La democracia en la era de la globalización

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La democracia en la era de la globalización
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A pesar de las limitaciones que son propias del análisis estadístico, parece claro que la interconectividad de redes constituye hoy una fuente de nuevas opciones políticas para la democratización global. Que no obstante la imposibilidad teórica de demostrar la existencia de una relación de causalidad entre ambos fenómenos, algunos hechos anecdóticos inclinan a pensar que la relación entre interconectividad y democracia es mucho más seria de lo que se supone (los mensajes de fax elaborados por los manifestantes pro-democráticos en la ciudad prohibida china; los mensajes de correo electrónico transmitidos desde el sitiado edificio del Parlamento Ruso desafiando el intento golpista soviético de 1991; la coordinación de una sublevación de estudiantes checoslovacos a través de una red de módems algunos meses antes de la instalación en el poder del Foro Cívico; la utilización de Internet por el comandante Marcos para dar a conocer al mundo los objetivos del EZLN).

De lo que se trata es de que la revolución de la información anima a los ciudadanos a traspasar las fronteras nacionales para comunicar las infracciones cometidas por los gobiernos contra los derechos humanos y las libertades fundamentales. En este aspecto las nuevas tecnologías favorecen la comunicación a través de las fronteras en defensa de la democracia y los derechos humanos e impiden que los regímenes represivos puedan ocultar su violación con la misma eficacia de antaño.

Pero los países que, como China, pretenden imponer controles sobre el acceso de sus ciudadanos a redes globales como Internet, no solamente se arriesgan a un ridículo mayúsculo desde el punto de vista técnico, sino que se exponen a poner en peligro su propio crecimiento económico. Por ello, los países que aspiran a ser económicamente competitivos deben permitir a sus ciudadanos el acceso libre a las redes de información y a las tecnologías informáticas, aún a riesgo de ceder importantes parcelas de control en materia económica, cultural y eventualmente políticas.

Para Kedzie, en definitiva, los resultados del análisis estadístico parecen confirmar la evidencia, hasta ahora anecdótica, de que las tecnologías de la información y las comunicaciones están facilitando el cambio democrático a escala global. Para el autor, las implicaciones políticas de estas conclusiones no son desdeñables: como mínimo -sugiere- los efectos de las revolucionarias tecnologías de la información y las comunicaciones ayudarán a que los objetivos de la seguridad nacional e internacional sean mejor entendidos.

La democracia de las redes globales de la información parece al mismo tiempo rechazar la idea de la exclusión de los procesos decisionales de los ciudadanos individuales menos expertos. La difusión de las nuevas tecnologías -incluso en las democracias avanzadas- amenaza, pues, el poder de los expertos así como el peso relativo que sobre los patrones de comportamiento social aún mantienen las grandes organizaciones (estados nacionales, corporaciones multinacionales). Lo que parece una realidad en países con democracias de largo rodaje, se convierte en un poderoso argumento de seducción democrática en los países con regímenes dictatoriales y en las democracias nacientes.

El potencial liberador de las redes globales de información, en conexión con los nuevas formas de organización de la vida social promovidas por la incorporación masiva de las nuevas tecnologías a los procesos productivos, anima a algunos a soñar con sistemas sociales y políticos si no enteramente basados en, por lo menos estructurados sobre interacciones básicamente electrónicas entre los individuos. Son quienes advierten que el creciente impacto de las nuevas tecnologías -incluídas aquí las llamadas tecnologías blandas de organización- no solamente está determinando el surgimiento de nuevos paradigmas de organización de la vida social, sino que, al mismo tiempo, favorece la secundarización del rol del Estado respecto de los procesos económicos en particular. Son los que, a la luz de estas transformaciones, anuncian para las décadas venideras un cambio radical en las estructuras y procesos gubernamentales, y la sustitución de la burocracia por la cyberocracia, neologismo con el que se intenta describir la realidad del Estado que asume al control de la información como fuente dominante de poder.

Para estas posturas, la cyberocracia no es simplemente un nuevo estadio de la democracia o la consecuencia más o menos lógica de su evolución, sino q ue, por el contrario, representa un salto cualitativo en materia de organización del poder que toma buena nota de la emergencia de nuevos movimientos sociales, de sus apetitos participación política, de los profundos cambios en el significado de los conceptos de autoridad y democracia, de la mudanza en la naturaleza de las burocracias, el comportamiento de las elites y la propia definición de progreso. La cyberocracia es el resultado del cambio en el modo en que los ciudadanos piensan y sienten el sistema y el mundo en el que viven, así como el producto de la reformulación general de los esquemas de conflicto y de cooperación en todos los niveles sociales.

Pero la utopía libertaria de los cyberocráticos parece detenerse aquí. Porque parece claro también que por detrás o por debajo de las promesas de mayor participación democrática -quizá la más sólida y atrativa de las que suelen formularse desde el optimismo tecnológico- las nuevas tecnologías acarrean también ciertos riesgos para la libertad y los valores democráticos. Sin caer en el crudo pesimismo sartoriano y terciar en su puja dialéctica con el optimismo negropontiano, resulta prudente advertir que así como las nuevas tecnologías y en especial la difusión de la interconectividad de redes a escala global favorecen los procesos democráticos, lo hacen en mayor medida y mejor performance en espacios con regidos por dictaduras o por democracias incipientes. Que es cierto que la aceleración de la circulación de la información es capaz de introducir el germen de la apertura en sociedades cerradas. Pero también es cierto que en las democracias más avanzadas las nuevas tecnologías pueden llegar a disminuir la eficacia y la intensidad de los procesos democráticos. Así en los Estados Unidos, por ejemplo, se advierten claras tendencias hacia las políticas single-issue, los media sound-bites, la invasión de la intimidad a través de correos personalizadamente teleledirigidos, y la proliferación de sistemas de vigilancia pública.


 

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