Capital social, confianza y respeto en la sociedad salteña de principios de siglo |
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Escrito por el martes, 14 de agosto de 2001 (Ha sido leído 8443 veces) Mi desorientada interlocutora no atinaba a encontrar las palabras adecuadas para contraargumentar y replicar la temeraria afirmación que acababa de hacerle. "La pobreza de las relaciones sociales en Salta es alarmante", dije, y con ello no sólo no conseguí su aprobación, sino que anticipé el final de un -hasta entonces- agradable paseo matinal por las calles salteñas. ¡Nada menos que a ella se me había ocurrido confiarle tan aventurado diagnóstico! A ella, justamente, que entraba y salía con una naturalidad casi fisiológica de los altos salones de las tertulias de la elite gubernamental y que llevaba en su ADN el más depurado blend de cromosomas que los salteños hayan producido jamás. A ella, en fin, que representaba la quintaesencia de ese aristocrático modo de ser que todo salteño bien intencionado desea para sí. Pese al agravio, la dama mantuvo el tipo, aunque con semblante sereno (y aristocrático desdén) miraba de soslayo a los desgarbados agentes de tránsito por el rabillo de unas enormes gafas de Versace, al tono de la fina tapicería de la flamante cuatro por cuatro en la que nos desplazábamos. "La pobreza de algunos ricos es aún más grave y preocupante que la de muchos pobres..." añadí en un tono más bajo, en un intento de sacar a mi acompañante de la perplejidad en que la había sumido, pero ya era tarde. En unos segundos me vi apeado de aquel vehículo de ensueño, que sin apenas haber podido disfrutarlo, se alejó de la escena echando por el escape un vapor blanquecino, al estilo del que me pareció ver salir de las fosas nasales de mi enfurecida amigam segundos antes de devolverme a la condición pedestre junto a un frío paredón de la calle Zuviría. La reflexión que quería compartir aquella desafortunada mañana estaba relacionada con la triste constatación de que el discutible éxito de Salta como sociedad es la consecuencia directa de la pobreza y de la mala calidad de sus "lazos sociales". Mi frustrada e inconclusa ocurrencia no tenía, pues, otro alcance ni otra intención que el poner de manifiesto el llamativo contraste entre una sociedad ambiciosa y orgullosa de sus tradiciones -como lo es, sin dudas, la salteña- y su correlativa incapacidad para coordinarse y cooperar con el fin de expandir la riqueza y el bienestar, y hacer más eficientes y exitosos los esfuerzos individuales, así en la política como en la economía. II.- Llamativas ausencias Desde aquel momento -y de esto hacen ya dos años- no he desaprovechado oportunidad para decir, a quien quisiera escucharme, que los dos grandes ausentes de la vida social en Salta son, nada menos, que la democracia y el mercado. Ausencias, por cierto, llamativas en un contexto social que se reclama a sí mismo, y con cierta insistencia, como "democrático" y "capitalista". Ha sido, sin embargo, la crítica al déficit democrático de la sociedad salteña lo que me ha traído más complicaciones; ya que por esas cosas de la "patrimonialización del Estado", de su virtual apropiación por un grupo reducido de personas, mis cuestionamientos a la raquítica democracia salteña han provocado algunos escozores y reacciones dentro de las filas del gobierno de turno, como si la democracia fuese un asunto que sólo a ellos atañe. Aquel desencuentro matutino con la etérea dama y estas reflexiones sueltas sobre nuestra democracia volvieron recientemente a mi memoria de la mano de una afirmación de Francis Fukuyama: "el capital social es importante para el funcionamiento eficiente de las economías modernas al mismo tiempo que es condición sine qua non para la estabilidad de las democracias liberales". Fukuyama abre con estas líneas su participación en la Conferencia del Fondo Monetario Internacional sobre Reformas de Segunda Generación, celebrada en noviembre de 1999. Sus palabras reavivaron mi inquietud sobre los "lazos sociales" salteños y ahondaron mi preocupación sobre la falta de democracia y de mercado. La lectura de Fukuyama y de otros autores de estos tiempos me sugiere que el concepto de "capital social" -que yo mismo he usado de forma ocasional e imprecisa en algún escrito anterior para intentar explicar algunas de nuestras singularidades- es uno de los conceptos de moda en cierta literatura política culta, cuya difusión se enmarca en el contexto de una clara tendencia de las ciencias sociales a juzgar en términos económicos todos los aspectos de nuestra existencia, y en especial, los procesos políticos, como la democracia. Pero por encima de las pasajeras modas intelectuales, la teoría del capital social - formulada originalmente por Pierre Bordieu y James Coleman en la década de los ochenta- tiene una importantísima traducción práctica cuando de medir la calidad y eficacia de las democracias y de los mercados se trata. III.