Cuadernos de un vídeoaficionado |
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Escrito por el lunes, 28 de mayo de 2007 (Ha sido leído 2727 veces) Cuando la televisión se hallaba ya definitivamente consolidada en Salta, a muchos entusiastas de las tecnologías de la imagen les rondaba por la cabeza la idea de explorar más allá de los límites de la llamada 'caja tonta'. Hablo de la tentación que algunos aficionados a la fotografía o el cine doméstico experimentaron ante la posibilidad de extender su arte a la pantalla pequeña y de guardar sus recuerdos para la posteridad en un medio no utilizado hasta entonces por los aficionados. La empresa no era fácil, porque los primeros dispositivos hogareños para la grabación de vídeo no estuvieron disponibles sino hasta comienzos de los años setenta, y aquellos primeros aparatos eran difíciles de hallar en el mercado nacional, cuando no carísimos. En mi casa, todo, excepto el bolsillo, estaba preparado para recibir a esta nueva tecnología. Sin embargo, nuestro entusiasmo -aun cuando rozaba su cima- resultaba insuficiente para superar las barreras impuestas por la economía. En 1974, mi padre, que acumulaba sobre sus espaldas cinco décadas de experimentación con la radio, la fotografía, el cine y la televisión, dio por casualidad con el negocio de electrónica de un inquieto hombrecillo que vendía toda clase de aparatos japoneses en la calle Tucumán de Buenos Aires. En su minúsculo escaparate se enamoró de un Akai VT-100, uno de los primeros vídeos portátiles que ingresaron a la Argentina. En esa época aún no se conocían los videocassettes, por lo que aquel equipo utilizaba carretes abiertos de cinta magnética de 1/4". El aparato era en sí mismo un primor, aunque la televisión que registraba era monocromática. Hay que recordar que la televisión en color en la Argentina se inició formalmente en 1980, es decir, seis años después del hallazgo de mi padre. Después de muchas cavilaciones y visitas al negocio, el vendedor le ofreció un equipo de segunda mano, como quien desea sacarse de encima a un cliente. La oferta era interesante y lo fue especialmente después de que el comerciante se negara a brindar cualquier tipo de garantía. Desde luego, la falta de garantía no desalentó a mi padre que no tardó en llegar a casa con ese revolucionario aparato. Podría decir aquí que, nada más desembalarlo, "nos lanzamos a la calle", pero no sería verdad. Aquella maravilla, con monitor, batería y cámara, superaba los 10 kilogramos de peso, por lo que el sueño de "hacer exteriores" resultó siempre una empresa de difícil concreción. Salir a la calle, hacer de movileros, era sin embargo algo sumamente excitante. Por la calidad de las imágenes que se lograban con luz natural, pero especialmente por el asombro que provocaba en los transeúntes ver a dos tipos tomando imágenes de televisión a diestro y siniestro. En algunas ocasiones nuestras grabaciones intrascendentes eran seguidas por un enjambre de curiosos, convencido de que a la hora de la cena verían las mismas escenas que estábamos filmando por el canal de televisión local. Era difícil en esa época imaginar que semejante despliegue tecnológico estuviera sólo destinado a la diversión familiar. No faltaba quien se acercase a recabar algunos detalles de aquel aparato. Los había más o menos entendidos de lo que se trataba, pero también los había despistados de todas las clases. Para demostrar las bondades del invento, solíamos hacer unas cuantas tomas del curioso, al que sometíamos a un breve reportaje de actualidad. Inmediatamente, tras rebobinar un poco, le mostrábamos su imagen en el pequeño monitor del aparato (que tendría unas 2,5" de diagonal). Alguna gente exclamaba: "¡Qué bárbaro! ¿Así que se revela en el acto?". A semejante pregunta respondíamos afirmativamente, a sabiendas de que una explicación detallada de las diferencias entre películas sensibles y las cintas magnéticas resultaba superflua. Pero preguntas como esta han quedado para la historia. Aquella primera incursión por el mundo del vídeo doméstico nos dejó imborrables recuerdos de los Corsos de Flores de Cerrillos de 1976, un dúo con Zamba Quipildor en "Zamba de la Bailarina", varios reportajes en "una noche de Reyes", torneos de 'ticha' al aire libre, algunos partidos de fútbol y varios narcisistas heridos en su amor propio después de verse y de oirse en la tele. Uno de estos casos fue el de nuestro amigo Guillermo López, 'Cara i Tabla', que organizó personalmente un desafío futbolístico en la primavera de 1976, convencido de sus excelentes cualidades para este deporte. Avisado a tiempo de que el partido sería "televisado", Tabla no descuidó ningún detalle de su apariencia. Llegó incluso a calzarse -no de muy buena gana, por cierto- unos botines blancos, para emular al 'Gorrión' Héctor López, lateral izquierdo de River Plate, que los había usado en un superclásico, por primera vez, con gran polémica de por medio. A pesar de los esfuerzos escénicos, nuestro amigo Cara i Tabla jugó un partido francamente horrible. Sus botines blancos no le ayudaron y lo único rescatable de aquella grabación fueron sus gritos desaforados. Recuerdo que bajo amenaza de propinarnos una golpiza, tras visionar la cinta nos exigió que borrásemos su esperpento futbolístico. Las locuras con el vídeo continuaron la década siguiente, pero ya en colores. Un moderno equipo portátil de marca JVC nos permitió rescatar del olvido muchos sucesos en VHS. La tecnología se modernizaba, pero la ignorancia de los profanos parecía no seguir su estela. En 1983 grabamos íntegramente el acto de firma de un importante acuerdo político. Nada más terminar, uno de sus signatarios nos pidió que llevásemos la cinta a Canal 11 para que la difundieran en "El Mundo en la Noticia". Al insinuarle que los equipos del canal local eran incompatibles con el formato que utilizamos en aquella cinta, el dirigente no vaciló en decir: "No importa. Que lo proyecten sobre una sábana blanca entonces". La apoteosis se alcanzó con la televisación en directo del casamiento de "Cincotta", tal el apodo de un conocido albañil cerrillano. Tras los fulgores del acontecimiento, el equipo de camarógrafos debió hacerse cargo de reservar la suite nupcial de un conocido hotel céntrico de la ciudad de Salta para los novios. Como desconocíamos su apellido, la reserva quedó asentada a nombre de Cincotta. Casi un cuarto de siglo después, aquel amable hotelero sigue esperando en su establecimiento la llegada de un acaudalado empresario del neumático. Más artículos de la categoría Cultura |


