La democracia en la era de la globalización

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La democracia en la era de la globalización
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Vista esta cuestión desde otro ángulo, puede afirmarse -a la luz de los precedentes históricos- que no es precisamente el nivel de integración de la economía mundial el que amenaza los tradicionales bastiones del Estado nacional. La mayoría de los autores coincide en señalar, tomando en cuenta diferentes variables, que la economía mundial, así como los intercambios entre países, habían alcanzado todavía mayores cotas de integración y desarrollo que las actuales a finales del siglo XIX. Estos equilibrios -quebrados posteriormente por el estallido de la Primera Guerra Mundial- condujeron sin embargo a la afirmación del papel central de los Estados nacionales, más que a su minimización.

Más cierto aún es que, si ha de entenderse a la globalización como un fenómeno esencialmente político más que como un simple impulso de las fuerzas productivas, parece más que obvio que los comportamientos políticos o los diseños institucionales de finales de siglo solamente pueden ser explicados colocando, invariablemente, al Estado en el centro del análisis político. Y si -como razonábamos más arriba- la globalización descansa sobre un continuum entre lo local y lo global, parece igualmente cierto que las antiguas herramientas de análisis político del Estado y la sociedad (diseñadas alrededor de la lógica de las comunidades más o menos acotadas) conservan indudablemente su utilidad y vitalidad teóricas.

Donde quizá las herramientas de análisis del Estado deban ser corregidas o revisadas es en el plano externo de la realidad política. El proceso de globalización tiene lugar en el marco de cambios profundos en la estructura internacional, marcada por el colapso del mundo bipolar, la consecuente disminución del poder de las políticas estatocéntricas, y la práctica desaparición de las rivalidades militares. La arena de las relaciones internacionales parece hoy continuamente sacudida por la emergencia de nuevos actores y, especialmente, por la densidad de las nuevas conexiones tecnológicas entre los estados que obligan ya a reformular, entre otras, la idea de la seguridad nacional.

El segundo de los grandes mitos de la globalización se refiere a la creencia de que los procesos de integración descansan también sobre un sólido consenso ideológico global, valorado por unos como una dictadura del capital financiero internacional, y por otros como una revancha del liberalismo contra los supuestos excesos del consenso socialdemocrático de la posguerra y de su producto más genuino: el Estado del Bienestar.

Desde estas posiciones fuertemente contestatarias de la globalización se alerta sobre la creciente vulnerabilidad de vastos sectores de asalariados a causa de la convergencia de factores tales como la extrema movilidad del capital financiero, la pérdida por los trabajadores del control sobre sus mercados de trabajo -especialmente en términos de empleo- las políticas de desindicalización y la pérdida de sintonía estratégica entre las fuerzas políticas y económicas (partidos y sindicatos) que expresan los intereses de las clases trabajadoras.

Pero lo que es cierto para trabajadores de baja cualificación no lo es tanto para trabajadores que poseen cualificaciones medias o altas, para los que la economía de escala global constituye una fuente, virtualmente inagotable, de nuevas oportunidades laborales (profesionales y económicas), más que una amenaza a su supervivencia. El verdadero problema radica en que la movilidad del trabajo sigue siendo muy limitada, especialmente si se la compara con la fluidez de la circulación del capital a través de los circuitos electrónicos de las redes financieras globales. Es igualmente probable que el proceso de fractura de la homogeneidad de la clase trabajadora iniciado con la crisis capitalista de 1973 se profundice a partir de la difusión de los nuevos paradigmas laborales, aunque de la pérdida de homogeneidad y la falta de acción unitaria de las fuerzas obreristas no pueda seguirse, sin más, la caída en picado de los niveles históricos de bienestar.

Porque así como la movilidad de la mano de obra aparece en general lastrada por factores institucionales y, especialmente, por factores culturales, del otro lado comienza a emerger un segmento de trabajadores que reclaman, con argumentos de peso, su inserción en una especie de mercado de trabajo global: profesionales de I+D innovador, ingeniería de vanguardia, gestión financiera, servicios empresariales avanzados y ocio, que cambian y se conmutan de unos nodos a otros de las redes globales de controlan en planeta (Johnston, 1991, citado por Castells, 1996).