- Mirando a nuestra democracia "desde lo extranjero" Admito que cuesta un poco creer que aquella vieja invención de los griegos, la misma que fue tratada con cierto recelo por el mismísimo Aristóteles, la que renació de la mano de los liberales a finales del siglo XIX, pero que sólo encontró su proyección universal a partir de los años ochenta del siglo XX, sea susceptible de evaluación con herramientas importadas de la economía. ¿Es que acaso los votos ya no son suficientes? Si pensamos a la democracia como un proceso más que como un producto, deberemos de admitir que el sufragio es sólo un momento que no puede confundirse con el proceso democrático en sí mismo, ni lo agota. Por esta razón, llama nuestra atención el que todavía existan en Salta algunos altos responsables políticos que siguen creyendo cerradamente que la renovación periódica de las elecciones, la celebración de faraónicas internas abiertas y la producción de puntuales recambios legislativos son el non plus ultra de la democracia. Que basta con abrir las escuelas un domingo cada año y medio para proclamar inmediatamente que vivimos en la democracia más perfecta del planeta. Para nuestros políticos de cabotaje, el preguntarse por la productividad de la clase política, por la capacidad de generación de "insumos" de las prácticas sociales, o por la eficiencia del gobierno -medida como una compleja ratio entre los recursos empleados y los resultados obtenidos en términos de satisfacción de los ciudadanos- es, según se ha dicho recientemente, mirar y juzgar a nuestra democracia "desde lo extranjero". Este juicio, entre pueril y xenófobo, merece, desde luego, algunos reparos. Porque democracia y dictadura (o, si se prefiere, democracia de buena calidad y democracia de mala calidad) son conceptos tan universales como los de salud y enfermedad. Por consiguiente, si nos dejamos guiar por la misma lógica que rige el celoso pensamiento de nuestro rudimentario demócrata vernáculo, tendríamos que conformarnos y admitir también las malas cifras de la mortalidad infantil y pensar que cualquier osada sugerencia para mejorar la salud de nuestros niños y hacer que nuestras cifras de mortalidad infantil sean homologables a las de los países avanzados, supone una imperdonable xenofilia intelectual, cuando no un ataque directo al gobierno. IV.- Capital social: lo que ha sido y lo que es Retomando el hilo del pensamiento de Fukuyama, pocas dudan caben ya sobre que es el nivel de acumulación de capital social lo que define la calidad de la democracia y del mercado, y, hasta un cierto punto, es lo que define también la existencia o inexistencia misma de estas dos venerables y ya longevas creaciones del liberalismo. Y si, además, entendemos al capital social como lo hace Putnam, es decir, como el conjunto de factores intangibles (valores, normas, actitudes, confianza, redes y semejantes), que se encuentran dentro de una comunidad y que facilitan la coordinación y la cooperación para obtener beneficios mutuos, no tardaremos en concluir que lo que condiciona y atenaza la democracia salteña, lo que impide su despegue y la mantiene en niveles de clamorosa mediocridad, no es otra cosa que la pobreza de nuestros "lazos sociales", la ausencia de aquellos intangibles. ¿Pero es esto posible en una sociedad urdida y dirigida con milimétrica precisión, durante un siglo y medio, por una aristocracia sólida y estratégicamente bien orientada? Una de las respuestas que podría ensayarse frente a tan complejo interrogante es que la sociedad salteña, a lo largo de las últimas seis décadas, ha despilfarrado el importante capital social acumulado en los cuatro siglos anteriores. Aquel capital social aniquilado estaba constituido principalmente por un conjunto de valores ampliamente compartidos, por la extensión de las relaciones de