La democracia en la era de la globalización

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La democracia en la era de la globalización
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VI.- A MODO DE CONCLUSIÓN

Al hilo de las ideas que han servido como guía del presente trabajo, puede afirmarse con cierta convicción que la globalización es un fenómeno cuya virtualidad se ha desplegado con mayor intensidad y eficacia en el universo de las relaciones económicas entre países y bloques regionales. Que los mayores niveles de integración económica, la aceleración de los intercambios y la caída de buena parte de las restricciones proteccionistas que se han registrado en los últimos años, obedecen no solamente al impulso de los agentes económicos sino también al formidable envión que los procesos de integración reciben de las nuevas tecnologías en materia de información y comunicaciones.

Que el desplazamiento hacia instancias supranacionales de una parte sustantiva de las relaciones de poder que hasta solamente unos años atrás tenían lugar dentro de las fronteras nacionales, está dando paso a una reformulación general de la operatividad del Estado.

Que a pesar de que algunos de los profetas del nuevo evangelio de la globalización anuncian la retirada del Estado de los lugares que solía frecuentar, la realidad muestra que esta forma de dominación política conserva prácticamente intacta su vitalidad. Que el poder político organizado buscar articularse con las nuevas instancias decisionales a nivel transnacional y para ello, en vez de descuidar temerariamente su inserción en los niveles más locales de la organización social, hace pie en éstos para servir de nexo y conexión entre los procesos locales, los nacionales, los regionales y los globales.

Que el secreto de la vitalidad del Estado parece residir en la formidable capacidad de adaptación del sistema democrático a diferentes entornos culturales y opciones ideológicas.

Que así como no parece cosa hecha el anunciado eclipse del Estado, tampoco es cierto que la globalización se afiance en una ideología determinada o que sirva como plataforma de exportación de modelos o estereotipos culturales provenientes del mundo anglo-americano. Que el proceso de integración de las sociedades a escala global coincide en el tiempo con una profunda crisis en el corazón mismo del mundo del trabajo, en la que influyen decisivamente el dramático cambio tecnológico, la discreta capacidad de adaptación de los sistemas educativos y de formación profesional a las exigencias de nuevas cualificaciones, la pérdida de gravitación de sindicatos y partidos políticos afines, la crisis fiscal del Estado, y el cuestionamiento a la pervivencia de los sistemas de bienestar.

Que la globalización coincide temporalmente también con una explosión democrática en todo el mundo y que hay señales concretas que anuncian que la conquista de la democracia y de la libertad es posible, en parte, merced a la influencia de la interconectividad de las redes de información global.

Que así como las nuevas tecnologías están cambiando aceleradamente los patrones de organización de la vida social, especialmente los de organización de los espacios laborales, también recrean el sueño de una democracia más profunda en sus contenidos, más y mejor vinculada a las necesidades cada vez más particularizadas de los ciudadanos y enriquecida por el ensanchamiento de la participación.

Que ello no obstante, entre los especialistas campea la sensación de que los cambios políticos están yendo e irán a remolque de los impulsos económicos y que, en el mejor de los casos, lo harán a velocidades mucho más moderadas, por lo que no es dable esperar en las próximas décadas una reformulación profunda y radical de los esquemas de dominación política vigentes en la actualidad. Que, en todo caso, la emergencia de una nueva sociedad civil de escala global, augura una retracción del poder político que obligará, con toda probabilidad, a la revisión de los esquemas de conflicto y de cooperación en espacios donde, para ambos actores, la información y el conocimiento asumen la condición de fuente dominante del poder político y social.-



 

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