La democracia en la era de la globalización

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La democracia en la era de la globalización
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Autores como Kanter se han preocupado por poner el acento sobre la cuestión política y los mecanismos de poder. Para Kanter la globalización estaría caracterizada por la convergencia de dos fenómenos: de un lado, la pérdida o, más bien, el relajamiento del control político por parte de los gobiernos nacionales, que se expresa en el abandono progresivo de las pretensiones regulatorias frente a la evidencia del avance implacable de aquel proceso de centralización de toma de decisiones económicas (los estados nacionales pasarían de ser decision-makers a ser, meramente, decision-takers); del otro, una coordinación estratégica cada vez más estrecha entre los gigantes industriales.

Otros autores (Czinkota, et. al., 1995) prefieren poner énfasis en la cuestión cultural. Para ellos, la globalización se encuentra basada en la creencia de que el mundo moderno se caracteriza por su mayor y cada vez más creciente homogeneidad. Desde este punto de vista, las distinciones entre las entidades nacionales (por ejemplo, los mercados) no solamente parecen tender a borrarse sino que, incluso, amenazan con desaparecer por completo.

A los efectos que interesan al objetivo del presente trabajo, resulta particularmente útil y atractiva la definición aportada por Rosabeth Moss Kanter, 1995, que advierte en la globalización un proceso de cambio que arraiga en la combinación entre el incremento de la actividad transnacional (cross-border activity) y la difusión de las tecnologías de la información que permiten una comunicación virtualmente instantánea con cualquier punto del planeta.

En la misma dirección, Manuel Castells va a definir a la globalización como un proceso referido a la integración global en los terrenos social, político, económico y cultural, que emana básicamente de dos fuentes: el avasallante desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y los procesos de reestructuración en el modo de funcionamiento de la economía capitalista.

Pero así como la globalización parece ser entendida por todos como un cambio importante en los principios organizacionales de la vida social, ninguna de estas consideraciones tendría demasiado sentido si es que no se acierta a poner en relación a los procesos de integración a escala supranacional con los cambios de la vida social que se producen a escala local. Por ello, el concepto de globalización no debe, a nuestro juicio, perder de vista el hecho de que la integración a escala global es siempre mejor entendida como un fenómeno espacial que enlaza, sin solución de continuidad, lo local en un extremo, con lo global en el otro.

Desde esta perspectiva, la globalización revela un cambio en los aspectos espaciales de la organización humana que supone la incorporación y la combinación de modelos de actividad a nivel transcontinental o interregional así como un refuerzo de las interacciones que acarrean cambios profundos en los esquemas de ejercicio del poder.

Estos cambios espaciales de la organización de la convivencia suponen también la profundización y el acercamiento de las relaciones sociales e institucionales a través del espacio y del tiempo, de tal suerte que, por un lado, las actividades cotidianas del nivel local son constante y crecientemente influidas por sucesos acaecidos en cualquier punto del planeta, y, por el otro, las prácticas y las decisiones de los grupos o comunidades locales poseen la virtualidad de proyectar sus efectos y consecuencias a escala global (David Held, 1997, citando a Anthony Giddens, 1990). Parece claro, no obstante, que esta profundización de las relaciones sociales y de las interacciones entre los estados y las sociedades locales o remotas no serían del todo posibles sin el concurso de las modernas redes de comunicación y las tecnologías de la información, probablemente, las únicas capaces de acelerar la difusión de bienes, servicios, personas, ideas, información, dinero, normas, actitudes, prácticas y patrones de comportamiento, a la vez que las únicas capaces de crear la sensación de proximidades distantes que rezuma el proceso de globalización (Rosenau, 1996).

A modo de conclusión es posible afirmar que la globalización como fenómeno dista mucho de comportarse como una condición singular o como un proceso lineal. Antes al contrario, la realidad nos la enseña como un fenómeno multidimensional que abarca y se proyecta sobre diferentes campos de actividad, incluidos los terrenos económico, político, tecnológico, militar, jurídico, cultural y aún medioambiental, en los que las formas de interacción suelen adoptar estilos e intensidades diferentes. Siguiendo el análisis de Rosenau, podemos sostener que el proceso de difusión de bienes, valores y conductas que se encuentra en la base de la globalización ocurre a través de cuatro vías interconectadas y superpuestas: (1) a través de interacciones dialógicas facilitadas por las nuevas tecnologías, (2) a través de las interacciones monológicas que promueven los medios masivos analógicos, (3) a través de la emulación y (4) a través del isomorfismo institucional.

Por consiguiente parece más acertado sostener aquí que la globalización se encuadra en, y se explica por, un sistema de interacciones local/global de geometría variable.

De esta constatación surge un primer obstáculo para la formulación de una teoría general de globalización: su carácter multidimensional, que aconseja, en todo caso, su aprehensión teórica a partir del análisis de lo que sucede en cada uno de aquellos campos de actividad.

Por tanto, en un intento de aproximarnos más y acotar nuestro objeto de estudio, en lo que sigue pasaremos revista a las cuestiones vinculadas con el impacto de la globalización sobre los sistemas políticos nacionales, con especial atención a los cambios que afectan a las modernas democracias y a los subsistemas de bienestar, dejando de lado -en la medida que no resulte estrictamente imprescindible para llevar a buen puerto la tarea propuesta- las implicancias económicas de la globalización, sobre lo que ha escrito hasta la saciedad.

Hacia el final de nuestro trabajo intentaremos desentrañar las relaciones entre la difusión de la democracia (en tanto sistema político paradigmático del nuevo orden mundial) y la creciente expansión de la interconectividad de las redes informacionales de carácter global.

 

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