confianza entre los individuos, por la fiabilidad de las instituciones y, fundamentalmente, por la difusión generalizada del respeto entre los protagonistas sociales. La construcción de este acervo fue posible gracias a que los miembros del grupo obraban normalmente con el convencimiento de que los demás habrían de comportarse con la misma formalidad y honestidad, generando de este modo la confianza y el respeto necesarios para fortalecer los lazos sociales y realimentar o ampliar el circuito. La construcción teórica de Francis Fukuyama considera al capital social como un bien privado que, sin embargo, se encuentra penetrado por ciertas externalidades que pueden ser tanto positivas como negativas. En otras palabras, lo que Fukuyama intenta decir es que si entendemos al capital social como una norma informal que promueve la cooperación entre dos o más individuos, el capital social que se produce en las interacciones interindividuales puede tener manifestaciones sociales tanto positivas como negativas. Para nuestro autor, es un buen ejemplo de una externalidad positiva del capital social el mandamiento del puritanismo -según la descripción de Max Weber- que obliga a tratar moralmente a todas las personas y no solamente a los miembros de la familia o del grupo de pertenencia. En tal supuesto, el potencial de cooperación se extiende más allá del grupo inmediato que comparte las normas puritanas y beneficia, por tanto, al conjunto social más amplio. Del otro lado, las externalidades negativas abundan. Entiende Fukuyama que muchos grupos en la sociedad alcanzan cohesión interna a expensa de los outsiders, a los que tratan con recelo, con suspicacia, con hostilidad y hasta con odio implacable. Tanto el Ku Klux Klan como la Mafia alcanzan sus fines cooperativos sobre la base de normas y valores compartidos, por lo que desde este punto de vista, poseen también capital social. Pero este capital, generado sobre la base de la hostilidad hacia las personas que no pertenecen al grupo, produce abundantes externalidades negativas para la sociedad en que aquellos grupos se insertan y tienden a la destrucción el tejido social más que a su reforzamiento. V.- Causas probables de pérdida de nuestro capital social Desde esta óptica, si valoramos a la sociedad salteña como un grupo que tradicionalmente ha producido relaciones sociales intensas, el despilfarro de capital social a que me refería los párrafos anteriores, podría haber sucedido a causa del abandono más o menos consciente de un patrón de relaciones sociales basado en la confianza y el respeto generalizados y en la existencia de abundantes normas informales promotoras de la cooperación entre los individuos. El abandono de este modelo ha sido seguido de su progresiva sustitución por un patrón de relaciones sociales enteramente diferente, de cuya configuración me ocuparé más detenidamente luego. Podemos intentar explicar el mismo fenómeno a través de la figura de los "radios de confianza" propuesta por Fukuyama. Según nuestro autor, todos los grupos capaces de producir capital social, tienen un cierto radio de confianza, es decir, un círculo de personas entre las cuales las normas cooperativas resultan eficaces y operativas. Cuando el capital social del grupo produce las llamadas externalidades positivas, entonces el radio de confianza resulta más amplio que el propio grupo y alcanza también, beneficiosamente, a otras personas. Pero es igualmente posible que tal radio de confianza sea más pequeño que el mismo grupo, lo que sucede por ejemplo en las grandes organizaciones cuando las normas cooperativas son solamente eficaces entre los miembros de la cúpula directiva o el staff permanente. Lo que parece haber sucedido en Salta es un progresivo estrechamiento de los radios de confianza, aun en organizaciones de mediana envergadura, que ha conducido a un proceso de intensa generación de capital social pero en el seno de grupos pequeños que definen su identidad por el odio y el desprecio hacia el diferente, con la consecuente producción de abundantes externalidades negativas que bloquean cualquier intento de acumulación social provechosa de aquel capital. Un caso ilustrativo de abundante capital social, de sólidas relaciones de confianza y complicidad producidas en el seno de un grupo pequeño, es el del colectivo de homosexuales con activa participación en la política, caracterizado por un profundo odio hacia el diferente y por la producción de externalidades singularmente negativas. La confianza y el respeto, que son elementos esenciales para la cooperación entre los individuos y para la creación de riqueza y de bienestar, no se han perdido en Salta, como pudiera pensarse, sino que tienden a producirse solamente en círculos cada vez más pequeños, resultando por consiguiente más difícil, o aun imposible, confiar en las personas que se encuentran fuera de esos círculos estrechos. Los "lazos sociales" a los que me refería al comienzo de este escrito no solamente son pobres o de mala calidad sino que, a menudo, no existen. VI.