La democracia en la era de la globalización |
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Página 8 de 11 V.- INTERCONECTIVIDAD DE REDES Y DEMOCRACIA La coincidencia temporal entre la expansión democrática alrededor del mundo y los avances en las tecnologías de la información y las comunicaciones ha inspirado la idea de que las conquistas de la libertad y la democracia y la interconectividad de redes electrónicas pueden estar positivamente relacionadas. Algunos analistas han advertido que mientras los aparatos gubernamentales intentan controlar aquellas tecnologías, para ponerlas al servicio de sus fines de dominación política, al final suelen imponerse los efectos liberatorios de dichas tecnologías, cuyo desbordante poder se ha revelado capaz de modelar sociedades más competitivas y mejor adaptables a los cambios. En las postrimerías de la Guerra Fría, George Shultz, antiguo secretario de Estado norteamericano, predijo que en la medida en que los comunistas intentaran reprimir y sofocar estas tecnologías, era más que probable que ellos mismos fueran empujados desde la era industrial a la era de la información; y en la medida en que permitieran a sus ciudadanos poseer aquellas tecnologías, ponían en serio riesgo su monopolio de control sobre la información y las comunicaciones (Shultz, 1986). Los avances del poder político sobre los medios masivos de comunicación analógicos, como la prensa y, más modernamente, sobre la radio y sobre la televisión, incluso en países regidos por democracias, se explica a menudo por la necesidad -consustancial a toda relación de poder- de controlar de alguna forma la actividad o la opinión de los gobernados. Detrás de esta urgencia vital de los aparatos de dominación política cabalga la idea de que cuanto más invisible son el ejercicio del poder y sus estructuras de control sobre los gobernados, el poder resulta más efectivo, más poderoso. La utilización de las tecnologías de comunicación para estos fines, antes y ahora, ha estado generalmente precedida por un, a veces, exagerado temor de los detentadores del poder respecto de la capacidad de aquellas de disminuir el control sobre los gobernados. Es ya célebre la frase de José Stalin pronunciada al vetar enérgicamente el proyecto de Trotsky para la implantación de un sistema telefónico en Rusia: Ello destruirá nuestro trabajo. No puede concebirse un instrumento más peligroso que éste al servicio la conspiración y la contrarrevolución. Pero lo que es parcialmente cierto para los sistemas de comunicación más tradicionales, como la prensa escrita, la radio, la televisión, el telégrafo o el teléfono, no lo es tanto para las nuevas tecnologías de la información, capaz de crear infinitos canales de comunicación entre los propios ciudadanos sobre soportes relativamente refractarios a los controles centralizados. Inmediatamente se advierte que, de ser cierta esta premisa, la difusión de las nuevas tecnologías de la información, esto es, la multiplicación de aquellos canales opacos a la visión de los poderes políticos, estaría en condiciones de crear rápidamente nuevos espacios de libertad en donde la interferencia estatal no parece posible y, consecuentemente, una sociedad civil más y mejor vertebrada alrededor de valores que, a primera vista, no aparecen como impuestos autoritativamente. De esta conclusión no puede seguirse, sin más, el que el fenómeno de desarrollo e implantación de las redes de información y su interconectividad conduzca inmediatamente a la democracia. Parece en todo caso más prudente sostener que la asombrosa capacidad de adaptación del sistema democrático, que se halla en la base de su vitalidad y dinamismo, le legitima, una vez más, para erigirse como el mejor sistema para resolver los siempre delicados equilibrios de las relaciones entre el poder y la libertad. En otros términos, que el más flexible de los sistemas que el hombre ha puesto en marcha para ordenar su vida en sociedad, para gobernar y ser gobernado, se revela como el que mejor se adapta a un sistema de organización social vertebrado -aunque no exclusivamente- alrededor de poderosas redes de información digital, de gestión descentralizada y fácilmente accesibles por los ciudadanos. A estas alturas del desarrollo de la democracia pocas dudas caben acerca de que existen determinadas condiciones para el surgimiento, implantación y mantenimiento de los sistemas democráticos. La literatura politológica tradicional ha venido sugiriendo la existencia de vínculos muy directos y estrechos entre la estabilidad de la democracia (o la legitimidad y eficacia del sistema político) y variables tales como el desarrollo económico o el nivel de educación de la población. Un interesante estudio empírico de Kedzie (1995), basado en modelos estadísticos, sugiere igualmente una relación directa entre la ola de democratización en el mundo y la existencia de nodos de redes globales que permiten el intercambio de correo electrónico. Las conclusiones de este estudio descubren que la mayor fiabilidad estadística del fenómeno de la interconectividad, convierte a éste en el predictor más significativo de la democracia, con ventajas sobre los tradicionales indicadores del desarrollo económico como el tamaño de la población, el producto per cápita, el desarrollo humano, las tasas de mortalidad infantil, la expectativa de vida o las potencialidades culturales. De este mismo estudio se desprende que aún cuando es sabido que la democracia descansa sobre un sistema más o menos libre de información pública que demanda espacios y soportes de comunicación igualmente libres y que busca, por tanto, interconectividad, es más que probable que la relación de causalidad fluya en sentido contrario, es decir, que la interconectividad influya sobre la democratización y no a la inversa. Buena prueba de ello sea quizá el hecho, comprobado empíricamente, de que la implantación de redes, la proliferación de nodos y la conectividad en general registran tasas más positivas en países con democracias emergentes que en aquellos con democracias consolidadas. |
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