Iruya: su gente y su fiesta |
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Iruya, su gente y su fiestaIruya es un pequeño y hermoso pueblo situado en la provincia de Salta. Se dice que su nombre proviene de un arbusto de la zona llamado iru o iro, pertenece a la lengua aymará y significa: ürga: cara, iru: paja, "cara de paja" o también yoc: abunda; "lugar donde abunda la paja". A este pueblo al cual sólo es posible llegar por la provincia de Jujuy, se accede a través de un pintoresco viaje a través de la quebrada de Humahuaca, a partir de este pueblo, 20 km. más adelante es el camino a la Quiaca, se llega a una población jujeña, Iturbe y a partir de allí por un camino de altos cerros y precipicios, a Iruya. El viaje en sí constituye un bello paisaje, la forma y el colorido inigualable de sus cerros. El "abra" del Cóndor a 4000 m de altura, deslumbra al viajero. El camino con sus curvas y contracurvas requiere de un buen dominio del volante y cada una de ellas depara una sorpresa al viajero. Según cuenta la tradición, Iruya surgió por la aparición de una imagen de la Virgen del Rosario bajo un iro, en un monte próximo a Pueblo Viejo (primer centro poblado de Iruya) lugar al cual iban los pobladores a buscar leña. Trasladada la imagen volvió a aparecer en el monte y así repetidas veces, lo que señala la voluntad de consagrar este lugar, espacio sagrado, como el espacio donde se ha hecho presente lo sagrado, como diría Mircea Eliade una "hierofanía". Este espacio que no es elegido por el hombre, sino que se le manifiesta, el hombre sólo lo descubre mediante la ayuda de signos. Lo primero que se hizo fue entonces construir una capilla, lugar donde ahora se levanta la Iglesia, que con su blancura, se destaca entre los cerros que la resguardan y rodean. Iruya está en la ladera del cerro, más bien parece esculpida, engastada en ella. Sus empinadas calles, sus casas rectangulares, con techos a dos aguas, hablan de la influencia española en esta región. Sus primeros habitantes fueron los ocloyas, integraban diversas tribus dependientes de los omaguacas, según las investigaciones realizadas. Cada tribu tenía un cacique y se dedicaba al cultivo de la tierra, hacían instrumentos de piedra y aprovechaban la algarroba y la tuna. La llama era utilizada como un animal de carga, y poseedora de lanas. La vicuña era de uso exclusivo del Inca y su círculo de nobleza. Entre las artesanías se destacan la cerámica, cestería y trabajos en madera del lugar. Conocían algunas técnicas para trabajar el metal: oro y plata, con lo que fabricaban brazaletes y adornos. Sus casas de piedra eran rectangulares, con techos de paja y barro y una sola entrada. Los ocloyas constituían un pueblo pacífico, doméstico; en el siglo XVI este pueblo fue otorgado en encomienda, cuando se fundó Jujuy en 1593. Argañaraz sometió a los ocloyas y encargó su evangelización a los jesuitas, pero éstos no realizaron una labor fructífera, fueron los franciscanos quienes en el siglo XVII lograron una eficaz obra de evangelización. Es a fines del siglo XVIII que Iruya pasa a depender de San Ramón de la nueva Orán, con el nuevo trazado de límites. Debido a las enormes distancias y dificultad en las comunicaciones, la forma de vida de los iruyeños no cambió demasiado y se puede decir que los usos y costumbres se conservan casi exactos en los actuales pobladores. Hasta hace relativamente poco no existía camino de acceso a Iruya, solo estrechas sendas, transitadas por los lugareños y los maestros que acudían a esa zona accedían a caballo y debían permanecer todo el año allí. La apertura del camino puso en comunicación a este pueblo con otros y fomentó por un lado que los pobladores accedieran a otras modalidades y por otro que ingresaran hasta allí algún elemento propio de consumo. En cuanto al idioma, primitivamente fue el aymará; las sucesivas conquistas realizadas por los incas y los españoles impusieron el quechua y el español, esto se transformó en un idioma con todos los elementos: "aymará-quechuizado" y españolizado. La dureza del paisaje se transmuta en el rostro de sus habitantes de piel curtida y sufrida por el sol, el viento y la rudeza del trabajo cotidiano, la tierra es arisca como el mismo hombre que la habita. Los días anteriores a la "gran fiesta" se va instalando la "feria" que ocupa siempre el mismo lugar, en la playa del río, llegan los burritos con sus cargas desde todas las quebradas, después de recorrer un largo y difícil camino que dura a veces tres o cuatro días. Traen maíz, papas, forraje, manzana, miel, pieles de animales, corderos con su cuero sin quitar, etc. Los artesanos también ofrecen sus productos de madera de ceibo y cacharros de cerámica, tejidos de lana de brillantes colores, etc. Se compra y vende y todavía funciona el simple sistema de trueque. Junto con las cosas propias del lugar, el plástico también llega hasta estos lejanos lugares y entusiasma a la gente del pueblo. La Fiesta Grande de Iruya, comienza el sábado con las "Vísperas". Ese día, a las doce, salen los "cachis" que simulan la defensa de la Iglesia y de los santos patronos. Los "cachis" son los disfrazados y los que durante la fiesta harán la ofrenda a la Virgen del Rosario y a San Roque. Bailan al son de la corneta o caña -instrumento compuesto de una larga caña y de una corneta de latón que antiguamente se la hacía con la cola estirada de la vaca- flauta y caja. Las máscaras que se usan sólo en esta fiesta permanecen durante el año guardadas en la iglesia. Los disfrazados son todos hombres que están cumpliendo una promesa: "promesantes". Es un conjunto compuesto por dos caballeros, un torito, un negro (que es llamado también rubio) y seis "cachis" propiamente dichos, que representan: un viejo, una vieja, un chango mayor y otro menor, una "changa" mayor y otra menor. Durante toda la fiesta bailan dando la cara a la iglesia. El baile consiste en adelantarse al compás de la música y hacer reverencias, los caballeros con los cuchillos y sombreros, los "cachis" con los látigos, el negro con el bastón y el torito con la mano. Luego hacen un baile interno entre los caballeros y el torito, que en forma de cadena se entrecruzan, y, por último, los "cachis" bailan en ronda, de la cual el negro siempre queda afuera, porque no le permiten entrar. Al baile lo repiten tres veces, que son las veces que deben reverenciar a los santos patronos. |
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