- Efectos políticos y económicos de la pérdida de capital social La ausencia de confianza y de respeto en las relaciones sociales salteñas tiene para los nuestros un enorme coste económico que no parece haber sido evaluado todavía. Si la función económica del capital social es, como lo sugiere Fukuyama, la de reducir los costos de las transacciones que están relacionados con ciertos mecanismos de coordinación formal como los contratos, las jerarquías, las reglas burocráticas y otros, es claro que la falta de confianza y de respeto -o, lo que es lo mismo, la ausencia de capital social suficiente- obliga a que los salteños que pretenden alcanzar sus objetivos económicos mediante una cierta acción coordinada, deban recurrir a mecanismos de coordinación que generan ingentes costos adicionales, como la supervisión, el monitoreo, la negociación y la litigiosidad, que aparecen así como los únicos recursos capaces de asegurar el cumplimiento de los acuerdos formales. Un ejemplo: siempre me ha llamado la atención la sencillez expositiva y regulatoria de los contratos privados que se suscriben en algunos países avanzados, así como la concisión y brevedad de las demandas judiciales. Por contraste, nuestros contratos y nuestros actos procesales si por algo se caracterizan es por una farragosidad exagerada, que sólo puede explicarse por la creciente desconfianza entre los protagonistas sociales y por la ausencia de capital social. Esta desconfianza social generalizada añade a nuestras transacciones importantes costos adicionales que todavía nadie se ha animado a cuantificar. Por otro lado, la práctica gubernamental parece alentar la multiplicación de mecanismos de coordinación formal en desmedro de los informales, que son el verdadero sustrato del capital social. El gobierno y sus cuadros intelectuales parecen haberse quedado anclados en el periodo en que los científicos sociales pensaban que la modernización suponía necesariamente la sustitución progresiva de los mecanismos de coordinación informal por los formales, tal y como lo expresaba Max Weber a través de su visión de la racionalidad burocrática como la esencia misma de la modernidad. Desde este punto de vista, el gobierno opera como un factor de atraso y de destrucción del capital social. En la actividad política sucede otro tanto de lo mismo. La expresión paradigmática del proceso de estrechamiento de los radios de confianza es la amplia legitimación de que gozan los sublemas como eje y vector del sistema electoral salteño. La pluralidad de listas internas en el seno de un solo partido, más que mucha democracia, viene a expresar una singular incapacidad para coordinar las acciones y para tratar a los que se encuentran fuera de nuestro grupo como amigos o cooperantes potenciales. La falta de capital social suficiente en Salta ha desembocado, pues, en una hipertrofia de los mecanismos de participación política, porque en la medida en que las relaciones de confianza y respeto se entablan y renuevan en círculos cada vez más pequeños, entra en juego una natural tendencia humana a dividir el mundo en amigos y enemigos, y esta división es, precisamente, la base de toda política. Combinando ambos campos, el de la política y el de la economía, puede afirmarse que los altos costos económicos de la política en Salta, que son ya inasumibles por los ciudadanos, están relacionados no tanto con la ineficiencia de los protagonistas como con la falta de confianza y de respeto entre ellos. Esta acusada carencia endurece y ralentiza los procesos políticos, los multiplica innecesariamente, a la vez que suma enemigos a destruir y resta amigos o potenciales cooperantes, que son esenciales para el éxito de cualquier empresa política. VII.