienta de su boutique- se enteraron de que yo había compuesto una canción relacionada con el asunto, que fue estrenada sin demasiado suceso en un sombrío y desangelado festival cerrillano.

Me convocaron a un 'casting' del que salí más o menos airoso, hasta el punto de que al terminar la audición estaba contratado para 'cantarle a la Patria'. El precipitado final del conflicto hizo que aquel espectáculo se cancelara, pero no mi relación con Poma-Gerstenfeld.

Los artistas


No fue fácil integrarse en aquel grupo pues había de todo y muy bueno. Para empezar, conocí a Lito Fayón, un vocalista excelente, con una cierta reminiscencia a Nino Bravo. Más tarde conocí a René Rivas, cuya forma de interpretar a Serrat con la guitarra era realmente insuperable. Ni hablar de Alicia Asti, que bordaba el melódico y el bolero con un arte y una gracia pocas veces vistos. ¿En dónde encontraría yo un lugar junto a estos artistas?

Más difícil aún lo tuve cuando escuché la voz dulce y armoniosa de Cecilia Sutti, cuando me deslumbró la técnica del Flaco Villarreal o cuando supe de la exquisita sensibilidad folklórica de Josué Escudero. ¿Quién podría superar entonces el estilo y la clase de Jordi Escoda o de Raúl López Bianchi, que eran unos auténticos 'hombres del piano' cual si fueran Billy Joel o Elton John?

Pero Poma-Gerstenfeld tenían la respuesta. En ese universo cosmopolita de sonidos y voces les faltaba alguien que cantara en otros idiomas y sin pensárselo mucho me atribuyeron ese papel, conscientes de que se trataba de una apuesta arriesgada, no tanto por mis habilidades lingüísticas, sino por el eventual rechazo que pudiera producir entre algunos partidarios de "lo nuestro". Los ecos de Malvinas aún resonaban y muchos pensaban que se debía de 'ajustar cuentas' con los ingleses, de cualquier forma.

Pronto me pusieron en contacto con César Bugiolacchio, el pianista, y con él estrené en un amplio salón de Tres Cerritos una versión de "My Way", que tenía una primera parte, en inglés, con los arreglos que hizo Don Costa para Frank Sinatra y una segunda, en francés, con el 'tempo' de Michel Sardou.

El experimento funcionó y se prolongó durante años. Hasta el punto de que mi pianista, hombre de la noche, me hizo llegar una interesante oferta para cantar tangos en el archifamoso 1514. Aunque amante del tango, mi padre interpuso un riguroso veto victoriano a esta audaz iniciativa, por no hablar del tremendo reto que me prodigó con su sonoro e inconfundible vozarrón.

El Café-Concert


El punto más alto se alcanzó con nuestro espectáculo de Café Concert semanal en el Hotel Provincial, que señaló toda una época en Salta. Poma-Gerstenfeld habían inaugurado una era de apertura casi irrestricta a la cultura musical universal, caracterizada por el respeto más sincero a los diferentes estilos y sensibilidades personales.

Esta experiencia ha quedado atrás en el tiempo y seguramente ha sido superada varias veces. Pero los que hoy disfrutan del éxito de sus locales de espectáculos y se regodean de la calidad de sus artistas, debieran saber que nada de esto hubiera sido posible en Salta de no ser por la providencial aparición de estos dos auténticos renovadores de nuestras costumbres y defensores de la cultura en su sentido más amplio.


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