La democracia en la era de la globalización |
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Página 7 de 11 Pero la globalización plantea también el problema de determinar con precisión qué conjunto de individuos ha de merecer la consideración de base social. En otras palabras, si la democracia globalizada ha de seguir otorgando todo el crédito a las comunidades políticas locales o si, por el contrario, resulta obligada la articulación con las comunidades políticas que operan más allá del alcance de los estados nacionales individuales en espacios tan importantes y complejos como en los que se desenvuelven las estructuras y procesos (de carácter económico, organizacional, administrativo, jurídico y cultural) del nivel transnacional. Alejada por el momento la idea de una comunidad global regida por un gobierno único, resta saber si los regímenes democráticos, tal cual han sido caracterizados a través de la enumeración de sus reglas universales de procedimiento, sobrevivirán a los retos lanzados desde el sistema internacional que afectan básicamente su autonomía (por la alteración de la ecuación coste/beneficio de las políticas públicas) y su soberanía (mediante la alteración del equilibrio entre los marcos normativos nacionales, regionales e internacionales y las prácticas administrativas). Sin embargo, por muy interesante e insoslayable que resulte la visión ex parte principis, no puede perderse de vista el hecho de que los procesos de globalización han puesto y seguirán poniendo en entredicho el papel de las fronteras nacionales como demarcaciones tradicionales para las bases sobre las que los individuos son incluidos o excluidos de la participación en las decisiones que afectan sus vidas. Una visión ex parte populi sugiere que en la medida en que una parte nada desdeñable de los procesos socioeconómicos y decisionales se desenvuelve más allá de aquellas fronteras, aparecen en entredicho algunas categorías clave de la democracia como el consenso, la legitimidad y las formas representativas. Pero así como estas nuevas demandas de participación son posibles en un contexto de mayor cohesión e interdependencia de las diferentes sociedades civiles nacionales, no resulta aventurado pensar que las esperadas respuestas del sistema democrático encuentren en las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones un canal privilegiado de conexión y satisfacción de aquellas demandas. Los mecanismos de participación democrática, cualquiera sea en definitiva la forma que adopten en el nuevo orden globalizado, tenderán a distinguir cada vez menos entre la naturaleza local, nacional, regional o internacional de los problemas a resolver. El proceso de emergencia de nuevas voces, de nuevos actores en la naciente sociedad civil transnacional alerta sobre la necesidad de los ciudadanos de encontrar nuevas formas y nuevos espacios de vida pública, a la vez que certifica el final del un orden internacional estatocéntrico, dudosamente democrático, basado en la consideración de los estados nacionales individuales como el pueblo de la democracia internacional y en las organizaciones gubernamentales internacionales como instancias centralizadas de resolución de los problemas colectivos. De este proceso no resulta ajena la posibilidad que brindan las nuevas tecnologías de la información a los grupos de interés y organizaciones no gubernamentales internacionales de interactuar e influir sobre las opiniones públicas con la misma eficacia y penetración con que lo hacen los propios aparatos estatales nacionales. Pero los augurios de nuevas formas de participación democrática y la emergencia de una ciudadanía global no están exentos de reacciones: nuevas formas de fundamentalismos y tribalismos varios que postulan la superioridad de determinadas identidades (religiosas, culturales o políticas) sobre otras, a la vez que afirman la preeminencia de las cuestiones y los intereses sectoriales y localistas por sobre los problemas transnacionales. A las reacciones que provienen de extramuros del sistema se suman también las que se producen y multiplican hacia adentro del propio sistema: la creciente proximidad de los ciudadanos, estimulada y favorecida tanto por los medios masivos analógicos de difusión de la información como por los más modernos e individuales medios digitales, está comenzando a poner en cuestión a la democracia representativa, de modo que las demandas de más democracia se traducen -tal como lo entiende Sartori- en una aspiración de dosis crecientes de directismo, de democracia directa. Pero la aspiración de una nueva Atenas, basada en los infinitos horizontes de interacción de las redes globales como Internet, parece de momento una ilusión más que una prometedora realidad, por mucho que el optimismo tecnológico se encargue de trazar todas las analogías posibles entre la polis y la comunidad de ciudadanos que giran alrededor de Internet. Es más realista en todo caso pensar que la mayor difusión y penetración de las redes digitales de información, la universalización del empleo de los ordenadores y la interacción de personas y de organizaciones alrededor de aquellas provocará, en el medio plazo, una saludable revolución en los campos del conocimiento y del aprendizaje. Ciudadanos mejor formados y más informados contribuirán a modelar un demos mejor preparado para el ejercicio de sus funciones políticas primarias (la elección de sus representantes, por ejemplo) y a forjar una opinión pública más transparente, menos masificada, difícilmente manipulable y más atenta a los sucesos de interés público. Pero antes de sumergirnos en el oscuro pesimismo tecnológico, generalmente más deprimente y recurrente que el propio pesimismo democrático, o de remontarnos por los aires, aupados por el optimismo cibernético, parece prudente echar un vistazo a la realidad de las intersecciones de estos dos planos del comportamiento humano, con el objeto de intentar establecer las conexiones lógicas entre la revolución democrática y la revolución de las tecnologías de la información y las comunicaciones. Es lo que haremos en el siguiente capítulo. |
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