- La vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser... La erradicación de la confianza como elemento fundante de los vínculos sociales y como factor de cohesión, ha conducido a la institucionalización de la sospecha. Todo aquel que no pertenezca a nuestro reducido radio de confianza es, cuando menos, un ser sospechoso, que no tardará en convertirse en un enemigo abierto o solapado. Pero no todos sin embargo gozan del beneficio de la sospecha previa: el no-pertenecer (not belonging) es, en Salta, la mejor forma de hacerse rápidamente de enemigos. Quienes buscan afirmar su independencia huyendo del encasillamiento tribal, tienen garantizado aquí el odio y el rechazo de los otros. Por ello quizá sea bueno estudiar alguna vez el papel que juegan en nuestra sociedad aquellos individuos independientes, a los que Mark Granovetter (1973) llama weak ties (lazos débiles) y caracteriza como aquellas personas que se mueven en la periferia de las múltiples redes sociales y que son capaces de desplazarse entre los grupos y, por ello mismo, capaces también de generar nuevas ideas e información. Mientras que en las sociedades con buen capital social los weak ties desempeñan un importante papel en orden a la circulación de la información, de la innovación y de los recursos humanos, en Salta la independencia de pensamiento y de acción es sinónimo de un estatus poco menos que infame. VIII.- Grupos en pugna: victorias y derrotas Para terminar de ruborizar a mi frustrada y distinguida interlocutora, que de cuando en cuando gusta de echar un vistazo a estas páginas, me gustaría reflexionar ahora acerca de las posibles causas de la sustitución de aquel patrón de relaciones sociales de calidad basado en el respeto y la confianza en círculos extensos, por este nuevo patrón de círculos pequeños que anula aquellos valores. No parece fruto de la casualidad o de la fatalidad histórica el que se haya trocado un modelo por otro. A mi juicio, en la producción de este fenómeno han influido dos factores muy claramente diferenciados aunque relacionados estrechamente entre sí. Estos factores son, por un lado, (1) la marcada decadencia de la clase dominante (que si ha sido sensible y grave en el aspecto económico, mucho más lo ha sido en el terreno de la cultura, las costumbres y los usos sociales), y, por el otro, (2) la progresiva implantación social de lo que llamaría aquí sin demasiadas sutilezas el crimen organizado, al amparo, precisamente, del debilitamiento de la capacidad de liderazgo moral de la clase prominente. Es necesario agregar aquí que, aun antes de resignar el liderazgo moral, nuestra aristocracia ya había fracasado en su intento de plantearse seriamente su adaptación funcional y estructural para enfrentar los nuevos tiempos. Si a efectos teóricos valoramos a ambos grupos sociales (aristocracia y mafia) como los más dinámicos de la segunda mitad del siglo XX, a la vez que protagonistas de una interesante pugna por la hegemonía, no caben dudas de que sobre el final de la centuria, el segundo de estos grupos sociales ha conseguido imponerse claramente al primero, por mucho que se piense que entre ambos rige un equilibrado armisticio. Si no mediara una derrota sin atenuantes, no se entendería que la aristocracia tradicional haya renunciado a librar la batalla por la restauración de la confianza y el respeto como valores centrales de la convivencia, por la recomposición del capital social destruido, que haya claudicado en su secular empeño civilizatorio, y que, al contrario, se haya replegado en "radios de confianza" tan pequeños como los de su antagonista, y que, incluso, haya intentado imitar algunas de sus prácticas. Algunos años en la cúpula directiva de un centro educativo confesional me confieren una cierta autoridad a la hora de hacer estas valoraciones. Porque en pocas instituciones como esta a la que me refiero se advierte con tanta nitidez la existencia de radios de confianza tan mínimos y el nulo valor de la decencia y del respeto; verdadera -y dolorosa- paradoja en una institución que, sin rubores de ningún tipo, ha entronizado el insulto en el lugar reservado al incondicional amor al prójimo que se halla inscrito en la base misma de su edificio ideológico. Y ya se sabe que la diatriba y la demonización del diferente son, claramente, prácticas propietarias del otro de los grupos en pugna. Hay que decir en homenaje