Bien es cierto que la pretendida globalización de un sector abrumadoramente minoritario de la mano de obra no permite extrapolar conclusiones y abrir un compás de esperanza en torno al mejoramiento de las condiciones de vida y de trabajo de cientos de millones de seres humanos. Pero en un contexto de turbulencia e intestabilidad socioeconómica cada vez más acusadas, existen algunos motivos para moderar el pesimismo. Como acertadamente apunta Manuel Castells, existe una tendencia histórica hacia la interdependencia cada vez mayor de la mano de obra a escala global mediante tres mecanismos: empleo global en las compañías multinacionales y sus redes asociadas que cruzan las fronteras; los impactos del comercio internacional sobre las condiciones de empleo y trabajo, tanto en el Norte como en el Sur; y los efectos de la competencia global y del nuevo modo de gestión flexible sobre la mano de obra de cada país. En cada caso, la tecnología de la información es el medio indispensable para que haya vínculos entre los diferentes segmentos de la mano de obra a lo largo de las fronteras nacionales.

Si a este cuadro añadimos los efectos, todavía escasamente previsibles, de la revolución tecnológica en ciernes, que apunta a la transformación de los procesos de trabajo e insinúa ya nuevas formas de organización social y técnicas de división del trabajo, parece cuando menos inconveniente pronosticar que la globalización tendrá consecuencias exclusivamente negativas sobre el mundo de trabajo. Del mismo modo, parece también exagerado sostener que la globalización afecta solamente a los trabajadores de los países en desarrollo. La realidad demuestra que tanto en los Estados Unidos, como el Europa o en Japón, los efectos del aumento del comercio internacional y la movilidad del capital se han traducido en importantes pérdidas de empleos en sectores de baja cualificación laboral.

En todo caso, lo que sí aparece como una consecuencia directa de los procesos de incremento de la actividad económica transnacional es la preocupante inequidad en la distribución del ingreso, que parece inclinar la balanza en favor de los trabajadores con mayor nivel de cualificación en perjuicio del resto, aunque autores como Krugman y Lawrence sostengan que la creciente inequidad en la distribución del ingreso es debida -más que a la globalización- a los cambios sustanciales en el paradigma tecnológico. Frente a este fenómeno, la respuesta sindical en la negociación colectiva aparece fuertemente condicionada por el riesgo de que las empresas simplemente se establezcan en otros países como respuesta a las demandas sindicales de mayores salarios (Sachs, 1998).

Pero por otro lado, la transformación de la gestión y el trabajo, de la mano de la revolución de la información, apuntan a mejorar la estructura ocupacional en la medida en que aumenta el número de puestos de trabajos de baja cualificación. Como acertadamente señala Castells, el incremento del comercio y la inversión globales no parece ser, por sí mismo, un factor causal importante en la eliminación de puestos de trabajo y la degradación de las condiciones laborales en el Norte, mientras que contribuye a crear millones de puestos de trabajo en los países de reciente industrialización (Castells, 1996).

En el mejor de los casos, la globalización ha contribuido a desnudar algunas falencias, traducidas en rigideces estructurales de los mercados de trabajo y en desajustes de cualificación, que constituyen, al menos en opinión de importantes organizaciones económicas internacionales como la OCDE o el FMI, la verdadera causa del aumento del desempleo masivo, el subempleo, las desigualdades en los ingresos, la pobreza y la exclusión social.

A modo de conclusión puede decirse que es poco probable que el aumento de riqueza, los incrementos de la productividad a nivel global, el levantamiento de las barreras proteccionistas y el desarrollo del comercio internacional -fenómenos todos asociados a la globalización- se traduzcan sin más en la desintegración del tejido social. Los cambios en el mundo del trabajo, especialmente los que afectan a la estructura ocupacional y al poder de las organizaciones sindicales, obedecen tanto a las transformaciones operadas en los escenarios internacionales como a los cambios, aún más profundos, que sufren los paradigmas tecnológico y organizativo, sin que quepa sospechar, como antaño, que detrás de la difusión de las nuevas tecnologías y formas de organización del trabajo se disimula el intento del capital de tomarse revancha de las cuatro décadas de preeminencia relativa de su antagonista social.


 

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