a la verdad que el préstamo de prácticas y rituales entre ambos grupos es, en cualquier caso, mutuo. Porque si uno toma en cuenta ciertas veleidades del grupo victorioso, advertirá que las mismas revelan una suerte de obsesión por emular algunos tics de amanerado refinamiento aristocrático. Esta obsesión alcanza incluso el extremo de contratar a su servicio y de mantener a sueldo a los portadores genuinos de estas prácticas, quienes, de este modo, han reducido el brillante liderazgo aristocrático de décadas pasadas en materia de costumbres sociales a una triste tarea de asesoramiento en cuestión de cortinados, vestimentas y gastronomía. El retroceso de los valores democráticos es también producto de la pérdida de peso específico de la clase aristocrática y del ascenso correlativo de sus antagonistas. Resulta sumamente ilustrativo a estos efectos recordar algunas de las conclusiones que Robert D. Putnam (1993) vuelca en su trabajo Making Democracy Work: Civil Tradition in Modern Italy. En este estudio el autor afirma que son los niveles de interacción entre la sociedad civil y el gobierno los que determinan los niveles de democracia dentro de un país. Ello supone que cuanto más altos son los niveles de interacción, más fuerte es la democracia, y viceversa. En su análisis de veinte años de tradiciones cívicas en Italia, compara los resultados obtenidos en las regiones del norte y del sur, llegando a la conclusión de que las regiones del sur son menos democráticas que las del norte. Putnam encuentra la razón de este diferencial democrático en la existencia de relaciones patrón-cliente con la mafia en las regiones del sur de Italia, mientras que en el norte, en donde la alta burguesía tiene un marcado protagonismo, predominan las organizaciones y los grupos de mentalidad cívica. Las analogías con el caso salteño son tan evidentes que me eximirían de cualquier otro comentario. Pero para subrayar con trazo vigoroso la perversa influencia de la mafia sobre la democracia y las libertades, nada mejor que las altas palabras de Norberto Bobbio: "El abrazo de la mafia a la democracia es un abrazo mortal. Más que el del terrorismo. El terrorista es el enemigo declarado. Pero el mafioso es el enemigo oculto que busca la alianza y la protección del poder del Estado. La alianza del terrorista con el Estado es imposible porque el mismo terrorista la rechaza. La alianza del mafioso con el Estado no es sólo posible sino que es buscada". IX.- Algunas conclusiones provisionales A modo de conclusión, he de decir que la falta de capital social suficiente en Salta es sustituida bien sea por mecanismos de coacción formales -entre los que ocupan un lugar destacado la producción normativa y el rol arbitral del Estado provincial- bien por mecanismos de coacción menos formales pero no por ello menos efectivos, como los relacionados con las prácticas mafiosas. Ambas formas de reforzamiento de conductas convergen curiosamente en la estructura de la justicia, dividida verticalmente entre los dos grupos antagónicos. Un segmento muy minoritario y casi insignificante de la vida social salteña intenta con mucho esfuerzo y poco suceso construir libremente un sistema de redes que le permita perseguir su propio interés y alcanzar sus objetivos. El riesgo de caer en las otras redes sigue siendo sin embargo muy alto. Resultado de todo ello es que los pequeños radios de confianza que producen capital social en nuestra sociedad sólo exportan al conjunto social mayor un número significativo de externalidades negativas que impiden absolutamente la acumulación de lo que Eva Cox denomina capital social colectivo. Para rematar estas líneas con una afirmación de esta autora, diré que la insatisfacción colectiva por el patrón de interacciones y la falta de cooperación que es su consecuencia, obran como factores adversos a la democracia y al mercado, al tiempo que conducen al deterioro del tejido social. Y es sabido que sin una sociedad civil fuerte y mínimamente vertebrada, la democracia liberal y el mercado no son más que meras ilusiones. Al final, pienso que si aquella aristocrática dama de la cuatro por cuatro hubiera decidido echar un paseo hasta La Caldera, podría haberme dado la oportunidad de explicarme mejor y así evitar aquel ligero malentendido del que doy cuenta al principio de este escrito. Más artículos de la categoría Economía y sociedad |





